domingo, 1 de mayo de 2016

Hablemos del amor.



Hablemos de amor, de la culminación del amor a la plancha -y al punto- cuando solía servirse en una cama con las sábanas, los caprichos y los aderezos propios convertido en ritual para amantes cómplices. Delicado tema, temeridad azucarada para diabéticos y para los adictos al rosa cuando el amor se posa. Estallido floral de primavera que inflama pasiones y asegura la pervivencia de las especies todas -¡Poca guasa!-. A la metáfora más sutilmente amorosa se aparea victoriosa doña epidermis. Arrumacos, besos, aproximaciones que disparan el corazón y el riego sanguíneo en sectores anatómicos estratégicos. Todo para alcanzar una explosión cósmica o sideral -¡a elegir!-. 

Qué bien le sienta al amor la reiteración rítmica de los versos rimados, los lazos bien trabados entre palabras, el murmullo o el alarido pasional, más cercano -este- a la publicidad cuando se apropia del recurso hurtándolo torpemente a la poética. Los maestros del verso artesano deberían aullar porque el amor nunca resultara comercial a pesar del punto mercenario que también puede tolerar. Existen los mercaderes y los legionarios del amor aunque muy lejos de aquellos perturbados caballeros vasallos de una dama perfecta con rosarios como dientes y labios de rubí. Polvo serán, mas polvo enamorado, decretaba Quevedo. 

Serrat purificaba cálidamente las palabras del amor incinerándolas entre las brasas del hogar. Apuntes para un manuale d'amore donde el ritual debería ser previo a la erupción con una danza del cortejo -un baile ornitológico- en la que los pájaros y las aves son maestras aventajadas. ¡Ay, el amor! Motivo de pecado. -¿Tocamientos? -inquiría el cura empantanado entre la redención de los pecados y el morbo trascendente. Hay que catalogar la gradación de la penitencia según el alcance, individual o de consentimiento compartido. 

¿La mediática pareja exhibicionista del andén, en el metro de Barcelona, ​​habrá leído algún manuale d’amore? Lo dudo por cómo ejercieron, ajenos a un mínimo protocolo procedimental. No se puede afirmar precisamente que los pillaran en flagrante pecado consumado en un banco demasiado ventilado. En un alarde atlético, verificaron una demostración elástica de dudosa pedagogía amatoria que las redes han divulgado. ¡Cuánta polvareda ha levantado un fragmento lerdo de vídeo! La tecnología desmintiendo una leyenda urbana al servicio de lo inverosímil. Una pareja montándoselo en un banco desnudo y frío sin ningún tipo de intimidad. ¡Verlo para creerlo! ¿Se habrán confesado?

Entre los detractores y los defensores del amor libre en el metro no me definiré, allá ellos. Si prospera, estoy para proponer a la alcaldesa Colau un gesto que debe facilitar la práctica y el concurso a los desesperados. Habilitemos algún banco acolchándolo. No sería imprescindible alfombrarlos todos, sólo uno por andén informando de la ubicación en los paneles electrónicos como acontece con los desfibriladores o con la frecuencia de paso de los convoyes. No sugeriré ninguna medida para preservar la intimidad porque perdería la gracia y sería una iniciativa abocada al fracaso. 

Unas décadas atrás lo más impúdico a que podíamos asistir las criaturas era por febrero a los conciertos de gatas en celo. Tampoco era excepcional ver una pareja de flemáticos chuchos amorosos practicando sin urgencias en la calle mayor. Los más osados ​​y dejados de la mano de Dios merodeaban al acecho de los amantes furtivos en plena naturaleza a salto de mata entre los rurales arrabales. Todo evoluciona. Quién no recuerda aquel himno, una canción protesta de finales de la década de los años ochenta, que denunciaba lo difícil que es hacer el amor en un Simca 1000, un lujo de diseño con cuatro puertas mucho más funcional que el entrañable y sufrido Seat Seiscientos. Visto lo visto, tampoco debe ser fácil practicar sexo en un banco descapotable y sin tapizar.

Del episodio documentado en la parada del Liceo, en las ramblas de Barcelona, ​​me conmueve la solemne pobreza de la pareja. Sin un Simca 1000, sin iniciativa para encontrar una guarida discreta, sin amigos y sin un triste sofá solidario tuvieron que sofocar el recalentón en un espacio demasiado concurrido. ¡En el metro! Una solución por el importe de un billete sencillo si es que lo habían validado. Los imagino alegando al confesor, en desagravio por la falta cometida, que no se habían colado. 

¿También vivimos en pecado los que hemos visto el vídeo? Por si acaso, reconozcámoslo.

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