lunes, 6 de mayo de 2019

El Zoo de Pitus.


Residimos en una zona de la ciudad que goza del privilegio de poder oír el rugido de los leones y de otras bestias que tienen la pensión pagada -en cautiverio, eso sí-. Algunos atardeceres según la luna y en las madrugadas cuando el sol empieza a asomar por el horizonte el concierto de la naturaleza reclamando el almuerzo es un canto -o un lamento- a la vida que cautiva, da gusto -o encoge el espíritu- de escucharlos tan cercanos o encarcelados. Son el contrapeso a la cantinela del camión de la basura, al motorista en celo o a la impericia de un abuelo aparcando mientras quema embrague y acelera sin cesar. 

También es la hora cuando los leones inconfundibles anuncian que comienza la película de la Barcelona nocturna justo apagados los semáforos y encendidos los grillos. Esta primavera se nos ha instalado un mirlo en la barandilla de la galería que es una delicia de sentir y de ver, como salta atléticamente con más gracia que las cotorras argentinas, las okupas que han colonizado las palmeras urbanas cercanas. En la barbacana del bloque de pisos vecino las golondrinas ya han comenzado las obras rehaciendo el nido reclamando los espacios en competencia por los insectos con los dragones, un lujo de decoración modernista viva para lámparas de exterior, que aún no han salido de los escondrijos invernales.

El zoo o el parque, como la llamábamos los de pueblo, era un pretexto de fin de semana para distraer a las criaturas. Las visitas periódicas entretenían a los niños año tras año mientras se estiraban en el álbum familiar de los retratos contrastándolos con el cuello de una jirafa o con la trompa del elefante que reclama una limosna comestible. No me olvido de la era de Copito de Nieve, el protagonista por excelencia de obligada visita aunque sólo nos correspondiera con la indiferencia malcarada y estática de las estrellas protagonistas. Aquel mono era un Buda de la selva encalado. Un señor comparado con la asamblea de primos hermanos de culo pelado y obsceno que campaban en una especie de foso cercano. Las criaturas de hace un cuarto de siglo aún recuerdan la orca Ulises, una Esther Williams barcelonesa de la natación sincronizada -y comprimida- que se fue a hacer las Américas.

El pleno municipal ha acordado un cambio radical en el parque zoológico de Barcelona, ​​tendrá, de entrada, menos especies y sólo reproducirá en cautiverio a las que tengan un plan específico que debe comportar su reintroducción en la naturaleza. Se convertirá en un referente con voluntad de conservar prioritariamente las especies mediterráneas. Esto significa que una vez se mueran -o se deriven a refugios- algunos animales actuales, el Zoo dejará de tener especies como los elefantes o los delfines. Desde aquí, mientras los oigo todavía rugir, permitidme manifestar mi simpatía y solidaridad con este geriátrico para leones con implantes por colmillos y les deseo un final bien feliz y, por encima de todo, bien leve cuando les llegue el momento del traspaso. Yo os echaré en falta si es que esta especie se ve afectada por la renovación del recinto. 

Ya que no me considero un cronista autorizado para cuestionar la vida del chucho urbano en contraste con el perro de pajar que, sin gabardina, acecha zorros y estrellas en las frías noches, me sumaré a la reflexión reciente sobre la literatura tradicional infantil -Caperucita incluida- respecto de los ejemplares que reproducen patrones sexistas estereotipados y se ahorran fomentar la igualdad de género. Se deberá, también, de reescribir el Zoo de Pitus.

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