domingo, 30 de octubre de 2016

Raskayú, cuando mueras ¿qué harás tú?



 (Bonet de San Pedro)

He salido de la ciudad  trampeando atascos terrenales para llegar temprano y tener todo listo habiendo recogido las flores con destino al cementerio para el día de la fiesta mayor de los difuntos, Todos los Santos. Porque muchos tenemos en los pueblos a la saga en una urbanización funcional y comprimida. Hay que limpiar las lápidas de los nichos, quitar las telarañas, el polvo y los ramos marchitos del otoño. Por fortuna existe a disposición una escalera con plataforma que distrae el vértigo al más allá. Con cuidado practicaremos la profilaxis a la vez que sacudimos el olvido para rehacer el brillo y la memoria. A veces cuesta fijar lo que se compartió con aquellos a quienes traes las flores. Una sensación que nos invade cuando queremos volver a reconstruir la niñez dibujada con lejanas pinceladas leves y demasiado veladas.

Justo en una piedra esculpida del muro en la puerta del cementerio en Sant Pau de Segúries hay una calavera torpe tirando a abstracta con la siguiente inscripción: "yo era como tú y tú serás como yo". Irónico e ingenioso. Irreverente declinación del verbo ser si se prefiere. Una profecía muy cierta que alerta a los recién llegados de la eternidad implacable. Un aviso sin moral ni penitencia que el maestro de obras socarrón se permitió. Seguro que aquel profeta ha probado de su medicina. ¡Descansa en paz, artista!

Más que rezar se trata de revivir el momento con afecto -Os echamos de menos -les he susurrado a todos. Y he recordado lo que decía el abuelo -Hay una edad en la que conoces más dentro que fuera -él solía dar un paseo pare visitar a los que ya no están, los ausentes en las mesas del café a la hora de la partida y de la tertulia. Ahora debe jugar a cartas contra los arcángeles y los arcanos de la muerte sin ningún as en la manga.

Por Todos los Santos, en los camposantos, coincides con gente que no veías desde hace eternidades. Obviamente ya no los difuntos, sino aquellos que los honran. Los padres de un joven que murió en un accidente de coche estacionados en el peaje que los dioses de la prisa reclaman. ¡Que San Cristóbal nos auxilie! Las (ex) viudas demasiado jóvenes -ahora con un nuevo compañero resignado y prevenido-. Me he preguntado si las malas relaciones, ya que reposan tan cercanas, también continúan en los cementerios. Tal vez, en el más allá, se han reconciliado aquellos hermanos de sangre que tanto se odiaron e ignoraron en vida. La consideración civil de los aldeanos desfila delante de las tumbas sembrando la incertidumbre con ramos de flores, algunas de plástico eterno, como el anhelo de una vida cierta en el más allá que confiera sentido al ahora y al aquí. ¡Roguemos!

Y a medida que nos acercamos -si es que llegamos cuando nos corresponda y no antes- creo que con la jubilación nos beatifican y que con el entierro nos santifican. ¡Amen! Aunque a los sepelios también asistan los enemigos más mezquinos, los que quieren comprobar con certeza que no resucitaremos. ¿Y si no existiera nada? Ya que tanta incertidumbre espeluznante me abruma, a menudo y sin ninguna voluntad manifiesta de practicar un sarcasmo negro, me decanto por la reencarnación -una opción metafísica de las más afortunadas-. Reencarnado en el perro de un heredero de buena familia en el pueblo. Bien tratado, peinado de peluquería canina, a dieta permanente, con cita previa al veterinario ... Un chucho que sea la envidia de todos los deprimidos de la comarca.

Sin embargo, como que por ahora no hay respuesta cierta, quiero aferrarme a lo más plausible. El cielo tiene que ser, por fuerza, los pensamientos, las flores, los rituales, cada vez que recitas al modo budista aquello de "en gloria esté" o que "dios te tenga en su gloria". El cielo es la capacidad de hacer presente una ausencia. Ya que a la nada descarnada se la conjura con el gesto cómplice, con el aliento de la memoria. Y allí donde sea que reposan los que nos querían y estimamos, deben sentir un soplo cálido y el calor de la gratitud. Seguramente, y sólo de esta manera, podemos pagar la penitencia de los silencios, aquello que no les dijimos cuando podíamos.
¡Os quiero!

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