domingo, 19 de febrero de 2017

Por un sistema penitenciario privado.



"La justicia es igual para todos". ¡Qué gran sentencia para la ecuanimidad! Puede tener matices y diferentes grados de percepción si es que nos han pillado y hemos caído en sus redes -¡que Dios no lo permita! -. La justicia dibujada con una venda en los ojos es un icono universalmente reconocido pero creo que poco apropiado, propongo abrirle de par en par el campo visual para que mantenga los ojos bien despiertos, si es necesario con gafas gruesas de ver de cerca o con una buena lupa para los cortos de vista judiciales. Concedámosle, sin embargo, la presunción de inocencia -o de verdad- y proclamemos que la justicia es igual para todos, un deseo o una aspiración, decía, cargada de matices y de percepciones. 

Con "Hacienda somos todos" acontece algo similar. La grandilocuencia del eslogan a menudo se ha de acotar. En cuanto a la hucha pública, la hacienda estatal, tampoco parece cosa de todos -¡todos!- cuando el cerdito de fango comunal se comporta con remilgos según en qué fortunas pasta. Si hacemos caso a la juez Alaya "en España la justicia no es igual para todos". Yo no voy a juzgar ni a criticar las sentencias porque estoy seguro de que tenemos la mejor, la más independiente y la más justa de las justicias que se hacen y deshacen bajo la cúpula de las judicaturas. Así lo quiero creer. 

Hecha la introducción, vigente tras la sentencia de la Audiencia de Palma respecto del caso en el cual se han visto implicados el yerno del rey y una Infanta descabalgada de la familia real reflexionaré sobre el fondo de la cuestión que pienso debe ser otro. Me centraré en cómo debemos gestionar los almacenes de delincuentes, también llamados centros penitenciarios o cárceles. Dado que la justicia funciona y es igual para todos, debemos prever un alud considerable e inminente de sentencias que se resolverán en penas de prisión. Los casos Gürtel y el Nóos anticipan la tendencia de la nueva temporada de primavera. Si al incremento de las ratios a galeras añadimos la naturaleza de los protagonistas tenemos un problema. Si hemos de escolarizar por la vía penal a los reclusos para devolverlos a la sociedad transformados en personas de provecho y rehabilitadas, debemos disponer de un sistema penitenciario a la altura, asumible, modélico y, sobre todo, sin recortes.

Por estas razones me anticiparé y proclamo que no me gustarán los presuntos titulares de la prensa denunciando los barracones penitenciarios construidos a toda prisa que deberán acoger a estos huéspedes. Seamos previsores y planifiquemos con cuidado y eficiencia. La avalancha de invitados previsible, por otra parte, no es moco de pavo. Se trata de personajes conocidos -nada que ver con el robagallinas del Lute- que tienen prestigio político, social o económico. Fotogénicas caras de telediario, devotos de la corrupción endémica a gran escala, que han disfrutado de una posición en la vida. Esto conlleva que estos intermitentes habitantes de las cárceles -a menudo a tiempo parcial y breve- sean especiales y tengan que sufrir un trato más selecto, de acuerdo con su estatus. 

Deberemos plantearnos la posibilidad de habilitar mazmorras exclusivas para personas importantes. Se trataría de tener el gremio del hampa clasificado y ordenado para que no se mezclen el lumpen de alpargata y chándal con la tribu delincuente del guante blanco y del cuello duro. Seamos metódicos y primorosos. Centros específicos donde el acceso venga condicionado por determinados requisitos, como una nota de corte que seleccione por la magnitud de la fortuna sustraída y otorgue méritos para residir en un complejo o en otro. Una medida de higiene social penitenciaria que separará atendiendo a unas exigencias bien definidas y reguladas.

Centros que también podrían pertenecer a una titularidad privada y de pago, como una especie de internado refinado, que conllevarían unas cuotas para servicios extrapenitenciarios con aportaciones voluntarias a fundaciones que desgraven en la declaración de la renta. Se conjugan la redención de la pena con una aportación a la hacienda pública, que en su momento se desvalijó. Un desagravio sin humillar a las personas internas, al contrario, que se podrían sentir orgullosas y honorables debido a la generosidad desinteresada. Ya sé que se me podrá acusar de clasista y de atentar contra la equidad, pero nos ahorraríamos mucho dinero sino es que los responsables de prisiones no se inventan los establecimientos concertados, en los que la rehabilitación también correría a cargo del estado. Se deberá estudiar, negociarlo con los agentes sociales y con la red empresarial implicada. 

Ya imagino la cárcel Modelo de Barcelona, ​​después de un lavado de cara y unos apéndices modernistas, convertida en un referente turístico más y en un campus para penitentes perfumados y con mucha brillantina. ¡Modélicos!

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