El cuplé está de luto. Sara Montiel nos ha dejado.
También ha muerto Margaret Thatcher. Aunque las esquelas y las necrológicas
permiten establecer índices fiables de paridad de género sin discriminaciones,
hoy la parca -la de la guadaña- ha decidido llevarse por delante a dos señoras
referentes. Una artista y una líder política. Es obvio que ambas destacaban en
campos y actividades muy diferentes.
Me duele la desaparición de cualquier ser humano,
pero Margaret no me alteraba las fibras sensibles. No la guardo en ninguna
capillita de la adolescencia. Más bien me atemorizaba. En cambio, a Sara, Sarita, sí la llevo incorporada desde la
época que ahora se nos va diluyendo en las efemérides. Sara. No necesitaba más
atributos para identificarla que los que aportaba a las pantallas de los cines
míticos de doble sesión con el NO-DO adosado.
Aquel rostro numismático y estático deslumbraba el
país del 1957 con El último cuplé.
Los de mi generación llegamos a este mundo cuando ella ya era una estrella
rutilante del cine. Después nos enseñó cómo se debe fumar. Sara era una
boquilla larga como sus pestañas con un cigarrillo destilando pecado de
pensamiento y/o acción que había que confesar. La Montiel era una señora
neumática y voluptuosa como el humo que la envolvía lujuriosamente. No era
actriz, no se sabía mover en escena, no tenía el don del discurso, fue
analfabeta y, quizás, era miope como las rubias americanas con quien competía.
Sara se convirtió en la Ava Gardner de la Mancha triunfando en Hollywood. Una
especie de embajadora cervantina en la España de la posguerra que no exportaba
nada tan vistoso.
Recostada en una cheslong era el diablo personificado. Cuántos no iremos al cielo
por su culpa. Fatal señorona a quien la intelectualidad abría las puertas como a
una musa carnal. Estatua bien puesta y espejo de deseo. La sedujo el gallito de
Hemingway mientras la viciaba para la eternidad a base de puros de los buenos.
Una perversión que cultivó hasta que importó un cubano auténtico en persona para
que le encendiera aquellos cigarros tan poco femeninos.
Sara. Genio y figura. Hábil para ocultar la edad y
hacernos creer que los años no pasan por el celuloide ni por la vida real. No
es día para cuestionarle los años de verdad porque es un icono universal.
Porque es la banda sonora de las mujeres que aún fregaban los suelos
arrodilladas y no osaban prender un cigarrillo estadounidense sin filtro.
En una ocasión el maestro Fernando Lázaro Carreter
me confesó que lo habían situado en una cena junto a Sara. Aquella fotografía,
con la Sarita -como él la llamaba- le
hizo famoso vía papel satinado en blanco y negro. Una Sara que practicaba
-según el lingüista- el registro de las estarletes
que salpican los discursos de "como
muy" poco afortunados. Para las famosas, las no tanto famosas y las
aspirantes a famosas aún hoy en día, en su particular libro de estilo locuaz,
abundan estos "como muy"
que disparan a cualquier respuesta.
Sara era, pues, como muy deseada. Una mujer con mucha mundología, una palabra de la época que se refería a aquellos -o
aquellas- que habían viajado más allá de Andorra a comprar azúcar y queso de
importación. Una marginal del contexto que caminaba unas cuantas zancadas
avanzada. Con los hombres, con el humo, con Cuba. Y con la biografía que supo
forjar desde una falta de cultura abrumadora. De niña bonita e ignorante a mujer
inteligente que se administró a sí misma con excesos que la memoria podrá
perdonar. ¡Olvidemos al cubano!
Esta abanderada de la liberación -no confundirlo
con el liberalismo tatcheriano- nos deja también un testamento político a su
manera. En su momento declaró que Aznar "no tenía ni medio polvo". Lo
arregló como muy pudo, retractándose
y afirmando que era un despropósito. A ella le sirvió para no pronunciarse más
políticamente. Y a Aznar –aunque esté por confirmar- para inaugurar la manía
atlética que lo consume.
¡Descansa en paz, Sara! Seguro que en las terrazas
celestiales todavía está permitido liar uno de papel.
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