Que te pregunten qué hacías y
dónde estabas el día que se cumplen 50 años de una efeméride es todo un indicio
que nos lleva, en consecuencia, a deducir que ya tenemos un máster reconocido en
desarrollo personal. El máster de la vida que hemos cursado día a día con más o
menos fortuna nos lleva a la nostalgia de cuando podíamos aún adosar margaritas
al flequillo. Medio siglo más y todos calvos, si la caída del pelo no te ha
atrapado aún. Un indicador irrefutable de cuán cierta es la contundencia de la
gravedad. La aritmética implacable del calendario comporta, por si no fuera
suficiente, que para recordar un hecho histórico de hace cinco décadas se hayan
tenido que deshojar unos cuantos años más, los que se necesitan para ser
consciente del momento singular. No os esforcéis que no os revelaré la edad, en
todo caso os advierto que, en un arrebato de preadolescente acomplejado, añadiría
algunos de más.
¡Ay, la gravedad! O si se prefiere
la gravitación terrestre. El gran reto, ese pequeño paso de gigante para la
humanidad, no fue nada más que la tentativa de no tener que someterse a sus
efectos. Por ello, fijaos, los tres tripulantes ya lucían unas entradas galopantes
en la frente, auténticas pistas de aterrizaje en el caso de tener que abortar
la misión que avala el motivo de esa evasión ultra atmosférica. Únicamente
astronautas calvos precoces osaban enzarzarse en una temeridad como aquella
para sustraerse a las lacras gravitatorias hallando así el secreto de la eterna
juventud. Que nada decaiga o se columpie sin la vitalidad turgente de cuando
somos –éramos- jóvenes e inmortales. No se nos había perdido nada en la luna.
Se trataba de contener y vencer la contundencia aplomada de la Tierra brincando
como un jilguero astral burlón, unas imágenes que ya pagaban todos los
esfuerzos. El tiempo no lo pudimos detener, pero la gravedad, un ratito,
sí.
Con los años, verificada la
tozudez gravitatoria que oxida y nos malogra el organismo, os ahorraré el
catálogo detallado de los efectos escalofriantes, la cosa tuvo consecuencias
más desoladoras respecto de la vertiente espiritual de las creencias. El alma
que se alimenta de la fe también salió cuestionada en aquella proeza. El hombre
ponía el pie en el primer rellano del cielo y en ningún lugar se veían los
coros angelicales a los que les correspondía de pleno derecho el papel de
figurantes en aquel primer relato cinematográfico. Todavía veo la cara de
sorpresa y de incredulidad del cura que impartía la catequesis cuando el
monaguillo talentoso le preguntó - ¿Mosén, dónde estaban los ángeles?
¿Dónde nos hallábamos ese día
justo hace 50 años? En la cama, la mayoría durmiendo como angelitos a quienes
no habían convocado como tropa celestial alada en el plató lunar, ajenos a la
importancia de lo que sucedería justo en la madrugada. Estoy por asegurar que
esa noche, antes de encomendarnos -nosotros mismos y los astronautas- al ángel
de la guarda en particular intentamos detectar la luna. Localizada en la
inmensidad infinita del espacio fuimos incapaces de divisar aquel cohete que
rondaba cercano al satélite. La duda orbitaba confirmando la convicción del
abuelo que no atendía a camándulas.
El abuelo ya era un visionario,
podía haber sido el profeta de los terraplanistas
actuales. Todo ello, cosa de lunáticos que nos querían tomar el pelo.
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