martes, 12 de diciembre de 2017

Atmósfera prenavideña.



Fiestas navideñas atípicas o semanas apasionantes ancladas en el calendario de adviento. El año se despide en medio de sacudidas variadas. Las trepidantes fechas deberían ofrecer una tregua duradera para desearnos lo mejor. Paz a los hombres de buena voluntad -¡y muchos turrones!-. Concordia con cada oveja en su corral pastando esperanza, alegría y felicidad. Ocurre, sin embargo, que el contexto no lo comporta. Las inquietudes varias empañan los días del consumo y de las luces. Habría que disipar tanta oscuridad ambiental.

Si levantamos el foco del ombligo catalán que nos difumina, por cercano y actual, lo que nos rodea, el mundo tampoco se revela muy amable. En medio de los monotemáticos centros de interés cercanos que nos acometen nos ha dejado una nota triste el icono francés Johnny Hallyday. Algunos hemos seguido más a Jacques Brel, Georges Brassens o al otro Jordi, el Moustaky. Todos se han ido a regiones más transparentes habiendo afinado antes la guitarra por la terrenal Olympia parisina. ¡Buen reposo, musiciens

La atmósfera prenavideña viene suscrita por la ley del gran Trump con un gesto político muy ecuménico estampando su grandilocuente firma en un decreto que convierte en efectivo el traslado de la embajada estadounidense de Tel Aviv a Jerusalén. El emperador habría azuzado el avispero de Tierra Santa jamás pacificado. Jerusalén es uno de los epicentros significados donde confluyen las tres religiones de los libros sagrados. Al ficticio kilómetro cero de la paz, en la diana borrosa del perdón, del hermanamiento y de la conciliación teóricos se reaviva -¿cuándo no ha habido bronca o batiburrillo?- otra vez la violencia y los enfrentamientos. Del Belén de la natividad al Jerusalén de la pasión hay que cruzar la frontera.

Exhausta de tanta vorágine abominable por la actividad humana, la diosa naturaleza también se rebela. Nos alerta cuando ruge feroz o se nos amotina con una sequía atroz. Los meteorólogos aficionados -los obispillos del tiempo- me reprocharán que hoy nos ha cruzado un chaparrón. Una lluvia testimonial que no ha saciado la aridez de la tierra. El cielo ha llorado, efectivamente, y ya hay alguna alma cándida convencida de que ha sollozado por el malogrado Johnny Hallyday; si esta hubiera sido la causa, me arriesgaré a confirmar que los dioses de la lluvia no son estrictamente rockeros. Me consuelo pensando -avalado por Trump- que el cambio climático sólo es un cuento chino para embaucar a ingenuos. También necesitamos que llueva. 

Me he de volver a contemplar el ombligo -ya me disculpareis-. Hoy es un lunes feroz después del puente de la Purísima que figurará en el catálogo de las tormentas humanas que se recuerdan. El despropósito, al menos el poco afortunado momento para hacer el traslado de los muebles a Sigena, ha comenzado bien de madrugada -como inspirados por el polémico Pep Guardiola, el del lazo amarillo- y aún era demasiado oscuro cuando unos guardia civiles poco lorquianos han entrado en el museo de Lleida. Una nocturnidad que no asociaré a la concreción del todo poderoso artículo 155 ya que -dicen- no ha sido así, porque la operación venía avalada por la justicia con diligencia y mucha prisa para envolver los pedruscos y las piezas diversas que había que cargar al camión de la mudanza. Mucho trabajo precipitado y alguna negligencia que se ha verificado, hecho el recuento, dada la falta de una obra que habrá que pintar al óleo.

Contemplando el espectáculo mediático desde el prisma de la política puede haber sido una inoportunidad cargada de posibles efectos electorales. La inmediatez urgente sin freno de la que hemos sido testigos podría resultar poco rentable para los que la han propiciado. Habrá que ver si se confirma. De la polémica ha trascendido que se negaron a cargar al camión al actual alcalde de Lleida, una prenda no considerada aval suficiente para garantizar la recuperación del lote artístico entero.

Desconozco los pormenores legales que han supuesto el retorno de unas obras que habían sido compradas por la Generalidad de Cataluña -con papeles que ahora resultan mojados- a unas monjas. Soy de los que creen que donde mejor vive y arraiga un árbol es en los márgenes que lo han visto nacer, pero la maniobra de hoy, por el contexto donde arraigaba, no parece del todo ecológica. A los ojos del momento -volviendo al ombligo catalán de la actualidad- la operación tiene algo suspicaz y deviene poco acertada por la excepcionalidad política cargada de matices y de recelos en plena cita electoral. 

Me pasa por la cabeza cuando en las masías catalanas se cambiaban las majestuosas mesas de nogal por las modernas y funcionales de formica o de cuando el botín de las sacristías, ya despojadas de santos, había que negociarlo en los anticuarios de la capital y, a menudo, los retorcidos ángeles barrocos de los retablos ya habían levantado el vuelo emprendiendo insólitas evasiones transatlánticas.

Volviendo a la cosa internacional y al gran Trump la atmósfera prenavideña no indulta el pavo de la Casa Blanca ni el alto porcentaje de niños y civiles víctimas de las bombas de racimo. El general Trump también se desdice del compromiso de vetar este armamento. Artefactos preñados de pequeñas bolas explosivas que años después de haber caído continúan siendo destructivas, como cuando unas criaturas las recogen para jugar con ellas. ¡Que los reyes magos del oriente -y del occidente- no trajinen juguetes bélicos! 

Remataré la rezagada crónica prenavideña dándole apoyo -hay que ser objetivos- reconociendo la audacia del emérito sheriff de Montana, Donald Trump. Quiere pisar Marte entre enero de 2021 y enero de 2025. Vista la precisión en el tiempo, que en el espacio está por ver, debería acelerar en el supuesto de que no gane la reelección. Se trata de cumplir una de las promesas electorales que puede enlazar de paso con la campaña catalana. 

Reconquistada Flandes, sitiada Bruselas y agotado el chocolate fino belga -una complicidad repostera en honor al presidente Puigdemont- propongo incorporar un convenio con el astronauta Trump para que los catalanes dejemos de vagar por el espacio sideral y nos establezcamos en Marte.

¡Meditémoslo, terrícolas!

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