Dicen que Josep
Pla, de visita a Nueva York, se interesó por quién pagaba aquel dispendio de
luminosidad. Seis décadas después la pregunta sigue siendo pertinente. El
espejismo encantador pervive en franca batalla contra la oscuridad donde la
noche ha perdido la guerra en la ciudad de las 24h. permanentemente abierta.
Aquí no cerramos nunca, proclama la mítica estatua de la Libertad con una
antorcha encendida ejerciendo de hito en la desembocadura del Hudson. ¡New York, New York!
Viajar a Nueva
York es poner asfalto a las imágenes de un plató imperecedero que ha ido disipando
Hollywood progresivamente. No hay que bailar bajo la lluvia en un callejón de
atrezo pegado a una farola de mentirijilla cuando todas las avenidas cuentan
con farolas cantoras y semáforos pioneros.
New York es muy
cara porque alguien debe pagar el desenfreno rutilante. Así que los transeúntes
boquiabiertos contribuimos en la factura de la luz con el peaje turístico y las
insólitas propinas a que no estamos acostumbrados ya que la vida tiene un
precio tan elevado debido al contador que no para de girar acelerado tanto de
día como de noche mientras las entrañas testimoniales de la ciudad jadean con vaharadas
traicioneras de vapor ardiente que levantan las translúcidas faldas a las
chicas desprevenidas.
La verticalidad
templada de acero, hormigón y vidrio destroza la proporcionalidad doméstica del
viejo continente en una racionalidad cuadriculada al abrigo del Parque Central
donde una ardilla funámbula mendiga a cambio de una simpática fotografía. La
fálica verticalidad rampante a tiralíneas dibuja el horizonte y continúa
desafiando la temeridad. Cuentan los testigos que el caos y el nubarrón espeso
tardaron una semana a disiparse. Cicatrices húmedas persisten en achicar la
locura en el Memorial del 11-S.
La
grandilocuencia urbanística abruma tanto como el rumor sostenido de la ciudad,
una manzana habitada por escandalosos gusanos metálicos que carcomen de
continuo la paz y el silencio imposible. Sugieren ascender por Manhattan hacia
el extremo septentrional para reencontrarse con parte del claustro y de la
calma románica de San Miguel de Cuixà trasladados piedra a piedra bajo el
mecenazgo de John D. Rockefeller, que los compró en los años treinta del siglo
pasado. Acostumbrarse al ruido constante de la ciudad y al hermetismo del aire
acondicionado en una habitación elevada de hotel puede convertirse en una pulsión
angustiosa.
Los prejuicios
respecto de la violencia exportados película a película se diluyen paseando por
el corazón del Bronx actual o de camino a una misa dominical en Harlem tras las
medidas de Rudolph Giuliani -el candidato de los neoyorquinos a héroe de la factoría
Marvel o de la DC Comics-. El peligro se condensa más entre los bolardos
preventivos y espesos en Times Square, por ejemplo, que ante la turística
comisaría 42, Fort Apache, donde han
sustituido a Paul Newman por un atlético agente latino que se deja retratar en
grupo junto a un coche patrulla sin abolladuras a instancias de un adolescente
negro que nos propone la fotografía con el policía risueño. ¡Insólito!
La prolongación
del Broadway teatral llega a las iglesias bautistas de Harlem. Templos de
venganza racial con un gallinero abarrotado de blancos boquiabiertos -arrítmicos-
dispuestos a seguir el ritual, el sermón del pastor y los cánticos, la razón
fundamental de la visita. Contrasta la manera de entender la alegre comunión de
los fieles mediante el góspel -¡Aleluya!
Nunca habían
sido tan retratados los exuberantes edificios de la marca "Trump".
Nunca un presidente de Estados Unidos ha puesto a tantos habitantes de la
ciudad de acuerdo. La acera de Tiffany & Co ha cedido protagonismo a la
vecina Torre Trump custodiada por mucha policía, con vallas, garitas de
vigilancia y bolardos abundantes. Este rascacielos es lo más parecido a la casa
oficial donde el presidente actual se aloja -su casa de verdad- cuando tuitea
desde Nueva York. En la acera de enfrente, por lo de la perspectiva visual que
se comportan los rascacielos, una mujer exhibe una pancarta contra Trump:
"Con-man, liar, greedy, ignorant,
hypocrite!". ¿Tiene razón? Algunas personas mantienen la teoría de que
la penitencia, el precio a pagar, por haber elegido a un presidente negro ha
sido la elección de este pintoresco político con aspecto de fugitivo circense
que le ha sucedido.
No podemos irnos
sin haber cruzado el puente de Brooklyn a pie y haber trepado, como un King
Kong con mochila y gafas de sol, el Empire State. Un conserje de color
uniformado nos preguntó de dónde veníamos y nos recriminó con mucho humor la
obsesión independentista a la que nos inscribió. En el piso 80 los oídos se
resienten de los advertencias del conserje y por el prodigio de velocidad
ganando altura hasta la azotea de la ciudad.
Josep Pla tenía
razón, costear tanta bombilla incandescente sale caro y penaliza tanto al
visitante como al contribuyente. Los esporádicos que todavía cultivamos el
vicio de fumar -quien recoge colillas, quien tiene una edad en la que el hábito
era glamuroso y alguna excepción importada- estamos en contada minoría. En
Nueva York un paquete de cigarrillos cuesta 14$ y pico. Una fortuna que habría
rentabilizado de persistir a vender un cigarrillo por 1$, la cantidad que te
ofrecían a cambio quien te pedía uno en la calle. Una transacción que me
descolocó y que también sorprendió al que le regalé un pitillo extranjero y
mucho más barato a cambio sólo del agradecimiento tal como se acostumbra en Barcelona
por solidaridad gremial, si procede.
Os dejo con la
propuesta de cruzar los puentes de Manhattan escuchando a Frank Sinatra
contemplando las edificaciones luminosamente adornadas a la manera de los
árboles de navidad permanentes.
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