Prudencia y discreción. Nunca se
sabe quién pone la oreja y te puede delatar. Se han dado casos en los que quien
más atiza las brasas es el primero en denunciar. ¡Cuidado! Tú calla y escucha, muchacho.
No te fíes de nadie. Ten cuidado, pasa inadvertido. No levantes el dedo, no sea
que te lo corten. Vigila, recela, no te despistes. Abre bien los ojos y
responde con claridad y no te líes. Tampoco levantes la voz ni les mires a los
ojos, sé sumiso. No te acerques, huye de ellos. No contestes a menos que te pregunten.
No corras, no hagas que se fijen, camina como quien pasea. Saluda sin excesos. Aparenta
que no te puedes detener. Créete ajetreado y sin rarezas que no sean reseguir
la línea gris de la subsistencia sin aspiraciones. No eres nadie o eres uno
más. Nunca se sabe con quién hablas.
Tan arriesgado
y temerario es predecir el mañana como pretender resucitar el ayer. Arrancar el
pasado para enraizarlo en el presente es un ejercicio de ciencia ficción.
Aunque los días se lo comporten más en noviembre, un mes un poco feo. Otoño es
tiempo de áspera melancolía, de hacer recuento. De repasar lo que nos ha
aportado de nuevo el año caduco que se está marchitando en los calendarios. El
ciclo vital rodando incansable, algo pesado y oscuro. Pendientes que las luces navideñas
nos rediman de los días más duros del año. Si no fuera por navidad y por lo que
comporta las personas hibernaríamos como acostumbran los osos y otros mamíferos
sabios con un apaga y vámonos hasta la primavera.
Largas colas de un pueblo
huérfano del director de orquesta. El eufemismo, la forma de emplazar una
sinfonía póstuma para un funeral que reúne largas colas de nunca acabar. Una
multitud llorosa, desamparada, disciplinada y no resignada. Los hombres
excepcionales también mueren y Dios los acoge. Se celebran muchos oficios
religiosos con lo más granado de la cúpula eclesial, mucha cera ardiendo. En la
calle se mezclan el perfume del incienso con cierta olor a pólvora y a sangre.
La cola avanza lentamente. La historia ya habla. Días de luto. ¿Y ahora qué?
Desconozco si
los filósofos de los calendarios en confabulación con los historiadores se han
dedicado a estudiar por qué determinados hechos acontecen en estaciones
concretas del año. Sin profundizar me atrevería a afirmar que las cosas
optimistas y floridas tienen mayoritariamente el coto en la primavera o durante
el verano, cuando la calor nos hace perder el pudor y la epidermis es una
bandera vital ostentosa. Ondean y se resuelven las pasiones en cualquier rincón
adecuado para la transgresión. No sucede así, siguiendo el presunto hilo
argumental, en otoño y menos aún en invierno, una etapa del año despiadada que
nos convierte en firmes espectadores del fulgor ante la lumbre.
Días de desamparo. También de
recelo. De recuento incierto porque los enemigos también asisten a los
funerales. Lobos con piel de oveja pérfida que van a contemplarlo para estar
seguros, que el cadáver no se levantará en revancha cruel y sin piedad
afrentándolos delante de todos. Allí de cuerpo presente, expuesto, el director
–el eufemismo predilecto- mientras una banda de metal y percusión interpreta
sin solfa melodías para una resurrección. ¿Y ahora qué?
Embelesados
en la incandescencia juguetona de las llamas en una chimenea nos dejamos
mecer bajo el hechizo imprevisible de unos troncos que se van consumiendo.
Siempre más de uno porque al fuego le sucede como en el amor, se necesitan por
lo menos dos leños -o dos cuerpos- para que emerja una llamarada vital. ¿Habéis
intentado una hoguera con un único tronco? No es lo mismo. Contemplando el
poder purificador y devastador del fuego lo asocio al efecto demoledor del paso
del tiempo que nos chamusca el envoltorio. No así la memoria.
“He perdido la personalidad. No
soy más que un número. Soy el número, ni más ni menos. Este número es mi
nombre. Por él seré clasificado. Por él seré puesto en una barraca. Cuando se
me buscará, no preguntarán por mi nombre, sino por el número y basta. Cuando
querré ir a las oficinas del campo, tendré que llevar esta tarjeta minúscula
que me servirá como cédula personal. Es una tarjeta de cartulina fina, blanca,
y el número está marcado con caracteres grandes y negros. Todos tenemos una. Nos
la han dado al entrar en el campo, después de registrarnos... Un compañero
había perdido lo que se llama la chaveta. Esta arena y este sol han causado
muchos estragos ... Cogió sus dos maletas y, endomingado de pies a cabeza, se
despidió de todos los compañeros de barraca, diciéndoles: «Me voy a México» . Y
empezó a caminar hacia el mar. Cuando estaba al pie del agua, sin detenerse ni ladearse
lo más mínimo, continuó. Todo el mundo gritaba: «¿Dónde vas?», Y él repetía
cada vez: «¡A México! ¡A México!» Estaba atacado de locura". (Diario de un exiliado).
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