martes, 14 de junio de 2016

Un gol a la audiencia.



Descubrí que era la hora en la cual los planetas se alineaban montando en un autobús urbano porque el conductor escuchaba, con moderación y relativa discreción, la radio -¿Cómo van? -Dudó un viajero con el abono en la mano –¡Empatan a cero! En Francia la selección de fútbol española se las había con los checos. Un trayecto agónico, futbolísticamente hablando, hasta que Gerard Piqué e Iniesta liberaron a España. La selección a pocos minutos para el final ganaba y se clasificaba con un gol incontestable del catalán Piqué. A veces las cosas de las pelotas tienen también su justicia poética basada en la metafísica de los cuerpos esféricos que ruedan. ¡El fútbol es asín

Una tarde afortunada para una afición satisfecha que habría redondeado la felicidad si la autoría del gol la hubiera resuelto otra cabeza. Piqué, un profesional del fútbol y de la provocación -a veces arrogante- ayer remachó el clavo con un acierto a golpes de flequillo propiciado por Iniesta. Se aliaron la prudencia y la discreción del chico de la meseta -de flequillo menguante- con el arrebato irritante del de Barcelona, ​​Gerard Piqué y Bernabeu. La polémica estaba servida en la diversidad de lecturas que se vertían en los medios y en las redes sociales. Es posible que yo no esté demasiado al caso de las crónicas deportivas, pero me parece que Piqué se ahorró ese gesto tan feo que algunos futbolistas practican cuando aciertan y quieren imponer silencio acallando a los voceras de la grada.

¡Fútbol! El deporte rey aspirando a reconvertirse en espectáculo, en el bálsamo y en el escaparate de la tensa normalidad que azota Francia -y Europa-. En las manifestaciones sindicales, en las amenazas terroristas, en el atentado yihadista en el que anoche un asesino ha matado a una pareja de policías en su casa ante el hijo... el campeonato de fútbol tampoco destila demasiadas esencias tranquilizadoras. La imagen de las trifulcas entre aficiones transforma el evento en una competición de energúmenos. Vergüenza y tristeza combinadas con cerveza y espirituosos a partes iguales. Un cóctel a base de guantazos servido demasiado caliente en la dársena marsellesa mientras la fraternidad tambalea. Un ejército avanzado de hooligans ingleses explicitando la determinación de salir de la Unión Europea zurrándose con los cosacos de Putin en un embate de guerrilla portuaria.

La cara oscura de los planetas también se había alineado durante la noche en Orlando en una matanza terrible en una discoteca. El horror, el asco y el miedo rentabilizados por un personaje que aspira a ser el emperador de la globalidad, el candidato republicano a presidente Donald Trump. 

En esta orilla del Manzanares, lejos de Miami, de Washington y de los barrios temerarios de Marsella, los candidatos a la segunda vuelta de unas generales revueltas y mal resueltas se batían a primera sangre en un debate a cuatro. Una liguilla de verano, como las de pretemporada, donde se prueban las combinaciones, se ensayan las estrategias menos sensatas y se suelta alguna patada impune bajo la mirada miope de los moderadores. Todo acontecía el lunes trece. El gol de Piqué y el campeonato que no podrá decidir por goleada otra mayoría absoluta. La expectación, sin embargo, no superó la de las evoluciones de los discípulos del entrenador Del Bosque que contaba con el ingrediente intrigante de qué portero detendrá el avance checo y mediático. 

Aburrido. Reiterativo. Estático. Sin sorpresas. Sin respuestas. Mensajes y eslóganes de mitin pronunciados sin aspereza. Pocos momentos para la historia de los debates televisivos. La Academia no encuentra el punto ni el formato. Tampoco el escenario amparaba un prodigio de diseño. Si el debate a cuatro manos nos había de despertar las ansias por ir a votar y desvelar las dudas, si tenía que fomentar la participación y decantar a los indecisos, mucho me temo que las expectativas no han sido alcanzadas.

A pesar del desconcierto ante la corrupción, el punto más vulnerable que vuelve estrábico a Mariano, el presidente en funciones salió ileso, con los mínimos moratones y con suficiente habilidad para acusar de inquisidores a los oponentes cuando se ha gobernado desde una abrumadora mayoría absoluta. En un paralelismo con el gol de Piqué el orteguiano problema catalán llegó casi al final del partido, en tiempo añadido y antes de que los penaltis tampoco decidieran -en caliente y en el campo de juego- quién se llevará la copa el próximo 26-J. Yo diría que el gol nos lo marcaron a la audiencia.

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