Hablemos de amor, de la
culminación del amor a la plancha -y al punto- cuando solía servirse en una
cama con las sábanas, los caprichos y los aderezos propios convertido en ritual
para amantes cómplices. Delicado tema, temeridad azucarada para diabéticos y
para los adictos al rosa cuando el amor se posa. Estallido floral de primavera
que inflama pasiones y asegura la pervivencia de las especies todas -¡Poca guasa!-.
A la metáfora más sutilmente amorosa se aparea victoriosa doña epidermis. Arrumacos,
besos, aproximaciones que disparan el corazón y el riego sanguíneo en sectores
anatómicos estratégicos. Todo para alcanzar una explosión cósmica o sideral -¡a
elegir!-.
Qué bien le sienta al
amor la reiteración rítmica de los versos rimados, los lazos bien trabados entre
palabras, el murmullo o el alarido pasional, más cercano -este- a la publicidad
cuando se apropia del recurso hurtándolo torpemente a la poética. Los maestros
del verso artesano deberían aullar porque el amor nunca resultara comercial a
pesar del punto mercenario que también puede tolerar. Existen los mercaderes y
los legionarios del amor aunque muy lejos de aquellos perturbados caballeros vasallos
de una dama perfecta con rosarios como dientes y labios de rubí. Polvo serán, mas polvo enamorado, decretaba
Quevedo.
Serrat purificaba cálidamente
las palabras del amor incinerándolas entre las brasas del hogar. Apuntes para
un manuale d'amore donde el ritual
debería ser previo a la erupción con una danza del cortejo -un baile ornitológico-
en la que los pájaros y las aves son maestras aventajadas. ¡Ay, el amor! Motivo
de pecado. -¿Tocamientos? -inquiría el cura empantanado entre la redención de
los pecados y el morbo trascendente. Hay que catalogar la gradación de la
penitencia según el alcance, individual o de consentimiento compartido.
¿La mediática pareja
exhibicionista del andén, en el metro de Barcelona, habrá leído algún manuale d’amore? Lo dudo por cómo
ejercieron, ajenos a un mínimo protocolo procedimental. No se puede afirmar
precisamente que los pillaran en flagrante pecado consumado en un banco demasiado
ventilado. En un alarde atlético, verificaron una demostración elástica de
dudosa pedagogía amatoria que las redes han divulgado. ¡Cuánta polvareda ha
levantado un fragmento lerdo de vídeo! La tecnología desmintiendo una leyenda
urbana al servicio de lo inverosímil. Una pareja montándoselo en un banco
desnudo y frío sin ningún tipo de intimidad. ¡Verlo para creerlo! ¿Se habrán
confesado?
Entre los detractores y
los defensores del amor libre en el metro no me definiré, allá ellos. Si
prospera, estoy para proponer a la alcaldesa Colau un gesto que debe facilitar
la práctica y el concurso a los desesperados. Habilitemos algún banco acolchándolo.
No sería imprescindible alfombrarlos todos, sólo uno por andén informando de la
ubicación en los paneles electrónicos como acontece con los desfibriladores o
con la frecuencia de paso de los convoyes. No sugeriré ninguna medida para
preservar la intimidad porque perdería la gracia y sería una iniciativa abocada
al fracaso.
Unas décadas atrás lo más
impúdico a que podíamos asistir las criaturas era por febrero a los conciertos
de gatas en celo. Tampoco era excepcional ver una pareja de flemáticos chuchos
amorosos practicando sin urgencias en la calle mayor. Los más osados y
dejados de la mano de Dios merodeaban al acecho de los amantes furtivos en
plena naturaleza a salto de mata entre los rurales arrabales. Todo evoluciona.
Quién no recuerda aquel himno, una canción protesta de finales de la década de
los años ochenta, que denunciaba lo difícil que es hacer el amor en un Simca 1000, un lujo de diseño con cuatro
puertas mucho más funcional que el entrañable y sufrido Seat Seiscientos. Visto lo visto, tampoco debe ser fácil practicar
sexo en un banco descapotable y sin tapizar.
Del episodio documentado
en la parada del Liceo, en las ramblas de Barcelona, me conmueve la solemne
pobreza de la pareja. Sin un Simca 1000,
sin iniciativa para encontrar una guarida discreta, sin amigos y sin un triste
sofá solidario tuvieron que sofocar el recalentón en un espacio demasiado concurrido.
¡En el metro! Una solución por el importe de un billete sencillo si es que lo
habían validado. Los imagino alegando al confesor, en desagravio por la falta
cometida, que no se habían colado.
¿También vivimos en
pecado los que hemos visto el vídeo? Por si acaso, reconozcámoslo.
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