lunes, 8 de enero de 2018

El sexo de los ángeles.

Hemos llegado al punto de discutir una vez más sobre el sexo de los ángeles. Estaba convencido de que estas diatribas ya las teníamos superadas. Empeñarse en averiguar la esencia del epicentro vital de seres tan etéreos vertió durante siglos riadas de tinta inútil. Encontrar argumentos, que los tiene que haber, respecto de si es un ángel o una ángela y qué virtudes les asisten debe resultar extenuante a pesar del estímulo intelectual que comporta un ensayo tan espeso como este. Aunque yo mismo me recreo y caigo en esa debilidad en momentos complicados cuando me decanto por averiguar la naturaleza vaporosa de estos seres indefinidos, prometo abandonar tal manía que me distrae, me instiga y que la prefiero el recuento de ovejas cuando el insomnio me ataca.

En la edad de la inocencia descubrir la magia de un rey del Oriente es tarea reservada a las criaturas talentosas. Para infantes o infantas superdotados. En el recuerdo angustioso de la infancia guardo los afeites faciales de los tres reyes y el don de lenguas exóticas con que sus majestades nos adoctrinaban a ser buenos chicos. Como de embetunado iba el negro, color aceituna madura con los labios rojos como el plumero de un ave tropical. Al blanco, Charlot le acababa de estrellar un pastel de merengue en la cara. Y el rubio, si lo tuviera que describir con precisión lo tendría difícil, era más bien del color del chocolate caliente con un chorrito de leche comparado con el negro. Seres de una galaxia de sueños y deseos que viajaban en camello, animales domésticos de difícil supervivencia en las comarcas pirenaicas antes del cambio climático y de la sequía. 

Vecinos de calle cuando no parientes cercanos transformados en un prodigio generoso a quienes reprochar, si los monarcas no se hubieran esfumado tan rápidamente, que la bicicleta del compañero tenía más prestaciones o que el caballo de cartón era más alto y venía equipado con estribos. Esos reyes no tenían libro de reclamaciones, obraban en consecuencia y eran tan justos y sabios -todo lo sabían- que el tamaño del caballo algo debería tener que ver con alguna contrariedad por la que la justicia real te impone una penitencia y semejante castigo desmesurado. Tengo otro amigo de infancia, uno muy travieso, al que los reyes le llevaron una bicicleta de carreras -sí, de carreras- pero sin frenos, algo que se comportaba dejar la suela de la alpargata y algún diente descendiendo temerariamente por las callejuelas empinadas. 

La curiosidad nostálgica de los días me ha llevado a remover la caja de las fotografías buscando una donde habitan los recuerdos de la víspera de reyes iluminada por un farolillo con una vela temblorosa por el viento del recuerdo que sopla leve y poco preciso. ¿Cómo es posible que no reconociera a aquellos entrañables personajes con uniformes precarios de monarcas rurales? La ilusión superaba los indicios y empañaba la verdad prosaica, así que se lavaban la cara y descabalgaban el camello.

¿Tanto han cambiado las criaturas? ¿Hilan tan fino que se dedican a averiguar el sexo de los ángeles? Quien lo tiene claro es alguna prensa madrileña respecto de la polémica cabalgata de este año en Vallecas que la describe así: "en vez de los Reyes Magos van a ir drag queens de reinas". "Melchor va a ser un travesti, Baltasar la tortillera y Gaspar, muy hormonada, ira enseñando las tetas". El periodista ignoraba que, en realidad, una sola drag queen formará parte de la comitiva que acompañará a los reyes. Desfilará en una carroza de juguetes con un disfraz de peluche. Concluye el periodista, atacado por un exceso poco poético de realismo asexuado como correspondería que "son maricones de mierda". 

Mientras decidimos sobre la naturaleza del sexo angelical que un rebaño de angelicales criaturas -con o sin camello- os traigan muchas cosas si habéis sido buenas personas. Yo he les he remitido la carta insistiendo en la bicicleta -¡con frenos! - y en un caballo de cartón con estribos plateados. La última de las carrozas de la cabalgata a que acabo de asistir traía un saco lleno de carbón, negro como una noche sin luna. Mañana os contaré si sus majestades me han hecho caso o me han dejado una indecente palada de carbón, como al Junqueras. En el Tribunal Supremo los reyes se han anticipado llevándole una pena negra envuelta con un lazo preventivo -por si acaso- dejando bien claro que no se trata de presos políticos.

Recuperamos la inocencia por una noche, que no la ingenuidad. Que os traigan muchas cosas. ¡Todo lo que deseáis y que sus majestades -las del Oriente- tengan en stock!


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