La
manifestación del fin de semana pasado en contra del juicio llena la calle de
Barcelona. En el mano a mano por las asistencias, el independentismo tampoco se
arruga, contrastarla con la de Colón en Madrid o la de Amer -principalmente
ésta- no resiste la comparativa. Está anunciada una huelga general al próximo
jueves -mañana-. La actividad política, judicial y vindicativa bullen. En la
olla española siguen a fuego lento Cataluña y un hueso de jamón ibérico.
A los políticos
se les acumula mucho trabajo convocatoria tras convocatoria electoral que ya
tienen fecha en el calendario de las urnas. La decisión de Pedro Sánchez ha
alineado a los partidos en la raya de la salida electoral desatando una intensa
actividad maratoniana. Preparémonos, pues. Nos esperan meses duros de pasar
interpelados por la retórica de la promesa hacia una felicidad incierta pero
muy cerca de una papeleta. Asistiremos a mítines durante la Semana Santa, que
coincidirá con el ecuador de la campaña electoral. Con los resultados del 28 de
abril recién amasados comenzará la carrera por las municipales y por las
europeas, que en 13 comunidades españolas coincidirán también con las
elecciones autonómicas. Tres meses de campaña en que, además, está previsto que
haya sesiones del juicio al proceso al menos tres días por semana, de martes a
jueves.
A la industria
de las togas se les acumulan los encargos. Deberán hacer horas y más horas
extras para dar abasto a tanta demanda. Y como lo retransmiten en directo, sólo
para Cataluña, tendrá efectos con dos consecuencias inmediatas, convertirnos en
expertos en leyes y que las criaturas catalanas, cuando les preguntamos qué
quieren ser de mayores, se decanten preferentemente por la posibilidad de
elegir entre ser fiscal o abogado defensor. Intimidan las imágenes estáticas y
los graves decorados que encuadran la hilera de profesionales de la ley con el juez
capitoste Marchena al frente.
Es el juicio a
un pelotón de polacos en la Corte -tribunales-
del Rey Juan Carlos I -Felipe VI- como
publicó el malogrado Manuel Vázquez Montalbán a mediados de la década de los
noventa. Montalbán comenzaba la obra con una intención, anunciaba que
"tenía que ir a Madrid a ver al Rey". ¿Qué crónica redactaría hoy? De
aquella certeza ingenua con que, entonces, una carta al monarca era bálsamo i
remedio a cualquier injusticia o demanda popular, a la declaración nada inocua
del heredero real Felipe VI de hoy
mismo, en pleno juicio por el proceso: "No es admisible apelar a una
supuesta democracia por encima del derecho". Hoy aparcaré la reflexión
maratoniana dedicada al papel de la monarquía en todo el asunto que nos ocupa.
Mejorable desde la neutralidad institucional que podría ostentar -como árbitro-
aunque no tomar partido por los que proclaman la República suponga un gesto
excesivo de generosidad temeraria que es una osadía de reclamarla.
La sesión del
juicio de hoy también ha sido maratoniana.
Cuántas horas han tenido que soportar los encausados de cara a la pared
-descontando el trayecto con el cercanías policial al que están abonados-,
sentados en aquellas sillas tapizadas nada ergonómicas que conjugan el satén con
los mármoles, las vidrieras, los frescos o las columnas jónicas de la galería
de los pasos perdidos con pinturas de Alcalá Galiano que exaltan "las virtudes
de la Justicia". A efectos del cómputo de la pena, que algunos dan por
firme y los hacen ya condenados, una hora en el Supremo debería reducirla, como
mínimo, el doble o el triple en el caso de los que cultivan el vicio de fumar o
tienen la vejiga floja.
A mí también me duele España tal como proclamó
Junqueras en su sermón de defensa ante el Tribunal Supremo. ¿La política en los
tribunales resolverá el problema? El vaho de la olla en el hervor de los días
que corren va invadiendo los espacios -veremos mañana jueves qué seguimiento
tiene la parada prevista-. El hueso del jamón ibérico no se disuelve y Cataluña
bulle, ahora salta -como la rana escaldada- en este caldo judicial mientras las
brasas electorales -también maratonianas- aún no se han atizado a la máxima
intensidad del todo.
En la fiebre
electoral que nos envestirá, el ministro Borrell recetaba "desinfectar
Cataluña". En Amer le hicieron caso desde la radicalidad literal con una
fregona y lejía baldeando los adoquines de la plaza de la villa. Ante el acceso
previsible de despropósitos que tendremos que soportar en estas campañas
electorales yo recomendaría mucha prevención antipirética y analgésica, aunque
la administración no sea de lo más heroica ni noble.
A las criaturas
indecisas entre ejercer de fiscal, de defensor o de juez yo me decanto sin
lugar a dudas por las buenas personas. Alguien en el juicio por el proceso dijo
que "antes que demócratas somos buenas personas".
¡Buenas noches!
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