La Barcelona extemporánea
vuelve a latir al compás de un pasodoble torero. En el laberinto un Minotauro
lorquiano se refleja en el Rec Comtal embistiendo la luna menguante rebozada de
plata y pavor dorado. Los clarines arañan un manto de agua y los gatos maúllan.
La Barcelona torera ha muerto y está de luto a pesar de que los jueces del
Tribunal Constitucional gocen de entrada preferente de sombra en la barrera con
un agradecido -¡Va por vosotros ustedes!
Una sesión a porta gayola para
nostálgicos con dedicatoria.
Me invitaron y asistí -lo
confieso mezclando pudor y culpabilidad- al funeral que se celebró un domingo
de septiembre de 2011. Se había aplicado la eutanasia a un enfermo terminal y
el eco mesetario era ensordecedor. Al sepelio había acudido lo más granado del
gremio. Oficiaba el cardenal de la tauromaquia, José Tomás, con los acólitos
Juan Mora y Serafín Marín. Un cartel diseñado por el pintor Miquel Barceló con
toros de la ganadería de El Pilar. El
coso barcelonés recuperaba -justo el día que cerraba la puerta grande- las
numerosas y gloriosas tardes de cuando Manolete se las tenía con legendarias
bestias cornudas. Destacan los años de inmediata posguerra en los que había
bofetadas para presenciar los duelos contra el mexicano Carlos Arruza y los
Miura. Muerto Manolete, se avivaron las brasas con un cartel reiterado y
taquillero, el empresario Balañá propició los embates mano a mano entre Chamaco
y Joaquín Bernardó, el torero de Santa Coloma de Gramenet al que Pasqual
Maragall impuso la medalla al mérito artístico en 1988.
En la última feria de la
Merced, en 2011, el mundo mediático y la farándula taurófila con la afición
entendida -mayoritariamente importada y selecta- llenó la Monumental, a
rebosar. Una especie de duelo festivo y torero envolviendo la tarde con
nostalgia y resignación beligerantes. Se trataba de reivindicar una tradición
taurina que ya estaba en el limbo desde que las tardes de toros catalanas se habían
convertido en citas para turistas con reses de saldo y toreros de pandereta.
Público curioso que desertaba después de un par de fotografías morbosas salpicadas
con sangre. ¡Qué salvajada más cruel! Se repetía el fotogénico gesto de horror
de Ava Gadner mientras Mario Cabré -el tío carnal de Mario Gas- exponía la
asimétrica y empaquetada hombría. Nada que ver con la conmoción peluda
propiciada por los Beatles o los Rolling cuando, en las postrimerías del
franquismo, la arena todavía exhalaba cierto olor evaporado a sangre
fresca.
A esa última ceremonia
ritual, algo misa torera, se percibían más las campanadas a muerte que los
pasodobles letales. Apagados los trajes de luces se encendieron los grillos,
las farolas y la noche. Un tarde histórica de despedida en la cual los fieles
abastecieron los relicarios con la arena de la plaza. Quintales de arena
embotellada en botellas de agua vacías convertidos en milagrosa roca detrítica
que preside los altares de la devota melancolía para curar -dicen- las
hemorragias sin etiología clara.
Intentar que una criatura
del siglo XXI, atacada por la pandemia estacional de los "por qué", comprenda
la liturgia del toro es tan impensable como razonar los dogmas sagrados. ¿Por
qué? Es un reto pedagógico que no se sostiene así que en la eucaristía taurina
se derrama la sangre de un animal inocente. Objetivamente es un espectáculo
duro de ver, una tortura imposible de asimilar -y más aún de justificar- aunque
la amparen la tradición, diversas disciplinas artísticas y, últimamente, el TC
apelando al supuesto interés cultural de España toda. Definitivamente los toros
son -o deberán ser- una página de la historia que en su momento ilustró Goya o
Picasso. Materia poética lorquiana con una pretensión imposible, criar toros de
ojos azules y cornamenta de nácar. Las elegías, en Barcelona -y Cataluña-, ya
han rimado funeral con monumental.
En la semana del donaire,
tronío y salero con que ha salpimentado el Constitucional el asunto hay que
añadir -al paseíllo- la aparición fantasmal de un picador vestido de gris plomo
en la plaza del Born. Un daliniano jinete decapitado que ha sido abucheado y
vejado hasta que el toro de la ira popular le ha descabalgado. Una afrenta mal
resuelta con la memoria excesivamente cercana y con demasiadas cuentas
pendientes.
La última hora del
vigente Ruedo Ibérico valleinclanesco
tiene hoy una cita importante. Los telediarios de la tarde abrirán con las
notas del pasodoble Amparito Roca
-una composición del barcelonés Jaume Teixidor del 1925- cuando Moreno de Compostela se las haya habido
con la Niña de las Peinetas y un
debutante, Riverita del Llobregat, a
las cinco en punto. Un cartel de lujo para una jornada gloriosa.
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