El tocadiscos mental baraja una pieza ramplona de
mucho éxito durante unos años, Salud, dinero y amor, las tres cosas
que marcaban lo que se necesitaba -cantábamos- en la vida de 1968, el año en el
que se publicó. En la corta infancia, las melodías tenían algo importante tras
las estrofas de músicas sentimentales que invadían los espacios mientras la
gente las canturreaba sin demasiado comportamiento. Así pues, de poseer las
tres cosas, también había que dar las gracias a Dios. Estamos ante una doble
oportunidad, de la vida sin obstáculos vitales que debe glorificarse por pura
intervención divina. Esto, salud con dinero y amor. Otros años, otras letras
con otros estribillos se han impuesto.
Llegados a donde estamos, más viejos y un poco más caducos,
seguimos levantando las copas brindando por la trilogía. Que nada se agote.
Salud para ir tirando. Dinero para hacerlo posible y amor para sellarlo. Todo
ello es un manifiesto vital. Sin salud, el resto pierde fuerza. Es la energía
que nos permite movernos o saborear lo que queremos hacer. Es un fundamento
-silencioso- de lo que ejecutamos. El dinero no es la felicidad absoluta, pero
sí la libertad. Te da margen para escoger, para vivir con menos angustia, para
invertir tiempo en lo que realmente importa. Pero el motor emocional es el amor
-de pareja, de amistad, familiar o incluso el amor propio- es el que impulsa
sentido al resto. Si lo miramos así, el mensaje es casi una fórmula de vida.
Nos hemos preguntado cuál de estas tres cosas tenemos más -o menos-.
La salud es lo que casi nunca valoramos lo suficiente
hasta que nos falla. Es la herramienta que nos permite trabajar, amar, crear,
disfrutar e incluso preocuparnos por el dinero. Cuando el cuerpo o la mente se
detienen, todo lo que parecía urgente deja de serlo. Lo curioso es que a menudo
pensamos en la salud como una cuestión de suerte o de genética, pero lo cierto
es que muchas de las decisiones cotidianas tienen un impacto directo, como
dormir bien y en horas regulares. Comer con criterio, no por culpa. Mover el
cuerpo, aunque sea poco. Gestionar el estrés antes de que salte. Tener espacios
de calma y conexión. La salud no es solo ausencia de enfermedad, es energía,
claridad mental, equilibrio emocional.
El dinero no lo es todo, pero tampoco es “sólo
dinero”. Es una herramienta que puede dar libertad o generar angustia. Puede
ser un puente hacia una vida más tranquila o un muro que nos impide respirar.
La relación con el dinero es profundamente emocional. No se trata solo de
números, sino de seguridad, independencia o posibilidades. Miedo a perder.
Miedo a no tener suficiente. Cuando tenemos estabilidad económica, la salud
mental mejora y las relaciones a menudo se vuelven más sanas. Cuando existe
escasez o incertidumbre, el estrés aumenta, el cuerpo lo nota y las discusiones
pueden multiplicarse. Pero también es cierto que perseguir dinero sin medida
puede debilitar la salud y erosionar el amor. Trabajar horas infinitas, vivir
con presión constante o convertir el trabajo en identidad son caminos que
pueden llevar a un vacío emocional difícil de reparar.
El amor -en todas sus formas, ya sea romántico,
familiar, amistoso, comunitario- es lo que da sentido al resto. Es lo que nos
recuerda por qué queremos estar sanos y por qué queremos tener estabilidad
económica. Cuando amamos y nos sentimos queridos: El sistema inmunitario puede
mejorar. El estrés disminuye. La motivación aumenta. La vida parece más
llevadera, incluso en momentos difíciles. El amor es el bálsamo, pero también
es un reto. Requiere tiempo, presencia, comunicación y vulnerabilidad. Y aquí
es donde entra el triángulo: si estamos agotados por el trabajo o preocupados
por el dinero, es más difícil cuidar las relaciones porque, si la salud mental
vacila, la paciencia y la ternura se vuelven escasas. Si la relación es
conflictiva, la salud y la productividad se resienten. Porque el amor no es
sólo un sentimiento, es una práctica compartida.
Cuando salud, dinero y amor están en equilibrio, la
vida funciona suavemente. No significa que todo sea perfecto, sino que tenemos
suficiente estabilidad para crecer, explorar y disfrutar. Este equilibrio no es
un estado permanente; es un movimiento constante. Habrá momentos en los que la
salud pedirá más atención, otros en los que el dinero necesita más espacio y
otros en los que el amor necesitará ser cuidado con más conciencia. ¡Hagámoslo!
En el pesar por el recuerdo me pasa por la cabeza como
una cantante de escalera le dedicaba a la vecina cercana, a la de la puerta de
al lado, que tenía el corazón contento, contento, lleno de alegría y añadía lo
contento que lo tenía dirigido a la vecina que estaba en las listas de espera
de un centro de salud para hacerle una intervención de las que pueden traer
cola. ¡Menuda fechoría! La música con intención vecinal -la primera que oí-
salía de una cancioncilla que levantaba furor. Porque la vecina con el corazón
averiado tampoco tenía demasiado dinero y el amor todavía no había llamado a su
puerta. ¡Qué desastre!
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