Sábado
preelectoral. Partiendo de esta premisa os puedo prometer la luna y haceros
creer que sin un servidor el mundo se acaba. Después, el caos, la nada y la
frustración. ¡Votadme! Dadme vuestra confianza por vuestra seguridad porque os
resolveré la vida. Yo soy la felicidad y tengo la clave de vuestro bienestar,
compañeros. En el mensaje hay seguridad -engañosa o no, porque eso tampoco
importa demasiado-, contundencia y la apariencia que el contenido es tan
fundamental como el aire que respiramos -contaminado o no, qué más da-. Y para
remacharlo tengo todas las respuestas, todas, a cualquier pregunta que me puedan
plantear. Verosímiles, imposibles o tramposas. Elijan, tengo un surtido para
todos los públicos y para todas las condiciones. De tanto dar tumbos por ferias
y mercados me las he aprendido. ¡Pruébalo!
Os confesaré
que ya tengo ganas de que esta locura de campaña electoral acabe. ¡Qué
cansancio! Ando con la mano entumecida, la mejilla desdibujada a besos y el
codo con el síndrome del tenista de tanto firmar autógrafos. ¿Cuánta
propaganda, bufandas, chapas, polvorones y mantas habré repartido? Eso sin
contar con las sesiones de maquillaje y las fotografías -selfies compartidas también- donde no siempre salgo con la sonrisa
ensayada. Una carrera en la cual la debilidad penaliza y la arruga está mal
vista. Un ensayo en el que la realidad no cotiza y las vergüenzas se tapan. ¡Y
tú, más! Piso fuerte cuando la ocurrencia o el chascarrillo pueden convertirse
en un gancho en plena mandíbula del contrincante. ¡Cierto, yo soy el mejor! Ya
se encargan los asesores de repetírmelo en el ángulo del cuadrilátero. En una
palangana con cubitos pongo los pies cuando no hundidos en el lodazal de los
hechos recientes, y la cabeza caliente -¡Eres el mejor!
Y porque lo
soy, dispongo de medios. Quién me financia, quién me apoya y quién me refleja en
todas las pantallas posibles. Y unos altavoces -parciales o no- que airean mis
promesas -ciertas o no- por todos los rincones. Soy omnipresente navegando por
las calles con farolas como mástiles de velero empujado por el viento de la
popularidad a los que pregunto, como en el cuento infantil, si ganaré. La
respuesta no está en el viento ni en las encuestas. Son las urnas, amigos, el
espejo de la voluntad popular que las campañas ya se encargan de querer
modular.
La encuesta es
un plato fijo en el menú de la época electoral, una especie de cocido a fuego
lento con muchos ingredientes bien medidos. Alta cocina en una olla con el
forjado de una urna de diseño donde se da un hervor ya no a las tendencias sino
a las voluntades. Fundamental en la cocción es la capacidad para doblegarlas
creando opinión, incertidumbre o, directamente, inquietud. También hemos
aprendido a no hacerles demasiado caso ni a agobiarnos por las prospecciones en
la intención de voto amañadas, ya sea por pudor político a la hora de responder
o se trate de interés político a la hora de divulgarlas. Estamos aquí, pues.
Estamos a
escasos días de las elecciones catalanas más extrañas de entre las que se hacen
y se deshacen. Han sido convocadas por los corifeos del 155 y algunos cabezas de
cartel las padecen desde la ausencia -etéreos-. Habitantes de galaxias lejanas
o encarcelados preventivamente desde lo
que empieza a parecer una eternidad. La prevención es una cualidad que
presupone -no necesariamente- una realidad que se podría manifestar.
Anticiparse con medidas tan drásticas como la prisión es una profecía injusta y
muy inédita que distorsiona gravemente estas elecciones. Tanto como el nuevo
daltonismo que nos han impuesto y nos afecta como una insólita peste electoral.
"Entre el amarillo y el azul, un pardillo!" Los oculistas se han
ingeniado el eslogan, van de cabeza explorando fondos de ojo y aliviando
enfermos de temporada con las consultas a rebosar descartando cataratas y
miopes ocasionales. Es la paleta cromática de estos días donde hay quien lo ve
de color naranja.
A los
prolegómenos invernales se suman las elecciones, navidad y aún otra epidemia
-esta sí, verificada- que llena a rebosar los pasillos de la prevención
atestados de pacientes con síntomas preocupantes debido a infecciones atípicas
y por clasificar. Quiero ensalzar la oportuna edición de este año de la Maratón
en TV3 que, coincidiendo con el diagnóstico del exministro Borrell, se dedicará
a la prevención de estas enfermedades y a la curación de algunos infecciosos -por catalanes-
afectados.
¡Volveremos a
votar!
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