Taiwán, la isla
con uno de los índices de fecundidad más bajos del mundo, se propone cortar la
luz por las noches para aumentar la natalidad. La diputada promotora de la
iniciativa, profesional de la ginecología, quiere extinguir los artefactos
luminosos a partir de las 22:00h. Mataría dos pájaros de un tiro reavivando así
a un tercero. Fomentaría el ahorro energético, la alegría conyugal y, en
consecuencia, la natalidad del país. Para redondear la iniciativa el
ayuntamiento de Taipei quiere aportar su granito de arena organizando, además, un
programa de encuentros entre solteros.
A latitudes
opuestas un sondeo divulga que uno de cada tres matrimonios en Estados Unidos inicia
la relación online, una práctica
espartana de tacaña relación inodora sin epidermis de por medio. Aprovechando
la ocasión virtual, el máximo responsable de Facebook, Mark Zuckerberg, ha aventurado el inminente lanzamiento
de Dating, una aplicación de citas
que servirá para construir relaciones reales a largo plazo, no sólo aventuras.
Dos iniciativas
complementarias con una finalidad convergente pero sin punto de encuentro porque,
sin corriente eléctrica, difícilmente nos enchufaremos a la virtualidad
romántica de un noviazgo deslocalizado para establecer, a la larga, una relación
duradera -con las neuronas afiladas en directo-, de las que fructifican y
aseguran la pervivencia de los genes.
En Taiwán
deberán aprovechar la luz diurna y el último fulgor hasta que las brasas se
mueran en el fuego del hogar, la hora mágica en la que se quemaban las
palabras, las leyendas y cuando la sombra hiperactiva de los fantasmas tiembla
cargada de sensual fabulación.
Noticias que
mayean, del mes de las flores, que inundan la prensa y dejan reposar en paz las
invernales naturalezas muertas de las aceras urbanas con hojas muertas
revoloteando, deposición canina estática y una paloma desplumada contemplándoselo.
¡Viva la vida!
A tientas, a la
hora de encender la pasión, en la oscuridad nocturna descodificando con las
yemas de los dedos los rincones placenteros y cálidos será necesario no
terminar acariciando apasionadamente una felpuda estera.
¡Viva la
primavera, viva la vida!
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