Fiestas
navideñas atípicas o semanas apasionantes ancladas en el calendario de
adviento. El año se despide en medio de sacudidas variadas. Las trepidantes
fechas deberían ofrecer una tregua duradera para desearnos lo mejor. Paz a los
hombres de buena voluntad -¡y muchos turrones!-. Concordia con cada oveja en su
corral pastando esperanza, alegría y felicidad. Ocurre, sin embargo, que el
contexto no lo comporta. Las inquietudes varias empañan los días del consumo y
de las luces. Habría que disipar tanta oscuridad ambiental.
Si levantamos
el foco del ombligo catalán que nos difumina, por cercano y actual, lo que nos
rodea, el mundo tampoco se revela muy amable. En medio de los monotemáticos
centros de interés cercanos que nos acometen nos ha dejado una nota triste el
icono francés Johnny Hallyday. Algunos hemos seguido más a Jacques Brel,
Georges Brassens o al otro Jordi, el Moustaky. Todos se han ido a regiones más
transparentes habiendo afinado antes la guitarra por la terrenal Olympia
parisina. ¡Buen reposo, musiciens!
La atmósfera
prenavideña viene suscrita por la ley del gran Trump con un gesto político muy
ecuménico estampando su grandilocuente firma en un decreto que convierte en
efectivo el traslado de la embajada estadounidense de Tel Aviv a Jerusalén. El
emperador habría azuzado el avispero de Tierra Santa jamás pacificado.
Jerusalén es uno de los epicentros significados donde confluyen las tres
religiones de los libros sagrados. Al ficticio kilómetro cero de la paz, en la
diana borrosa del perdón, del hermanamiento y de la conciliación teóricos se
reaviva -¿cuándo no ha habido bronca o batiburrillo?- otra vez la violencia y
los enfrentamientos. Del Belén de la natividad al Jerusalén de la pasión hay
que cruzar la frontera.
Exhausta de
tanta vorágine abominable por la actividad humana, la diosa naturaleza también
se rebela. Nos alerta cuando ruge feroz o se nos amotina con una sequía atroz.
Los meteorólogos aficionados -los obispillos del tiempo- me reprocharán que hoy
nos ha cruzado un chaparrón. Una lluvia testimonial que no ha saciado la aridez
de la tierra. El cielo ha llorado, efectivamente, y ya hay alguna alma cándida
convencida de que ha sollozado por el malogrado Johnny Hallyday; si esta
hubiera sido la causa, me arriesgaré a confirmar que los dioses de la lluvia no
son estrictamente rockeros. Me
consuelo pensando -avalado por Trump- que el cambio climático sólo es un cuento
chino para embaucar a ingenuos. También necesitamos que llueva.
Me he de volver
a contemplar el ombligo -ya me disculpareis-. Hoy es un lunes feroz después del
puente de la Purísima que figurará en el catálogo de las tormentas humanas que
se recuerdan. El despropósito, al menos el poco afortunado momento para hacer
el traslado de los muebles a Sigena, ha comenzado bien de madrugada -como
inspirados por el polémico Pep Guardiola, el del lazo amarillo- y aún era
demasiado oscuro cuando unos guardia civiles poco lorquianos han entrado en el
museo de Lleida. Una nocturnidad que no asociaré a la concreción del todo
poderoso artículo 155 ya que -dicen- no ha sido así, porque la operación venía
avalada por la justicia con diligencia y mucha prisa para envolver los
pedruscos y las piezas diversas que había que cargar al camión de la mudanza.
Mucho trabajo precipitado y alguna negligencia que se ha verificado, hecho el
recuento, dada la falta de una obra que habrá que pintar al óleo.
Contemplando el
espectáculo mediático desde el prisma de la política puede haber sido una
inoportunidad cargada de posibles efectos electorales. La inmediatez urgente
sin freno de la que hemos sido testigos podría resultar poco rentable para los
que la han propiciado. Habrá que ver si se confirma. De la polémica ha
trascendido que se negaron a cargar al camión al actual alcalde de Lleida, una
prenda no considerada aval suficiente para garantizar la recuperación del lote
artístico entero.
Desconozco los
pormenores legales que han supuesto el retorno de unas obras que habían sido
compradas por la Generalidad de Cataluña -con papeles que ahora resultan mojados-
a unas monjas. Soy de los que creen que donde mejor vive y arraiga un árbol es
en los márgenes que lo han visto nacer, pero la maniobra de hoy, por el
contexto donde arraigaba, no parece del todo ecológica. A los ojos del momento
-volviendo al ombligo catalán de la actualidad- la operación tiene algo suspicaz
y deviene poco acertada por la excepcionalidad política cargada de matices y de
recelos en plena cita electoral.
Me pasa por la
cabeza cuando en las masías catalanas se cambiaban las majestuosas mesas de
nogal por las modernas y funcionales de formica
o de cuando el botín de las sacristías, ya despojadas de santos, había que
negociarlo en los anticuarios de la capital y, a menudo, los retorcidos ángeles
barrocos de los retablos ya habían levantado el vuelo emprendiendo insólitas
evasiones transatlánticas.
Volviendo a la
cosa internacional y al gran Trump la atmósfera prenavideña no indulta el pavo
de la Casa Blanca ni el alto porcentaje de niños y civiles víctimas de las
bombas de racimo. El general Trump también se desdice del compromiso de vetar
este armamento. Artefactos preñados de pequeñas bolas explosivas que años
después de haber caído continúan siendo destructivas, como cuando unas
criaturas las recogen para jugar con ellas. ¡Que los reyes magos del oriente -y
del occidente- no trajinen juguetes bélicos!
Remataré la
rezagada crónica prenavideña dándole apoyo -hay que ser objetivos- reconociendo
la audacia del emérito sheriff de
Montana, Donald Trump. Quiere pisar Marte entre enero de 2021 y enero de 2025.
Vista la precisión en el tiempo, que en el espacio está por ver, debería
acelerar en el supuesto de que no gane la reelección. Se trata de cumplir una
de las promesas electorales que puede enlazar de paso con la campaña
catalana.
Reconquistada
Flandes, sitiada Bruselas y agotado el chocolate fino belga -una complicidad repostera
en honor al presidente Puigdemont- propongo incorporar un convenio con el
astronauta Trump para que los catalanes dejemos de vagar por el espacio sideral
y nos establezcamos en Marte.
¡Meditémoslo,
terrícolas!
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