martes, 24 de julio de 2018

New York, New York.


Dicen que Josep Pla, de visita a Nueva York, se interesó por quién pagaba aquel dispendio de luminosidad. Seis décadas después la pregunta sigue siendo pertinente. El espejismo encantador pervive en franca batalla contra la oscuridad donde la noche ha perdido la guerra en la ciudad de las 24h. permanentemente abierta. Aquí no cerramos nunca, proclama la mítica estatua de la Libertad con una antorcha encendida ejerciendo de hito en la desembocadura del Hudson. ¡New York, New York!
 
Viajar a Nueva York es poner asfalto a las imágenes de un plató imperecedero que ha ido disipando Hollywood progresivamente. No hay que bailar bajo la lluvia en un callejón de atrezo pegado a una farola de mentirijilla cuando todas las avenidas cuentan con farolas cantoras y semáforos pioneros.

New York es muy cara porque alguien debe pagar el desenfreno rutilante. Así que los transeúntes boquiabiertos contribuimos en la factura de la luz con el peaje turístico y las insólitas propinas a que no estamos acostumbrados ya que la vida tiene un precio tan elevado debido al contador que no para de girar acelerado tanto de día como de noche mientras las entrañas testimoniales de la ciudad jadean con vaharadas traicioneras de vapor ardiente que levantan las translúcidas faldas a las chicas desprevenidas.

La verticalidad templada de acero, hormigón y vidrio destroza la proporcionalidad doméstica del viejo continente en una racionalidad cuadriculada al abrigo del Parque Central donde una ardilla funámbula mendiga a cambio de una simpática fotografía. La fálica verticalidad rampante a tiralíneas dibuja el horizonte y continúa desafiando la temeridad. Cuentan los testigos que el caos y el nubarrón espeso tardaron una semana a disiparse. Cicatrices húmedas persisten en achicar la locura en el Memorial del 11-S. 

La grandilocuencia urbanística abruma tanto como el rumor sostenido de la ciudad, una manzana habitada por escandalosos gusanos metálicos que carcomen de continuo la paz y el silencio imposible. Sugieren ascender por Manhattan hacia el extremo septentrional para reencontrarse con parte del claustro y de la calma románica de San Miguel de Cuixà trasladados piedra a piedra bajo el mecenazgo de John D. Rockefeller, que los compró en los años treinta del siglo pasado. Acostumbrarse al ruido constante de la ciudad y al hermetismo del aire acondicionado en una habitación elevada de hotel puede convertirse en una pulsión angustiosa. 

Los prejuicios respecto de la violencia exportados película a película se diluyen paseando por el corazón del Bronx actual o de camino a una misa dominical en Harlem tras las medidas de Rudolph Giuliani -el candidato de los neoyorquinos a héroe de la factoría Marvel o de la DC Comics-. El peligro se condensa más entre los bolardos preventivos y espesos en Times Square, por ejemplo, que ante la turística comisaría 42, Fort Apache, donde han sustituido a Paul Newman por un atlético agente latino que se deja retratar en grupo junto a un coche patrulla sin abolladuras a instancias de un adolescente negro que nos propone la fotografía con el policía risueño. ¡Insólito!

La prolongación del Broadway teatral llega a las iglesias bautistas de Harlem. Templos de venganza racial con un gallinero abarrotado de blancos boquiabiertos -arrítmicos- dispuestos a seguir el ritual, el sermón del pastor y los cánticos, la razón fundamental de la visita. Contrasta la manera de entender la alegre comunión de los fieles mediante el góspel -¡Aleluya!

Nunca habían sido tan retratados los exuberantes edificios de la marca "Trump". Nunca un presidente de Estados Unidos ha puesto a tantos habitantes de la ciudad de acuerdo. La acera de Tiffany & Co ha cedido protagonismo a la vecina Torre Trump custodiada por mucha policía, con vallas, garitas de vigilancia y bolardos abundantes. Este rascacielos es lo más parecido a la casa oficial donde el presidente actual se aloja -su casa de verdad- cuando tuitea desde Nueva York. En la acera de enfrente, por lo de la perspectiva visual que se comportan los rascacielos, una mujer exhibe una pancarta contra Trump: "Con-man, liar, greedy, ignorant, hypocrite!". ¿Tiene razón? Algunas personas mantienen la teoría de que la penitencia, el precio a pagar, por haber elegido a un presidente negro ha sido la elección de este pintoresco político con aspecto de fugitivo circense que le ha sucedido.

No podemos irnos sin haber cruzado el puente de Brooklyn a pie y haber trepado, como un King Kong con mochila y gafas de sol, el Empire State. Un conserje de color uniformado nos preguntó de dónde veníamos y nos recriminó con mucho humor la obsesión independentista a la que nos inscribió. En el piso 80 los oídos se resienten de los advertencias del conserje y por el prodigio de velocidad ganando altura hasta la azotea de la ciudad. 

Josep Pla tenía razón, costear tanta bombilla incandescente sale caro y penaliza tanto al visitante como al contribuyente. Los esporádicos que todavía cultivamos el vicio de fumar -quien recoge colillas, quien tiene una edad en la que el hábito era glamuroso y alguna excepción importada- estamos en contada minoría. En Nueva York un paquete de cigarrillos cuesta 14$ y pico. Una fortuna que habría rentabilizado de persistir a vender un cigarrillo por 1$, la cantidad que te ofrecían a cambio quien te pedía uno en la calle. Una transacción que me descolocó y que también sorprendió al que le regalé un pitillo extranjero y mucho más barato a cambio sólo del agradecimiento tal como se acostumbra en Barcelona por solidaridad gremial, si procede.

Os dejo con la propuesta de cruzar los puentes de Manhattan escuchando a Frank Sinatra contemplando las edificaciones luminosamente adornadas a la manera de los árboles de navidad permanentes.

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