domingo, 17 de abril de 2016

¡Viva el bacalao!



El ministro Soria ha abandonado. Lo deja. No ha podido dimitir ya que el cargo lo ocupaba en funciones. Por un pelo, porque si ya se hubieran puesto de acuerdo para formar gobierno, esta mancha en el currículum no constaría con letra de titular tan gruesa. ¡Lástima! El alcalde de Granada ha sido arrestado, otro personaje ilustre de los últimos días. Al PP le crecen los enanos y la corrupción le persigue pero no le aguijonea. En las próximas elecciones habrá que constatar el apoyo millonario en votos y el rédito electoral que todavía retiene. Pero la estocada más fina, de maestro torero al volapié -una manera eficaz de despachar los toros a las cinco en punto- ha sido que hayan pillado a Aznar en falso con Hacienda somos todos. Un pase a puerta gayola -temerario por recibir de rodillas el toro cuando sale a la plaza- ejecutado por el ministro Montoro en funciones y sin renuncias al cargo. Todos somos iguales ante la ley -tanto como hermanados con Hacienda no somos todos -. 

Con qué deleite el ministro custodio de la hucha pública le atizaba en la cresta al héroe de las Azores. Le pone voluntad este Montoro, debemos reconocerlo. También en la sentencia tardía con la que ha homenajeado al cadáver político del señor Soria, de cuerpo presente y todavía caliente, cuando en el panegírico funerario ha recitado que nadie que haya operado desde paraísos fiscales puede estar en el gobierno. Esperemos que la profecía se cumpla. Yo en su caso no habría sido tan temerario ni tan locuaz. ¿Nos puede garantizar que no saldrá otro conejo escondido en un sombrero Panamá? En alguna ocasión a los magos -de las finanzas- se les pilla en un renuncio. ¡Que Dios no lo quiera!

Que conste que no tenía pensado insistir en el centro de interés que nos ocupa. Es a causa de la terca actualidad. Los periódicos lo resumen en un titular, "el PP acumula siete escándalos y decenas de imputaciones desde el 20-D". Un buen eslogan electoral para un país avezado a estas noticias. Ya ni nos inmutamos. Episodio a episodio nos hemos como inmunizado. ¡Uno más! Nos levantamos y desayunamos con la última de las corruptelas, tan cotidiano como el pan tierno de cada día recién salido del horno.

Hoy, la ración ha sido doble. El caso Soria, que sólo ha admitido un problema en cómo ha administrado la información, que no lo ha sabido explicar suficientemente bien como si los hechos pudieran ser del color del adjetivo con el que pretendemos pintar la realidad, se suma el caso del sindicato Manos Limpias. Me ahorraré los chistes fáciles. Al sindicato, flagelo de la injusticia, lo acusan de extorsionar, de organización criminal, de fraude contra la Hacienda no somos todos, de fraude documental y de fraude en las subvenciones. Un catálogo de virtudes, ciertamente. Esta presunta "organización criminal" ofrecía protección contra las querellas que ellos mismos ingeniaban a cambio de dinero. El argumento no es innovador, el celuloide mafioso de la época dorada está repleto de matones que te quieren aliviar precisamente de la medicina que ellos mismos suministran. ¡Manos arriba, esto es un atraco! Mensaje que podría reciclar Manos Limpias para realzar la campaña contra la masturbación que fomentó en su momento. La clave del asunto, en registro paja mental, puede llegar cuando esta inculpación consienta que la Infanta se levante del banquillo. Algunas tramas tienen un punto de microorgasmo de poder oscuro. 

Anécdotas de los tiempos que corren. Cómo añoro aquellos años de los primeros escándalos de desenfreno con el dinero o la propiedad públicos, cuando nos tirábamos de los pelos porque alguien viajaba en aviones del ejército o cedía el despacho oficial al cuñado. Minucias comparadas con la moneda que circula en los últimos tiempos. Entonces todavía creíamos que los políticos eran íntegros, buenas personas por definición y estaban para servir a la sociedad que los había elegido. La evolución de los hechos han llevado a la indolencia social con que nos lo contemplamos y al desprestigio del noble ejercicio de la política. Preguntad a cualquier tertuliano de barra de bar y obtendréis la respuesta aliñada con una colección bien surtida de calificaciones muy gráficas y poco eufemísticas. 

Estoy por afirmar que deben de ser pocos, estos adictos a la corrupción -esto me gustaría saberlo a ciencia cierta-, pero cuánto daño causan. Deben existir los íntegros, los eficaces, los comprometidos y los sin manchas en la corbata que habitan en la discreción y no son carne de titular. ¡Existen! ¡Muchos! Pero cuando estalla el escándalo que afecta a un personaje público, político o no, la cosa tiene más trascendencia. La ejemplaridad exigible a un político también la debemos esperar de un futbolista o de un director de cine por mucha ignorancia farandulesca que alegue. Hay una diferencia obvia, puedo abstenerme de ir al cine o de asistir a un partido de fútbol -más aún si se pierde-, pero no estoy exento de las consecuencias causadas por el corrupto cuando tiene responsabilidades que nos afectan de lleno porque las financiamos también nosotros. ¿Con qué fuerza moral se puede predicar y legislar a la vez mientras destacamos en la transgresión. ¿Con qué autoridad podemos exigir lo que nosotros incumplimos?

No nos preocupemos. La vida continúa, dice el poeta. Los corruptos pasarán, son fruta de temporada, cocina financiera de mercado aunque no se decanten por los productos de proximidad, los de kilómetro cero, porque está demostrado que prefieren la fruta tropical y los paraísos lejanos. Son unos partidarios del exotismo cosmopolita. El resto sobrevivimos con el cocido casero. Pendientes de la sección ya habitual en los medios, como el espacio del tiempo y de la predicción meteorológica, atentos a la hora de los corruptos. Un programa que podría presentar, por la experiencia y el currículum, Mario Conde así que salga del trullo. 

¿Cuál es la solución? Yo propongo incorporar el bacalao nórdico a la dieta mediterránea y a las gachas manchegas. A mí me gusta mucho en versión desmigado. Exquisito. Deberíamos fomentar mucho más el papeo del abadejo por si nos inocula alguna de las virtudes de aquellos países productores que no se limitan a ver a los toros desde la barrera. Los efectos son evidentes en la dimisión del primer ministro islandés quemado en la hoguera pública con papel de Panamá. Aquí sólo chamuscamos Constituciones de mentirijilla sin demasiado poder calórico. 

¡Viva el bacalao!

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