sábado, 23 de febrero de 2019

Polacos en la corte de Felipe VI.


La manifestación del fin de semana pasado en contra del juicio llena la calle de Barcelona. En el mano a mano por las asistencias, el independentismo tampoco se arruga, contrastarla con la de Colón en Madrid o la de Amer -principalmente ésta- no resiste la comparativa. Está anunciada una huelga general al próximo jueves -mañana-. La actividad política, judicial y vindicativa bullen. En la olla española siguen a fuego lento Cataluña y un hueso de jamón ibérico. 

A los políticos se les acumula mucho trabajo convocatoria tras convocatoria electoral que ya tienen fecha en el calendario de las urnas. La decisión de Pedro Sánchez ha alineado a los partidos en la raya de la salida electoral desatando una intensa actividad maratoniana. Preparémonos, pues. Nos esperan meses duros de pasar interpelados por la retórica de la promesa hacia una felicidad incierta pero muy cerca de una papeleta. Asistiremos a mítines durante la Semana Santa, que coincidirá con el ecuador de la campaña electoral. Con los resultados del 28 de abril recién amasados comenzará la carrera por las municipales y por las europeas, que en 13 comunidades españolas coincidirán también con las elecciones autonómicas. Tres meses de campaña en que, además, está previsto que haya sesiones del juicio al proceso al menos tres días por semana, de martes a jueves.

A la industria de las togas se les acumulan los encargos. Deberán hacer horas y más horas extras para dar abasto a tanta demanda. Y como lo retransmiten en directo, sólo para Cataluña, tendrá efectos con dos consecuencias inmediatas, convertirnos en expertos en leyes y que las criaturas catalanas, cuando les preguntamos qué quieren ser de mayores, se decanten preferentemente por la posibilidad de elegir entre ser fiscal o abogado defensor. Intimidan las imágenes estáticas y los graves decorados que encuadran la hilera de profesionales de la ley con el juez capitoste Marchena al frente. 

Es el juicio a un pelotón de polacos en la Corte -tribunales- del Rey Juan Carlos I -Felipe VI- como publicó el malogrado Manuel Vázquez Montalbán a mediados de la década de los noventa. Montalbán comenzaba la obra con una intención, anunciaba que "tenía que ir a Madrid a ver al Rey". ¿Qué crónica redactaría hoy? De aquella certeza ingenua con que, entonces, una carta al monarca era bálsamo i remedio a cualquier injusticia o demanda popular, a la declaración nada inocua del heredero real Felipe VI de hoy mismo, en pleno juicio por el proceso: "No es admisible apelar a una supuesta democracia por encima del derecho". Hoy aparcaré la reflexión maratoniana dedicada al papel de la monarquía en todo el asunto que nos ocupa. Mejorable desde la neutralidad institucional que podría ostentar -como árbitro- aunque no tomar partido por los que proclaman la República suponga un gesto excesivo de generosidad temeraria que es una osadía de reclamarla. 

La sesión del juicio de hoy también ha sido maratoniana. Cuántas horas han tenido que soportar los encausados de cara a la pared -descontando el trayecto con el cercanías policial al que están abonados-, sentados en aquellas sillas tapizadas nada ergonómicas que conjugan el satén con los mármoles, las vidrieras, los frescos o las columnas jónicas de la galería de los pasos perdidos con pinturas de Alcalá Galiano que exaltan "las virtudes de la Justicia". A efectos del cómputo de la pena, que algunos dan por firme y los hacen ya condenados, una hora en el Supremo debería reducirla, como mínimo, el doble o el triple en el caso de los que cultivan el vicio de fumar o tienen la vejiga floja.

 A mí también me duele España tal como proclamó Junqueras en su sermón de defensa ante el Tribunal Supremo. ¿La política en los tribunales resolverá el problema? El vaho de la olla en el hervor de los días que corren va invadiendo los espacios -veremos mañana jueves qué seguimiento tiene la parada prevista-. El hueso del jamón ibérico no se disuelve y Cataluña bulle, ahora salta -como la rana escaldada- en este caldo judicial mientras las brasas electorales -también maratonianas- aún no se han atizado a la máxima intensidad del todo. 

En la fiebre electoral que nos envestirá, el ministro Borrell recetaba "desinfectar Cataluña". En Amer le hicieron caso desde la radicalidad literal con una fregona y lejía baldeando los adoquines de la plaza de la villa. Ante el acceso previsible de despropósitos que tendremos que soportar en estas campañas electorales yo recomendaría mucha prevención antipirética y analgésica, aunque la administración no sea de lo más heroica ni noble. 

A las criaturas indecisas entre ejercer de fiscal, de defensor o de juez yo me decanto sin lugar a dudas por las buenas personas. Alguien en el juicio por el proceso dijo que "antes que demócratas somos buenas personas". 

¡Buenas noches!

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