viernes, 25 de noviembre de 2016

Rita



Mentar a los muertos de cuerpo presente es delicado. Ya he comentado en alguna ocasión que así que te mueres te santifican aunque te hayan crucificado cuando te querían jubilar. En el caso de Rita se saltaron el paso de la beatificación previa cuando estaban a tiempo y, ahora, el proceso de subida a los altares repentino chirría porque los milagros aducidos pueden ser polémicos. Una cuestión de fe en la que no creen aquellos que se ausentaron de la procesión sin aguantar la vela durante un minuto de silencio que ayer le dedicó el Congreso. Los minutos de silencio vienen a ser como los rosarios del velatorio a los difuntos en los rituales laicos o políticos.

En el camino de sufrimiento hacia la santificación asistimos al calvario de Rita ascendiendo extenuada y cargada con una cruz hacia el gallinero -la capilla más cimera- del Senado en una premonitoria acción penitente dadas la edad y el calibre de la senadora apestada. Toda una prueba de dolor para un retablo de negación y rechazo que los profetas del día siguiente ya vaticinaron.
¡Reposa en paz, Rita! 
 
Todavía estaba caliente el cuerpo cuando los diligentes sheriffs ya colgaron los pasquines con la recompensa política en busca de los culpables. ¿Quién ha matado a Rita, la fallera mayor de la faraónica Valencia? Entre todos la mataron y ella sola se murió –así reza el apropiado refrán-. Me pongo en su piel para comprender cómo se podía sentir después que el partido la expulsara. A ella, que había sido la muy todopoderosa Rita de las mayorías absolutas que aupaba a presidentes de gobierno y decidía -como alguien ha recordado- si las palomas y las gaviotas levantaban el vuelo en la orilla derecha del Turia o no. 
                
El deceso ha levantado una polvareda formidable. Por el hecho en si mismo, por las reacciones y por las consecuencias de todo tipo -si es que las hay-. No es estético atribuir culpabilidades durante los funerales, tampoco lo es esconder la cabeza debajo del ala. No queda demasiado bien que un ministro en activo se desplace al lugar de los hechos entre el cadáver y sus pertenencias o que un presidente del gobierno reconozca conversaciones con la inculpada antes de comparecer ante el gran tribunal. Imagino a Rita soltándole aquello de "en verdad te digo que esta misma noche, antes que el gallo cante, me negarás tres veces, Mariano".

Entiendo a la familia espantando a los carroñeros de la oportunidad. Comprendo que no dejen posarse a los buitres renegados que estos días sobrevuelan el féretro en círculos mediáticos para justificarse. Dicen que Mariano, el presidente consolidado del gobierno, ha asistido al funeral descalzo arrastrando una pesada cadena sujeta a los tobillos en un acto de contrición y desagravio. Es posible que yo vaya descaminado, pero -coincidiendo con un buen analista y amigo- el PP y Rajoy se ahorrarán tres presuntos momentos muy dolorosos: 1.El juicio. 2.La condena y ... 3.¡El indulto! Estando de acuerdo con el fino analista, este último paso ineludible, el del perdón, habría resultado del todo incomprensible para una parte de los ciudadanos que creen en la ley. ¡Cuántos favores le debe Mariano -y el PP- a la oportuna Rita! 

Permanecerá el escorzo de mujer mediterránea excesiva. De Rita Hayworth entre el arreciar de levantes furiosos y una mascletá sacudiendo el balcón del Ayuntamiento todo a golpes de pechuga con la melena al viento en una cuadriga futurista conducida por el presidente Camps y ella de copiloto. La de la devota genuflexión venerando un Pontífice. Desbordante como el río y como su legado faraónico -y endeudado-. También perdurará, sin embargo, la Rita nada afortunada mofándose con rechifla desde el balcón de sus detractores, y de las víctimas del metro. 

Se enterrará a la excelsa Rita con la voluntad de no avivar procesos judiciales ya que -de impulsarlos- se percibirían como una desacralización de la santidad. De ahí el interés del PP en santificar -aunque tarde- quien ostentó durante décadas la alcaldía de la ciudad. En el argumento, la consigna para transformar un simple gesto en algo sensible y muy eficaz, y tan breve como un minuto contado de reloj. Una anécdota que quiere tapar el problema real. ¿Cuál será el legado y qué consecuencias tendrá? No lo sabemos, pero por ahora lo más importante es pasar lista a los ausentes y transformar esta anécdota en implacable principio fundamental de justicia poética. La divina, la humana y la judicial transitan por vías diferentes y deberían hacer su curso, cada una con sus procedimientos.

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