domingo, 23 de octubre de 2016

Tauromaquias



La Barcelona extemporánea vuelve a latir al compás de un pasodoble torero. En el laberinto un Minotauro lorquiano se refleja en el Rec Comtal embistiendo la luna menguante rebozada de plata y pavor dorado. Los clarines arañan un manto de agua y los gatos maúllan. La Barcelona torera ha muerto y está de luto a pesar de que los jueces del Tribunal Constitucional gocen de entrada preferente de sombra en la barrera con un agradecido -¡Va por vosotros ustedes! Una sesión a porta gayola para nostálgicos con dedicatoria. 

Me invitaron y asistí -lo confieso mezclando pudor y culpabilidad- al funeral que se celebró un domingo de septiembre de 2011. Se había aplicado la eutanasia a un enfermo terminal y el eco mesetario era ensordecedor. Al sepelio había acudido lo más granado del gremio. Oficiaba el cardenal de la tauromaquia, José Tomás, con los acólitos Juan Mora y Serafín Marín. Un cartel diseñado por el pintor Miquel Barceló con toros de la ganadería de El Pilar. El coso barcelonés recuperaba -justo el día que cerraba la puerta grande- las numerosas y gloriosas tardes de cuando Manolete se las tenía con legendarias bestias cornudas. Destacan los años de inmediata posguerra en los que había bofetadas para presenciar los duelos contra el mexicano Carlos Arruza y los Miura. Muerto Manolete, se avivaron las brasas con un cartel reiterado y taquillero, el empresario Balañá propició los embates mano a mano entre Chamaco y Joaquín Bernardó, el torero de Santa Coloma de Gramenet al que Pasqual Maragall impuso la medalla al mérito artístico en 1988. 

En la última feria de la Merced, en 2011, el mundo mediático y la farándula taurófila con la afición entendida -mayoritariamente importada y selecta- llenó la Monumental, a rebosar. Una especie de duelo festivo y torero envolviendo la tarde con nostalgia y resignación beligerantes. Se trataba de reivindicar una tradición taurina que ya estaba en el limbo desde que las tardes de toros catalanas se habían convertido en citas para turistas con reses de saldo y toreros de pandereta. Público curioso que desertaba después de un par de fotografías morbosas salpicadas con sangre. ¡Qué salvajada más cruel! Se repetía el fotogénico gesto de horror de Ava Gadner mientras Mario Cabré -el tío carnal de Mario Gas- exponía la asimétrica y empaquetada hombría. Nada que ver con la conmoción peluda propiciada por los Beatles o los Rolling cuando, en las postrimerías del franquismo, la arena todavía exhalaba cierto olor evaporado a sangre fresca. 

A esa última ceremonia ritual, algo misa torera, se percibían más las campanadas a muerte que los pasodobles letales. Apagados los trajes de luces se encendieron los grillos, las farolas y la noche. Un tarde histórica de despedida en la cual los fieles abastecieron los relicarios con la arena de la plaza. Quintales de arena embotellada en botellas de agua vacías convertidos en milagrosa roca detrítica que preside los altares de la devota melancolía para curar -dicen- las hemorragias sin etiología clara. 

Intentar que una criatura del siglo XXI, atacada por la pandemia estacional de los "por qué", comprenda la liturgia del toro es tan impensable como razonar los dogmas sagrados. ¿Por qué? Es un reto pedagógico que no se sostiene así que en la eucaristía taurina se derrama la sangre de un animal inocente. Objetivamente es un espectáculo duro de ver, una tortura imposible de asimilar -y más aún de justificar- aunque la amparen la tradición, diversas disciplinas artísticas y, últimamente, el TC apelando al supuesto interés cultural de España toda. Definitivamente los toros son -o deberán ser- una página de la historia que en su momento ilustró Goya o Picasso. Materia poética lorquiana con una pretensión imposible, criar toros de ojos azules y cornamenta de nácar. Las elegías, en Barcelona -y Cataluña-, ya han rimado funeral con monumental. 

En la semana del donaire, tronío y salero con que ha salpimentado el Constitucional el asunto hay que añadir -al paseíllo- la aparición fantasmal de un picador vestido de gris plomo en la plaza del Born. Un daliniano jinete decapitado que ha sido abucheado y vejado hasta que el toro de la ira popular le ha descabalgado. Una afrenta mal resuelta con la memoria excesivamente cercana y con demasiadas cuentas pendientes. 

La última hora del vigente Ruedo Ibérico valleinclanesco tiene hoy una cita importante. Los telediarios de la tarde abrirán con las notas del pasodoble Amparito Roca -una composición del barcelonés Jaume Teixidor del 1925- cuando Moreno de Compostela se las haya habido con la Niña de las Peinetas y un debutante, Riverita del Llobregat, a las cinco en punto. Un cartel de lujo para una jornada gloriosa.

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