domingo, 3 de junio de 2018

El saco de los gatos con pulgas.

-¡Adiós, me voy!
-¡No, que te echan! 

Esta escena, cuentan los viejos del lugar, solía ser frecuente cuando alguien era expulsado de la aldea. Se le aplicaba una orden de excomunión por gracia del juez sin demasiada letra pero con suficiente ascendencia y una autoridad casi divina en la pedanía. Se le alejaba, se le apartaba, se le reprobaba y se practicaba la desaprobación expulsándolo. El encausado cargaba con los bártulos y cogía el portante hacia un nuevo destino para no volver. Lo más duro de transportar -como la penitencia por un pecado materializado- era el saco de los gatos a la espalda de donde siempre salía una garra afilada cuando no una pulga subsidiaria y hambrienta que a su vez tenía que cambiar de aires solariegos. 

El espectáculo político al que asistimos -en Catalunya y España- es de una magnitud cósmica. Al calendario le vienen faltando hojas para inscribir esta retahíla de días "históricos" que no se atrapan. Tiempos apasionantes. Compadezco a los profesionales del periodismo -a quien debe cerrar la edición de madrugada- por la tarea agotadora mientras aparean el puzle de noticias que hacen cola por un atasco en las rotativas. Me solidarizo con los profesionales de la opinión vía micrófono, con los atletas del funambulismo en directo y sin red. Admiro a los profetas verdaderos y también a los videntes rezagados, los del día después cuando la predicción ya se ha verificado, parque aciertan.

Días de despedida desde la certeza de los hechos consumados -ahora sí-. Asistimos a la complejidad política sorprendidos, aliviados, traicionados o derrotados. ¡Qué trance más amargo! De ver garantizada una legislatura con chapela a la perplejidad inmediata de la derrota ha descolocado al poder que gobernaba y se veía consolidado. No parecía posible poner de acuerdo a tantas texturas en la paleta cromática que ha dibujado la moción de censura. Se ha hecho, sin embargo. Que la historia -a quien todos apelan con altisonancia- no tenga que constatar que la criatura que debería nacer de este tipo de coalición sea una naturaleza muerta -un Frankenstein, como reprochan los damnificados-.

En el álbum personal de las imágenes hoy pego el cromo de un escaño vacío con una bolsa huérfana de la que se había volatilizado la brillante elocuencia matutina del protagonista desaparecido. El vacío también era sobrecogedor en el puente azul de mando mientras la nave a la deriva se acercaba a los arrecifes con la marinería uniformada de luto y en actitud de vela a un cuerpo ausente iluminado por cuatro cirios de cera catalana que aún queman. 

-¡Adiós, me voy!


No hay comentarios:

Publicar un comentario