sábado, 4 de junio de 2016

In memoriam de Muhammad Cassius Ali Clay y de Rodolfo Rodríguez.



¿Quién quiere ser torero o boxeador? Han sido dos profesiones de capa caída como algunos nombres comunes con que bautizábamos a las criaturas. ¿Quién le coloca José o Carmen hoy en día a una criatura? Onomástica vintage camino de la antigualla cuando no se han convertido ya en incunables del santoral. Descatalogados de pila bautismal que también sufren un declive importante en la afición. Retrocediendo unas décadas había Josés, Juanes, toreros y borricos en todos los palacios. También era de rigor el preceptivo María de las trenzas anticipando a cualquier nombre de niña. Impensables una Mª Jessica o la aún inédita Mª Vanessa del Sagrado Corazón. De aquellos años tenemos todavía vigente el maridaje no demasiado creativo de la tropa de los Josés María. A mí me fue de poco, me inscribieron en el registro un solitario José. 

            Toreros y boxeadores -coristas y numismáticos, cantaba Jaume Sisa- son aves raras que figuran en el catálogo de las especies en vías de extinción. Artes y oficios algo transoceánicos tocados por la incorrección que fluyen de dos en dos. Tiene razón el profético cantautor galáctico. Estos días se han marchado Muhammad Cassius Ali Clay y El Pana, el torero mexicano Rodolfo Rodríguez. Uno a aturdir querubines y el otro a comprobar si el famoso brindis en la Monumental de México ante el presidente de la República se ha cumplido: «Quiero brindar ese toro, mi último toro de mi vida de torero en esta plaza, a todas las daifas, meselinas, meretrices, prostitutas, suripantas, buñis, putas, a todas aquellas que saciaron mi hambre y mitigaron mi sed cuando 'El Pana' no era nadie, que me dieron protección y abrigo en sus pechos y en sus muslos base de mis soledades. Que Dios las bendiga por haber amado tanto. ¡Va por ustedes!» Una dedicatoria que a esta orilla del Atlántico sólo podría rimar con Joaquín Sabina al compás de una ranchera. 

El Pana nos ha dejado después de que un toro le atropellara, a él y al habano con que solía torear, descoyuntándole las cervicales. El Brujo, como también era conocido, ha hallado la muerte con cuernos en una plaza de Durango a los 64 años. Un final épico y glorioso -por KO- de una leyenda torera y romántica. Muhammad Cassius Ali Clay ha muerto a pellizcos tras una larga enfermedad, una derrota a los puntos contra los contundentes Joe Frazier, el Parkinson y la Parca. ¡Descansad en paz! 

En los orígenes más puñetazos y más cornadas les confirió la vida. El tópico novelesco mitificando la excentricidad alcanzada con la fama. De un bocazas Cassius Ali proclamando "soy joven, soy guapo, soy rápido y nadie puede ganarme" -la historia a menudo se repite-. A El Pana certificando aquello que Valle Inclán propuso a Belmonte en un tren camino de Sevilla -Juan, a ti sólo te falta morir en la plaza -como Manolete o como Sara Montiel en el Último tango en el Toboso. 

De cuando una oronda pantalla en blanco y negro amortiguaba los golpes o lo era precisamente, de barriguda, por los ganchos de José Legrá, el Puma de Baracoa, yo decidí que me decantaba por otra aspiración de niñez más agradecida aunque tanto o más temeraria -¡Papá, yo quiero ser torero! -otra de las frustraciones alojada en la mochila de los sueños que no han sido. No tenían punto de comparación las evoluciones hiperactivas del peso pluma cubano nacionalizado español con el glamour heterodoxo en materia torera de un Cordobés asentando cátedra con el salto de la rana. 

Cualquier siglo pasado fue mejor reivindica el poeta del XXI a ritmo de rap. En la elegía de la despedida asistimos al paso de la vida y cómo de huidizo es el placer mientras la muerte nos acecha. Gloria al antimilitarismo, a la negritud y al islam, a pesar de que haya sido a guantazos o a puñetazos. ¡Buen reposo, Rodolfo! 

Me pregunto qué responderíamos -¡Padre, quiero ser torera!

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