Tal día hará un
año viviendo inmersos en una sensación insólita. El jefe catalán del operativo,
Trapero, imputado y apartado. Quien fuera su consejero está encarcelado, Joaquim
Forn. Continuamos bajo demasiada oscuridad alertados por la inoportunidad de
unas premonitorias declaraciones del entonces ministro Margallo concretadas en
los espeluznantes atentados de agosto. En esta conmemoración de días de sangre,
terror y desconcierto los Mossos todavía no tienen acceso a los datos calientes
que, por preventivos, deberían de poder disponer.
En la
hemeroteca dormita el testimonio magro de la solidaridad patria a los hechos de
las Ramblas y de Cambrils. El Estado y España ya hacían suficiente llevando al
Rey y al presidente Rajoy a encabezar una manifestación que se les volvió en
contra por dicha presencia. El abucheo fue monumental. Con los relojes parados
después de un año el centro de interés sigue siendo para la esfera política la
presencia del monarca a los actos previstos para mañana en Barcelona.
Me temo que después
del discurso de Felipe VI a los hechos de octubre la concurrencia de la casa
real en las Ramblas causará más tensión y rechazo -o indiferencia- si la
afirmación del actual presidente de la Generalidad de Cataluña tiene un punto
de certeza, "los catalanes no tenemos rey". En las redes -a menudo
mentirosas y pérfidas- se anuncia una expedición organizada desde la meseta
ibérica para apoyar la visita del monarca en Barcelona.
Habrá que ver
cuántos monárquicos reúnen y cuál es la huella de la comitiva real en las
tierras catalanas. Como la estrella navideña que guiaba a los Reyes Magos ya se
ha podido ver una avioneta de playa con una pancarta promocionada por los
pacificadores de Ciudadanos animando
a retirar los lazos amarillos, "¡A quitar
lazos amarillos!" En las melodías del hispanismo nostálgico hay
demasiados himnos con el "!A por ellos!" seduciendo a los catalanes
díscolos.
¿Conoceremos
algún día de verdad el trasfondo de estos atentados y del macabro papel del
imán de Ripoll? En la certeza de los días y de los homenajes por hacer tenemos aún
el recuento difícil de las víctimas. Todas. Las que lo sufrieron con sangre
propia y las que lo sufrimos como espectadores de una tragedia tan cercana al
Liceo. ¡Todas las víctimas! También las de Ripoll.
Pasear por las
Ramblas. Hemos vuelto a las Ramblas, Maria -cumpliendo la promesa que nos
hicimos hará un año- sin querer sentir la fetidez de la locura inexplicable
pegada al asfalto. Ha sido un acto de fuerza de voluntad porque hemos querido
"¡no tener miedo!" Y porque la normalidad heroica acotada por
bolardos barra del todo a los fantasmas que mañana se recordarán si el
protagonismo político no se decanta por relegar a las víctimas.
Ripoll cuna de
Cataluña, sepulcro del conde Guifré, vive. Vive y convive después de agosto de
tal día hará un año. Vive y convive el trasiego desde la serenidad contra las
garras de una locura que aún tenemos que acabar de comprender. Ripoll vive -¡y
convive! - la fresca placentera de las noches en medio de la ola de calor
veraniego.
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