-¡Adiós, me
voy!
-¡No, que te echan!
Esta escena, cuentan
los viejos del lugar, solía ser frecuente cuando alguien era expulsado de la
aldea. Se le aplicaba una orden de excomunión por gracia del juez sin demasiada
letra pero con suficiente ascendencia y una autoridad casi divina en la pedanía.
Se le alejaba, se le apartaba, se le reprobaba y se practicaba la desaprobación
expulsándolo. El encausado cargaba con los bártulos y cogía el portante hacia
un nuevo destino para no volver. Lo más duro de transportar -como la penitencia
por un pecado materializado- era el saco de los gatos a la espalda de donde
siempre salía una garra afilada cuando no una pulga subsidiaria y hambrienta
que a su vez tenía que cambiar de aires solariegos.
El espectáculo
político al que asistimos -en Catalunya y España- es de una magnitud cósmica. Al
calendario le vienen faltando hojas para inscribir esta retahíla de días
"históricos" que no se atrapan. Tiempos apasionantes. Compadezco a
los profesionales del periodismo -a quien debe cerrar la edición de madrugada-
por la tarea agotadora mientras aparean el puzle de noticias que hacen cola por
un atasco en las rotativas. Me solidarizo con los profesionales de la opinión
vía micrófono, con los atletas del funambulismo en directo y sin red. Admiro a los
profetas verdaderos y también a los videntes rezagados, los del día después
cuando la predicción ya se ha verificado, parque aciertan.
Días de
despedida desde la certeza de los hechos consumados -ahora sí-. Asistimos a la
complejidad política sorprendidos, aliviados, traicionados o derrotados. ¡Qué
trance más amargo! De ver garantizada una legislatura con chapela a la
perplejidad inmediata de la derrota ha descolocado al poder que gobernaba y se veía
consolidado. No parecía posible poner de acuerdo a tantas texturas en la paleta
cromática que ha dibujado la moción de censura. Se ha hecho, sin embargo. Que la
historia -a quien todos apelan con altisonancia- no tenga que constatar que la
criatura que debería nacer de este tipo de coalición sea una naturaleza muerta
-un Frankenstein, como reprochan los damnificados-.
En el álbum personal
de las imágenes hoy pego el cromo de un escaño vacío con una bolsa huérfana de
la que se había volatilizado la brillante elocuencia matutina del protagonista
desaparecido. El vacío también era sobrecogedor en el puente azul de mando
mientras la nave a la deriva se acercaba a los arrecifes con la marinería
uniformada de luto y en actitud de vela a un cuerpo ausente iluminado por
cuatro cirios de cera catalana que aún queman.
-¡Adiós, me
voy!
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