martes, 23 de abril de 2024

Sant Jordi 2024.

 

En la víspera de la edición de Sant Jordi de este año -¡cómo pasa el tiempo!- ya tengo un par de libros elegidos. Dos. Obras que llevan tras de sí un trabajo de años compilando datos para ponerse en la piel del personaje. Historias que obcecan a quien las redacta imbuido por el personaje hasta confundirse con el alter ego contado o novelado que no les puede contrariar en este caso porque ya hace tiempo que cría malvas. Obras, ambas, que me interesan porque basculan entre el ensayo, el trabajo; y la recreación, el punto inspirado que permite mear fuera del tiesto imaginando al protagonista ante un hecho cotidiano. Cómo reaccionarían y qué dirían Josep Pla o Xavier Cugat.

No las he leído todavía. Un Cor furtiu de Xavier Pla y Confeti de Jordi Puntí. Mil quinientas treinta y seis páginas y otras cuatrocientas respectivamente. Mucha tela. Años de trabajo que por el eco que han tenido serán obras que figurarán en el ranking de las más vendidas aunque nunca se sabe. El homónimo Pla, autor y personaje, no es una obra golosa para el gran mercado, sí de gran extensión con hectáreas y hectáreas de letra impresa para explicar también la vasta inmensidad biográfica que comporta. Una obra de referencia y de contraste para aquellos -pocos- que hayan leído a Josep Pla de cabo a rabo. En caso contrario, un ejercicio de síntesis que nos acerca a la vida del autor, pero también a la obra, al menos por curiosidad.

En la novela de Puntí el título ya nos delata la mano de pintura rosa con muchas lentejuelas que pretende recrear. La historia de un catalán universal nacido en Girona con peluca, como Sinatra. Puede parecer menos rigurosa en el sentido estricto de la palabra y menos trascendente para los eruditos con ínfulas de escritor que la biografía documentada del otro genio gerundense y ampurdanés con boina. Son los libros que he pedido en la carta a los reyes de este Sant Jordi y que espero leer disfrutándolos. Ya me gustaría tener el ejemplar firmado por Pla o uno de Cugat con un garabato como una caricatura apresurada de sí mismo.

Coincidiendo con la fiesta mayor del libro, me apunto también al gran mercado editorial que concentra el grueso de las ventas por Sant Jordi jugándoselo a la carta meteorológica a pesar de la sequía que nos atenaza. Las expectativas editoriales y florales miran de reojo las previsiones que pueden desbaratar los propósitos. La fiesta está en la calle, en los tenderetes descapotables pendientes del cielo. Pasear con paraguas desluce el día, se está mejor en casa leyendo que curioseando en busca de libros o persiguiendo a autores consagrados o mediáticos para que nos firmen un ejemplar.

Sant Jordi hechiza, sobre todo a quien no la ha vivido antes. Un gesto, un libro y una rosa desbordan la capacidad para sorprendernos. Impresiona como por un día al año las ramblas y plazas mayores se alfombran con papel impreso y brotan flores en las esquinas. Un espectáculo melancólico mientras se puede ver a un adolescente torpe llevando una flor con tanta vergüenza como esperanza.

Entre los consumidores escasos y los profesionales de la lectura hay un punto de discordia. Aquellos que reniegan del hecho de tener que comprar un libro por prescripción, porque es el día, y los que, precisamente, por la festividad mercadean excepcionalmente uno. Quienes leen por vicio dejándose la vista en ello -ya nos prevenían los abuelos- fruncen el ceño ante el atrevido mercantilismo con el que nos asalta el universo del libro. Argumentan en contra del consumismo puntual que atestará las estanterías de ejemplares por abrir. En una infografía firmada por Maria Labró en el diario ARA, según el Gremi d'Editors se publican en Catalunya cien libros al día, más de cuatro a la hora. ¿Hay algún lector que pueda mantenerse al corriente ante semejante alud de publicaciones de todo tipo? Un surtido espectacular de autores, un ejército muy numeroso entre los reconocidos de prestigio, los mediáticos, los de temática específica, los raros, los de autoayuda y los poetas que viven atormentados en su torre de marfil levitando en una nube de metáforas que, en principio, serían los que más corresponden para canjearlos por una rosa y un beso. ¡Poetas!

Este año lo viviré en el pueblo, otra visión y otro contexto de esta fiesta única. ¡Feliz Sant Jordi! Insistiré, no hagáis caso a la envidia de los impublicados que viven rumiando en el purgatorio de la soledad en mitad de la oscuridad inédita sin reconocimiento ni halagos mediáticos. Aquellos que por dedicatoria, en fechas como ésta, sólo pueden dejar hablar a los silencios.

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