Descubrí que era la hora en la cual los planetas
se alineaban montando en un autobús urbano porque el conductor escuchaba, con
moderación y relativa discreción, la radio -¿Cómo van? -Dudó un viajero con el
abono en la mano –¡Empatan a cero! En Francia la selección de fútbol española
se las había con los checos. Un trayecto agónico, futbolísticamente hablando, hasta
que Gerard Piqué e Iniesta liberaron a España. La selección a pocos minutos para
el final ganaba y se clasificaba con un gol incontestable
del catalán Piqué. A veces las cosas de las pelotas tienen también su justicia
poética basada en la metafísica de los cuerpos esféricos que ruedan. ¡El fútbol
es asín!
Una tarde afortunada para una afición satisfecha
que habría redondeado la felicidad si la autoría del gol la hubiera resuelto
otra cabeza. Piqué, un profesional del fútbol y de la provocación -a veces arrogante-
ayer remachó el clavo con un acierto a golpes de flequillo propiciado por Iniesta.
Se aliaron la prudencia y la discreción del chico de la meseta -de flequillo menguante-
con el arrebato irritante del de Barcelona, Gerard Piqué y Bernabeu. La
polémica estaba servida en la diversidad de lecturas que se vertían en los
medios y en las redes sociales. Es posible que yo no esté demasiado al caso de
las crónicas deportivas, pero me parece que Piqué se ahorró ese gesto tan feo
que algunos futbolistas practican cuando aciertan y quieren imponer silencio
acallando a los voceras de la grada.
¡Fútbol! El deporte rey aspirando a reconvertirse
en espectáculo, en el bálsamo y en el escaparate de la tensa normalidad que
azota Francia -y Europa-. En las manifestaciones sindicales, en las amenazas
terroristas, en el atentado yihadista
en el que anoche un asesino ha matado a una pareja de policías en su casa ante
el hijo... el campeonato de fútbol tampoco destila demasiadas esencias
tranquilizadoras. La imagen de las trifulcas entre aficiones transforma el
evento en una competición de energúmenos. Vergüenza y tristeza combinadas con
cerveza y espirituosos a partes iguales. Un cóctel a base de guantazos servido
demasiado caliente en la dársena marsellesa mientras la fraternidad tambalea.
Un ejército avanzado de hooligans
ingleses explicitando la determinación de salir de la Unión Europea zurrándose con
los cosacos de Putin en un embate de guerrilla portuaria.
La cara oscura de los planetas también se había
alineado durante la noche en Orlando en una matanza terrible en una discoteca.
El horror, el asco y el miedo rentabilizados por un personaje que aspira a ser
el emperador de la globalidad, el candidato republicano a presidente Donald
Trump.
En esta orilla del Manzanares, lejos de Miami, de
Washington y de los barrios temerarios de Marsella, los candidatos a la segunda
vuelta de unas generales revueltas y mal resueltas se batían a primera sangre
en un debate a cuatro. Una liguilla de verano, como las de pretemporada, donde
se prueban las combinaciones, se ensayan las estrategias menos sensatas y se
suelta alguna patada impune bajo la mirada miope de los moderadores. Todo acontecía
el lunes trece. El gol de Piqué y el campeonato que no podrá decidir por
goleada otra mayoría absoluta. La expectación, sin embargo, no superó la de las
evoluciones de los discípulos del entrenador Del Bosque que contaba con el
ingrediente intrigante de qué portero detendrá el avance checo y mediático.
Aburrido. Reiterativo. Estático. Sin sorpresas. Sin
respuestas. Mensajes y eslóganes de mitin pronunciados sin aspereza. Pocos
momentos para la historia de los debates televisivos. La Academia no encuentra
el punto ni el formato. Tampoco el escenario amparaba un prodigio de diseño. Si
el debate a cuatro manos nos había de despertar las ansias por ir a votar y
desvelar las dudas, si tenía que fomentar la participación y decantar a los
indecisos, mucho me temo que las expectativas no han sido alcanzadas.
A pesar del desconcierto ante la corrupción, el
punto más vulnerable que vuelve estrábico a Mariano, el presidente en funciones
salió ileso, con los mínimos moratones y con suficiente habilidad para acusar
de inquisidores a los oponentes cuando se ha gobernado desde una abrumadora
mayoría absoluta. En un paralelismo con el gol de Piqué el orteguiano problema catalán llegó casi al final del
partido, en tiempo añadido y antes de que los penaltis tampoco decidieran -en
caliente y en el campo de juego- quién se llevará la copa el próximo 26-J. Yo
diría que el gol nos lo marcaron a la audiencia.
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