En
la víspera de la edición de Sant Jordi de este año -¡cómo pasa el tiempo!- ya
tengo un par de libros elegidos. Dos. Obras que llevan tras de sí un trabajo de
años compilando datos para ponerse en la piel del personaje. Historias que obcecan
a quien las redacta imbuido por el personaje hasta confundirse con el alter ego
contado o novelado que no les puede contrariar en este caso porque ya hace
tiempo que cría malvas. Obras, ambas, que me interesan porque basculan entre el
ensayo, el trabajo; y la recreación, el punto inspirado que permite mear fuera
del tiesto imaginando al protagonista ante un hecho cotidiano. Cómo
reaccionarían y qué dirían Josep Pla o Xavier Cugat.
No
las he leído todavía. Un Cor furtiu de Xavier Pla y Confeti de
Jordi Puntí. Mil quinientas treinta y seis páginas y otras cuatrocientas
respectivamente. Mucha tela. Años de trabajo que por el eco que han tenido
serán obras que figurarán en el ranking de las más vendidas aunque nunca se
sabe. El homónimo Pla, autor y personaje, no es una obra golosa para el gran
mercado, sí de gran extensión con hectáreas y hectáreas de letra impresa para
explicar también la vasta inmensidad biográfica que comporta. Una obra de
referencia y de contraste para aquellos -pocos- que hayan leído a Josep Pla de
cabo a rabo. En caso contrario, un ejercicio de síntesis que nos acerca a la
vida del autor, pero también a la obra, al menos por curiosidad.
En
la novela de Puntí el título ya nos delata la mano de pintura rosa con muchas
lentejuelas que pretende recrear. La historia de un catalán universal nacido en
Girona con peluca, como Sinatra. Puede parecer menos rigurosa en el sentido
estricto de la palabra y menos trascendente para los eruditos con ínfulas de
escritor que la biografía documentada del otro genio gerundense y ampurdanés
con boina. Son los libros que he pedido en la carta a los reyes de este Sant
Jordi y que espero leer disfrutándolos. Ya me gustaría tener el ejemplar
firmado por Pla o uno de Cugat con un garabato como una caricatura apresurada
de sí mismo.
Coincidiendo
con la fiesta mayor del libro, me apunto también al gran mercado editorial que
concentra el grueso de las ventas por Sant Jordi jugándoselo a la carta
meteorológica a pesar de la sequía que nos atenaza. Las expectativas
editoriales y florales miran de reojo las previsiones que pueden desbaratar los
propósitos. La fiesta está en la calle, en los tenderetes descapotables
pendientes del cielo. Pasear con paraguas desluce el día, se está mejor en casa
leyendo que curioseando en busca de libros o persiguiendo a autores consagrados
o mediáticos para que nos firmen un ejemplar.
Sant
Jordi hechiza, sobre todo a quien no la ha vivido antes. Un gesto, un libro y
una rosa desbordan la capacidad para sorprendernos. Impresiona como por un día
al año las ramblas y plazas mayores se alfombran con papel impreso y brotan
flores en las esquinas. Un espectáculo melancólico mientras se puede ver a un
adolescente torpe llevando una flor con tanta vergüenza como esperanza.
Entre
los consumidores escasos y los profesionales de la lectura hay un punto de
discordia. Aquellos que reniegan del hecho de tener que comprar un libro por
prescripción, porque es el día, y los que, precisamente, por la festividad
mercadean excepcionalmente uno. Quienes leen por vicio dejándose la vista en
ello -ya nos prevenían los abuelos- fruncen el ceño ante el atrevido
mercantilismo con el que nos asalta el universo del libro. Argumentan en contra
del consumismo puntual que atestará las estanterías de ejemplares por abrir. En
una infografía firmada por Maria Labró en el diario ARA, según el Gremi
d'Editors se publican en Catalunya cien libros al día, más de cuatro a la hora.
¿Hay algún lector que pueda mantenerse al corriente ante semejante alud de
publicaciones de todo tipo? Un surtido espectacular de autores, un ejército muy
numeroso entre los reconocidos de prestigio, los mediáticos, los de temática
específica, los raros, los de autoayuda y los poetas que viven atormentados en su
torre de marfil levitando en una nube de metáforas que, en principio, serían
los que más corresponden para canjearlos por una rosa y un beso. ¡Poetas!
Este
año lo viviré en el pueblo, otra visión y otro contexto de esta fiesta única. ¡Feliz
Sant Jordi! Insistiré, no hagáis caso a la envidia de los impublicados que
viven rumiando en el purgatorio de la soledad en mitad de la oscuridad inédita
sin reconocimiento ni halagos mediáticos. Aquellos que por dedicatoria, en
fechas como ésta, sólo pueden dejar hablar a los silencios.
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