Residimos en una zona de la
ciudad que goza del privilegio de poder oír el rugido de los leones y de otras bestias
que tienen la pensión pagada -en cautiverio, eso sí-. Algunos atardeceres según
la luna y en las madrugadas cuando el sol empieza a asomar por el horizonte el
concierto de la naturaleza reclamando el almuerzo es un canto -o un lamento- a
la vida que cautiva, da gusto -o encoge el espíritu- de escucharlos tan
cercanos o encarcelados. Son el contrapeso a la cantinela del camión de la
basura, al motorista en celo o a la impericia de un abuelo aparcando mientras quema
embrague y acelera sin cesar.
También es la hora cuando los
leones inconfundibles anuncian que comienza la película de la Barcelona
nocturna justo apagados los semáforos y encendidos los grillos. Esta primavera
se nos ha instalado un mirlo en la barandilla de la galería que es una delicia
de sentir y de ver, como salta atléticamente con más gracia que las cotorras
argentinas, las okupas que han colonizado las palmeras urbanas cercanas. En la
barbacana del bloque de pisos vecino las golondrinas ya han comenzado las obras
rehaciendo el nido reclamando los espacios en competencia por los insectos con
los dragones, un lujo de decoración modernista viva para lámparas de exterior,
que aún no han salido de los escondrijos invernales.
El zoo o el parque, como la
llamábamos los de pueblo, era un pretexto de fin de semana para distraer a las
criaturas. Las visitas periódicas entretenían a los niños año tras año mientras
se estiraban en el álbum familiar de los retratos contrastándolos con el cuello
de una jirafa o con la trompa del elefante que reclama una limosna comestible.
No me olvido de la era de Copito de Nieve,
el protagonista por excelencia de obligada visita aunque sólo nos
correspondiera con la indiferencia malcarada y estática de las estrellas
protagonistas. Aquel mono era un Buda de la selva encalado. Un señor comparado
con la asamblea de primos hermanos de culo pelado y obsceno que campaban en una
especie de foso cercano. Las criaturas de hace un cuarto de siglo aún recuerdan
la orca Ulises, una Esther Williams barcelonesa de la natación sincronizada -y
comprimida- que se fue a hacer las Américas.
El pleno municipal ha acordado un
cambio radical en el parque zoológico de Barcelona, tendrá, de entrada, menos
especies y sólo reproducirá en cautiverio a las que tengan un plan específico
que debe comportar su reintroducción en la naturaleza. Se convertirá en un
referente con voluntad de conservar prioritariamente las especies
mediterráneas. Esto significa que una vez se mueran -o se deriven a refugios-
algunos animales actuales, el Zoo dejará de tener especies como los elefantes o
los delfines. Desde aquí, mientras los oigo todavía rugir, permitidme
manifestar mi simpatía y solidaridad con este geriátrico para leones con
implantes por colmillos y les deseo un final bien feliz y, por encima de todo,
bien leve cuando les llegue el momento del traspaso. Yo os echaré en falta si
es que esta especie se ve afectada por la renovación del recinto.
Ya que no me considero un
cronista autorizado para cuestionar la vida del chucho urbano en contraste con
el perro de pajar que, sin gabardina, acecha zorros y estrellas en las frías noches,
me sumaré a la reflexión reciente sobre la literatura tradicional infantil -Caperucita incluida- respecto de los
ejemplares que reproducen patrones sexistas estereotipados y se ahorran fomentar
la igualdad de género. Se deberá, también, de reescribir el Zoo de Pitus.
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