¿Quién quiere ser torero o boxeador? Han sido dos
profesiones de capa caída como algunos nombres comunes con que bautizábamos a
las criaturas. ¿Quién le coloca José o Carmen hoy en día a una criatura?
Onomástica vintage camino de la antigualla cuando no se han convertido ya en incunables
del santoral. Descatalogados de pila bautismal que también sufren un declive
importante en la afición. Retrocediendo unas décadas había Josés, Juanes, toreros
y borricos en todos los palacios. También era de rigor el preceptivo María de
las trenzas anticipando a cualquier nombre de niña. Impensables una Mª Jessica
o la aún inédita Mª Vanessa del Sagrado Corazón. De aquellos años tenemos
todavía vigente el maridaje no demasiado creativo de la tropa de los Josés
María. A mí me fue de poco, me inscribieron en el registro un solitario José.
Toreros
y boxeadores -coristas y numismáticos, cantaba Jaume Sisa- son aves raras que
figuran en el catálogo de las especies en vías de extinción. Artes y oficios
algo transoceánicos tocados por la incorrección que fluyen de dos en dos. Tiene
razón el profético cantautor galáctico. Estos días se han marchado Muhammad
Cassius Ali Clay y El Pana, el torero
mexicano Rodolfo Rodríguez. Uno a aturdir querubines y el otro a comprobar si
el famoso brindis en la Monumental de México ante el presidente de la República
se ha cumplido: «Quiero brindar ese toro, mi último toro de mi vida de torero
en esta plaza, a todas las daifas, meselinas, meretrices, prostitutas,
suripantas, buñis, putas, a todas aquellas que saciaron mi hambre y mitigaron
mi sed cuando 'El Pana' no era nadie, que me dieron protección y abrigo en sus
pechos y en sus muslos base de mis soledades. Que Dios las bendiga por haber
amado tanto. ¡Va por ustedes!» Una dedicatoria que a esta orilla del Atlántico
sólo podría rimar con Joaquín Sabina al compás de una ranchera.
El
Pana nos ha dejado
después de que un toro le atropellara, a él y al habano con que solía torear, descoyuntándole
las cervicales. El Brujo, como
también era conocido, ha hallado la muerte con cuernos en una plaza de Durango
a los 64 años. Un final épico y glorioso -por KO- de una leyenda torera y
romántica. Muhammad Cassius Ali Clay ha muerto a pellizcos tras una larga
enfermedad, una derrota a los puntos contra los contundentes Joe Frazier, el
Parkinson y la Parca. ¡Descansad en paz!
En los orígenes más puñetazos y más cornadas les
confirió la vida. El tópico novelesco mitificando la excentricidad alcanzada
con la fama. De un bocazas Cassius Ali proclamando "soy joven, soy guapo,
soy rápido y nadie puede ganarme" -la historia a menudo se repite-. A El Pana certificando aquello que Valle
Inclán propuso a Belmonte en un tren camino de Sevilla -Juan, a ti sólo te
falta morir en la plaza -como Manolete o como Sara Montiel en el Último tango en el Toboso.
De cuando una oronda pantalla en blanco y negro
amortiguaba los golpes o lo era precisamente, de barriguda, por los ganchos de
José Legrá, el Puma de Baracoa, yo decidí
que me decantaba por otra aspiración de niñez más agradecida aunque tanto o más
temeraria -¡Papá, yo quiero ser torero! -otra de las frustraciones alojada en
la mochila de los sueños que no han sido. No tenían punto de comparación las
evoluciones hiperactivas del peso pluma cubano nacionalizado español con el
glamour heterodoxo en materia torera de un Cordobés asentando cátedra con el
salto de la rana.
Cualquier siglo pasado fue mejor reivindica el
poeta del XXI a ritmo de rap. En la elegía de la despedida asistimos al paso de
la vida y cómo de huidizo es el placer mientras la muerte nos acecha. Gloria al
antimilitarismo, a la negritud y al islam, a pesar de que haya sido a guantazos
o a puñetazos. ¡Buen reposo, Rodolfo!
Me pregunto qué responderíamos -¡Padre, quiero ser
torera!
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