Un calor
asesino nos golpea traidoramente a los débiles de cuerpo y de espíritu.
Aplomados rayos nos agrietan la mollera y, a los flojos de criterio, el sentido
común. Hace mucho calor -más todavía-, ¡calorazo! Noches hervidas al baño maría
en una sopa espesa que el hervor de las olas costaneras tampoco consiguen suavizar.
El apocalipsis del mercurio midiendo la sensación de ahogo y la contundencia por
recalentamiento solar también puede agredir los fundamentos de la coexistencia.
Por el canicular ferragosto está comprobado que los índices de maldades sangrientas
resueltas entre chacinería diversa se disparan. Coincidiendo con las vacaciones
-y el calor extremo- los expertos en criminología van de cabeza de escenario en
escenario contrastando los indicios del crimen -siempre presunto- recogiendo
huellas mientras olfatean el olor y el color de la tragedia. En
definitiva, husmeando la trama para poder resolver, como si de una novela
negra se tratara, los truculentos casos que suelen contar con personajes,
motivos y un procedimiento.
El misterio que
pienso publicar comienza con la denuncia de un abuelo, uno de los habituales
que tras la siesta diaria se apalancan en el mismo banco y que cada tarde pasan
lista para verificar que no ha habido ninguna baja en la tropa. El reloj vital
de estos muy jubilados personajes es tan exacto como un despertador puntual de modorras.
Practican la sensata precaución, para ahorrar sobresaltos y suposiciones
morbosas, de comunicar con antelación los absentismos planificados justificando
la falta de asistencia, de ser necesario, mostrando a los colegas el papel en
el que se demuestra que tienen una cita fijada en firme en el catálogo de
visitas médicas con algún ocasional especialista suplente de verano. Llegados a
este punto coinciden por mayoría absoluta que el personal médico suplente es,
con mucho, más benévolo,
El agente que
atendió al abuelo en la comisaría es muy paciente y condescendiente con los
ancianos en general porque él también tiene un abuelo que "no rige".
Así de claro y contundente lo resume la mujer del abuelo que "no rige".
Cara a cara, a ambos lados de la minúscula mesa de aquel despacho para atender
a las visitas con aire acondicionado, el agente se permitió poner al día los
mensajes de las diversas redes sociales mientras el abuelo aún estaba en los
prolegómenos de la denuncia. Amablemente quiso pasar por alto la ristra de
consideraciones sobre el sistema sanitario en agosto pero no lo logró. Para el
denunciante es fundamental relatar todas las circunstancias que rodean el
asunto.
La tarea abnegada de los policías que no
gastan suela de zapato pero que atienden al público es tan pesada e indispensable
como patrullar persiguiendo manteros miserables, camellos sin joroba o rateros
oportunistas que con el calor, cuando la sangre hierve, pululan más. Tomar
nota, seguir el hilo de la narración, separar lo pertinente de la anécdota
requiere de un olfato y una perspicacia que son el fundamento para la
resolución del caso y para la promoción en el propio cuerpo policial.
Precisamente por eso puso la oreja cuando se refirió a la ausencia repentina de
un compañero habitual. El abuelo en ese viaje por la periferia de los hechos
estaba llegando con mucha pachorra al punto clave, el punto de destino; ¡había
desaparecido un compañero! ¿Un secuestro, un asesinato, un golpe de calor
-puestos a no dramatizar-? A saber.
Verbalizó su
preocupación, mucha, ya que era de los más antiguos y extraordinariamente
puntual y cercano a la sociedad del banco -que si suele fluctuar en épocas de
gripe, no lo hace en agosto-. No había faltado -argumentaba el abuelo- hasta
ayer. Algo le ha sucedido, agente. Una buena persona que no criticaba a nadie
ni se entrometía en nada. El abuelo iniciaba la evaluación personal del
desaparecido con tristeza y con una ternura que conmovieron al policía. El evaporado
a juicio del denunciante era extremadamente discreto, nunca había propagado
nada, ni una de las confidencias que compartían. Ni las más personales y
delicadas en materia conyugal. Una persona que sabía escuchar -el agente sin ninguna
voluntad de sustituirlo- se hizo una idea de la paciencia desmedida del
desaparecido y de cómo de charlatanes eran los otros a quienes describió con
todo detalle el abuelo. Del esfumado, no consiguió desentrañar gran cosa, según
el abuelo hablaba tanto poco y era tan reservado que no sabía casi nada de él,
sólo le rondaba por la cabeza como si le hubiera dicho que era de la parte de
Tarragona o de Valencia, pero tampoco estaba seguro.
En solidaridad
con el abuelo propio que "no rige" y por celo profesional, el agente
comprobó en las bases de datos los hechos que pudieran iluminar este misterio.
En lugar alguno apareció ningún otro caso que tuviera una relación aparente.
Para cerrar el círculo y dilucidar el rompecabezas detectivesco, el policía
activó el procedimiento de campo que corresponde.
Al día
siguiente, una patrulla sin luces ni sirenas, que no eran necesarias, se presentó
en el punto de encuentro de los abuelos jubilados. Había dos ausencias más -al
margen del desaparecido- una por vacaciones en la Costa Brava y otra con el
justificante médico al día, sufría la revisión semanal de una intervención
reciente en las partes bajas -quería decir de próstata-.
Ya os anuncio,
por si el suceso acaba en las pantallas en versión cine negro de acción, que el
caso ha terminado bien. Los agentes sólo tuvieron que bajar del vehículo y
acercarse al grupo de ancianos concentrados en la lectura en voz alta de la
noticia que publicaba la prensa y que les concernía.
-¡Mira, el
desaparecido, Pepito! -así se resolvió, entre la socarronería de los abuelos y
el desconcierto de Pepito.
"El muñeco
de El Tío Che fue retirado el pasado viernes por orden del distrito de San
Martín, después de que una inspección ordinaria de la ordenanza de terrazas
detectara que la horchatería no tenía autorización para instalar la estatua y
se iniciara el correspondiente proceso sancionador".
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