Electrocutar
langostas será el nuevo deporte entre aquellos que se lo puedan permitir. La
displicencia gestual con que se lanzaba una langosta a la cazuela con agua
hirviendo estará vetada en Suiza desde primero de marzo hasta la eternidad. El
país alpino regulará la conciencia ciudadana respecto de los productos que
lleguen vivos desde el mar a la mesa. Una medida de protección animal que
cuestiona esta práctica en una sociedad cada vez más sensible -vegana- con el
bienestar de los animales.
Escamando la
legislación al respecto los suizos también han decretado que los crustáceos
culinarios no se podrán transportar en un lecho de hielo o en agua fría para
mantenerlos vivos. Tampoco se podrán exhibir en acuarios de restaurante o
viveros de espacio reducido porque les causa mucho estrés a las especies
marinas provistas de caparazón calcáreo, una especie de corteza que los protege
de los depredadores pero no de las calderas del infierno acuático en las
grandes cocinas.
La biología
pragmática para los humanos de plato hondo, aquellos torpes que no nos lo
preguntamos, si las langostas o los mejillones se estresan, solemos clasificar
el mundo a la pata llana en comestible o no comestible, una relación ecológica
con el entorno al punto de sal y de pimienta a lo tienda de comestibles bien
surtida. Yo diría que en este desenfreno culinario global ya nos hemos zampado
media manzana y que la otra mitad vive acosada por un aplicado gusano voraz.
Llama la
atención la exquisita polémica que se concreta legalmente en Suiza que
contrasta con los planteamientos vitales malthusianos que a finales del XVIII
alertaban que la población crecía en progresión geométrica mientras que los
alimentos -¿las langostas también?- lo hacían un una progresión aritmética. La
población, según Malthus, se vería condicionada alarmantemente por los medios
de producción. Ya ha llovido desde que el autor del ensayo sobre los principios
de la población cría malvas. Hablar de langostas y de pobreza -de hambre-, no
liga. En medio de estas controversias nos hemos inventado la palabra
sostenibilidad que salta a los titulares de la prensa así que las anchoas de la
Escala o las gambas de Palamós escasean, espabilan o no pican.
En otra
reflexión me centraré en la sostenibilidad de las ostras. Un producto
comestible con un punto de limón y de pimienta que se degusta sin pasar por las
calderas de Pedro Botero que no tardando demasiado también debería ser materia
jurídica alpina. La adicción a la exquisitez de paladar, por su sabor, por su
delicadeza, finura y excelencia tanto de las langostas como de las ostras sale
cara, sólo la pueden cultivar los sibaritas de cartera honda, como el plato.
Por eso me preocupa más mi dependencia gastronómica a los mejillones, más al
alcance, más cercanos y cotidianos. ¿Quién no ha disfrutado de un mejillón
solitario, huérfano de compañía, en la paella semanal de menú los jueves?
¿Se han parado
a pensar que este mejillón de vida gregaria en libertad, a la desgracia de la
soledad, le sobreviene una inmersión repentina que horripila? La ciencia suiza
ha estudiado si las langostas sufren cuando las tiramos vivas en una cazuela.
No hacen falta demasiados estudios para deducir lo doloroso que debe ser un
baño en agua hirviendo. Los expertos deducen que cualquier ser -animal y no-
que disponga de un sistema nervioso percibe el dolor y, por tanto, sufre. Un
sufrimiento que no deben suavizar las unturas con mayonesa ni las friegas más
específicas como la salsa termidor.
Persiste mi
duda respecto del entrañable mejillón de los jueves. Renunciaré o me aseguraré
-preguntaré al camarero- si antes la han aturdido o no. La legislación suiza
recomienda refrescar previamente las langostas para que se adormezcan antes de
decapitarlas o de electrocutarlas. Recomiendan el calambre, más sutil, estético
y porque no salpica. El futuro en el mercado de los trastos domésticos deberá
pasar por un utensilio de aturdir crustáceos. Os aseguro que no toleraré a los mejillones
que no hayan sido tratados según este protocolo de consumo tan humano.
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