viernes, 22 de marzo de 2019

La seducción viste de rubio.


Cuando la seducción viste de rubio y el estado continúa cautivando a los catalanes díscolos, todo parecería sumirse en una pesadilla, la escena de una película protagonizada por Arévalo, Esteso o el Pajares -a elegir- dudando a qué vecina del quinto tirar la caña. Si se prefiere, retrocedo atrás en el tiempo y me asalta la decimonónica duda zarzuelsca de las Coplas de Don Hilarión. 

Soy capitán,
de un barco Inglés
y en cada puerto tengo una mujer. La rubia es
fenomenal  -
garantiza Casado-
y la morena tampoco está mal  -
asegura Rivera-. 

Si alguna vez
me he de casar,
me casaré con la que me guste más.

Una morena y una rubia,
hijas del pueblo de Madrid,
me dan el opio con tal gracia
que no las puedo resistir.

¡ja, ja, ja, ja!
se deshacen por verme contento,
esperando que llegue el momento
en que yo decida
¡ja, ja, ja, ja!
cuál de las dos
me gusta más.
… … …
Pero también algunas veces
se me ha ocurrido preguntar:
¿Si me querrán estas chiquillas
por mi dinero nada más?

Os confesaré que me encanta la mirada retadora, un punto chulesca, del fichaje de invierno de Casado. Cayetana Álvarez de Toledo y Peralta-Ramos es la novedad en el catálogo electoral catalán que, a pesar de desprender una languidez engañosa, apunta como la gran tigresa de la política. Sale a la pista una felina inquietante de zarpazo frío en mitad de la intriga glacial. 

Se acerca una temporada de arremetidas electorales apasionantes en la que asistiremos a episodios nacionales dignos de ser redactados por Benito Pérez Galdós. También de trifulcas que podrían transitar por los espejos valleinclanescos donde se refleja el callejón que nos lleva al corral donde estas pollas -la rubia y la morena- se las tendrán. Fascinantes escenas homologables a las corridas de toros y a las monterías con caballos donde unos nuevos contrincantes en la escena electoral pueden ejercer de jueces.

Mientras la campaña no arranca, los díscolos catalanes, insensibles en la herejía separatista, han traído la travesura rebelde -y republicana- a la capital. La arteria madrileña amaneció colapsada por el colesterol independentista reclamando autodeterminación y en contra del juicio por el proceso que, implacable, va a la suya. La crónica de algunos medios de la meseta se resume en un dicho castellano, no hay peor desprecio que no acero aprecio. La indiferencia relativa, sin embargo, pierde eficacia cuando se fundamenta en la sorpresa por la invasión traicionera, como el día D en Normandía, sólo que con autobuses.

La falta de información -ya no digo de comunicación- propició que los sufridos madrileños, asombrados por aquella marea estelada, se sorprendiera aún más porque el enjambre amarillo no contagiaba de ictericia. Otros pudieron contrastar que los catalanes díscolos si son demonios, lo son rabones, sin cola. 

¡Feliz San José!

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