El
número dos de Ayuso ha soltado al Presidente de la Generalidad de Cataluña,
Pere Aragonès, en una sesión reciente en el Senado que éste se mea -micciona,
ha dicho literalmente- en la cara de todos los españoles, porque no se trata de
una falsa percepción de estar lloviznando. En mi tierra existía una expresión,
hoy arcaica y seguramente en desuso, que consistía en soltar a aquellos a los
que queremos menospreciar, “en el culo té meo”. Poco poética pero
muy gráfica. La anécdota hay que ponerla en contexto, el que pretendía mearse
estaba a nivel de calle mientras que la presunta, de resultar meada, se lo
contemplaba desde un balcón, estratégicamente en una posición elevada y
favorable. La respuesta de la novia defraudada fue del todo acertada -¡Uy, pajarito,
qué largo deberías volar!
La
física cuántica, que nos lo explica casi todo, deberá iluminarnos para saber
quién, y desde qué plano teniendo en cuenta las leyes de la gravedad, ostenta
la posición más ventajosa para mearse encima de los demás. Me doy cuenta de que
para mearse en la cara de todos los españoles, desde Cádiz a Colera, Pere
Aragonés tiene las de perder -no caeré en el chiste fácil- pero sin apelar a la
física cuántica se puede deducir que lo tiene magro. Elevando la expresión a la
categoría de figura literaria la encuentro acertada, de un impacto húmedo muy
eficaz. Retorciendo su alcance podríamos llegar a la conclusión de que no
hablaban, uno y otro interlocutor, de la capacidad y la potencia para asperger
compitiendo, como cuando éramos niños con la próstata a pleno rendimiento, ante
la referencia de una pared, que sería el caso de quien meaba más arriba, sino
de longitud y de calibre políticos. Puestos en el contexto inicial podríamos
exclamar -Uf, Pere, ¡que larguirucha te la hacen!
Nada
nuevo en el panorama político actual, las descalificaciones, el tono abrupto,
la crispación del discurso produce dolor de orejas al escuchar; al mismo tiempo
presiden los atriles de algunas instituciones sin pudor alguno. La jaula de
grillos que algunos quieren generar se ha vuelto habitual y recurrente. Tanto
que ya casi somos capaces de predecir con qué nos aleccionarán o con qué
tácticas pretenderán abatir las iniciativas de los enemigos -la palabra
contrincante vive en el cajón de los descatalogados-. Sin embargo, ha habido un
momento insólito casi coincidiendo con el eclipse de sol que ha aplacado y
neutralizado a la derecha española. La furiosa dinámica del PP cruzando el
actual desierto ha hallado un oasis. Un paro técnico para reponer y alinear la
caravana vestida de gala con mucho tronío,
salero y donaire bajo
la sombra de las palmeras. Una tregua de un solo día, pero tregua en
definitiva.
¿Dónde
se sitúa este virtuoso cobijo? En Madrid, en el barrio de Salamanca, en la
iglesia de San Francisco de Borja y en la finca El Canto de la Cruz. Ambos
lugares significados con mucho predicamento mediático donde el cambio climático
todavía no ha producido estragos como se puede comprobar en los reportajes
gráficos. Hemos estado puntualmente informados de la boda entre el alcalde de
Madrid, José Luis Martínez-Almeida, y Teresa Urquijo Moreno, de la familia
Borbón. La aristocracia española, con el rey emérito de cuerpo presente, así
como el ala más conservadora de la derecha se han reencontrado -si es que nunca
se habían separado- para mostrarnos cómo se hacen las cosas con armonía y con
sentido sensato de nación. Juan Carlos I -¡Viva el rey!-, la señora Botella y
Aznar, Ayuso -¡presidenta, presidenta!- sin el compañero, Feijóo, Esperanza
Aguirre -en la doble vertiente de aristócrata y personaje del PP-, Alberto
Ruiz-Gallardón y una larga lista de invitados hasta el medio millar que han
compartido el menú del bodorrio. Para redondearlo del todo se ha echado en
falta la presencia de los reyes actuales y de Mariano Rajoy, más cómodo con el
marisco gallego que con los cocidos madrileños.
¡Enhorabuena,
novios, comed perdices y sed felices! Vista la predisposición del alcalde por
lo solícito, enamorado como un preadolescente, así deberá ser. José Luis deja
de ser un soltero de oro cañí para convertirse en la
franquicia de Michel Jackson marcándose un chotis posmoderno desde Madrid,
Madrid, Madrid hacia el cielo nupcial.
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