lunes, 22 de julio de 2019

Lunáticos.


Que te pregunten qué hacías y dónde estabas el día que se cumplen 50 años de una efeméride es todo un indicio que nos lleva, en consecuencia, a deducir que ya tenemos un máster reconocido en desarrollo personal. El máster de la vida que hemos cursado día a día con más o menos fortuna nos lleva a la nostalgia de cuando podíamos aún adosar margaritas al flequillo. Medio siglo más y todos calvos, si la caída del pelo no te ha atrapado aún. Un indicador irrefutable de cuán cierta es la contundencia de la gravedad. La aritmética implacable del calendario comporta, por si no fuera suficiente, que para recordar un hecho histórico de hace cinco décadas se hayan tenido que deshojar unos cuantos años más, los que se necesitan para ser consciente del momento singular. No os esforcéis que no os revelaré la edad, en todo caso os advierto que, en un arrebato de preadolescente acomplejado, añadiría algunos de más.

¡Ay, la gravedad! O si se prefiere la gravitación terrestre. El gran reto, ese pequeño paso de gigante para la humanidad, no fue nada más que la tentativa de no tener que someterse a sus efectos. Por ello, fijaos, los tres tripulantes ya lucían unas entradas galopantes en la frente, auténticas pistas de aterrizaje en el caso de tener que abortar la misión que avala el motivo de esa evasión ultra atmosférica. Únicamente astronautas calvos precoces osaban enzarzarse en una temeridad como aquella para sustraerse a las lacras gravitatorias hallando así el secreto de la eterna juventud. Que nada decaiga o se columpie sin la vitalidad turgente de cuando somos –éramos- jóvenes e inmortales. No se nos había perdido nada en la luna. Se trataba de contener y vencer la contundencia aplomada de la Tierra brincando como un jilguero astral burlón, unas imágenes que ya pagaban todos los esfuerzos. El tiempo no lo pudimos detener, pero la gravedad, un ratito, sí. 

Con los años, verificada la tozudez gravitatoria que oxida y nos malogra el organismo, os ahorraré el catálogo detallado de los efectos escalofriantes, la cosa tuvo consecuencias más desoladoras respecto de la vertiente espiritual de las creencias. El alma que se alimenta de la fe también salió cuestionada en aquella proeza. El hombre ponía el pie en el primer rellano del cielo y en ningún lugar se veían los coros angelicales a los que les correspondía de pleno derecho el papel de figurantes en aquel primer relato cinematográfico. Todavía veo la cara de sorpresa y de incredulidad del cura que impartía la catequesis cuando el monaguillo talentoso le preguntó - ¿Mosén, dónde estaban los ángeles? 

¿Dónde nos hallábamos ese día justo hace 50 años? En la cama, la mayoría durmiendo como angelitos a quienes no habían convocado como tropa celestial alada en el plató lunar, ajenos a la importancia de lo que sucedería justo en la madrugada. Estoy por asegurar que esa noche, antes de encomendarnos -nosotros mismos y los astronautas- al ángel de la guarda en particular intentamos detectar la luna. Localizada en la inmensidad infinita del espacio fuimos incapaces de divisar aquel cohete que rondaba cercano al satélite. La duda orbitaba confirmando la convicción del abuelo que no atendía a camándulas. 

El abuelo ya era un visionario, podía haber sido el profeta de los terraplanistas actuales. Todo ello, cosa de lunáticos que nos querían tomar el pelo.

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