¡Ha
llovido! El pasado sábado disfrutamos de un episodio insólito porque llovió sin
causar estragos muchas horas seguidas. Las cumbres de la Serra de Cavallera, tras
la niebla y la lluvia, las descubrimos bien blancas de nieve cuando las nubes las
rebasaron habiendo descargando en las cabeceras de los ríos. El Ter subió un
poco. La tierra sedienta se ha tragado muchos de los litros y por eso el
aumento del caudal no ha sido como solía, no se ha producido una fuerte riada
de aquellas que arrastran vegetación y sedimentos, pero hemos visto el río como
bajaba con más alegría y algo más caudaloso mientras una colchón de nieve
considerable cubría la montaña, depósito natural de más agua a medida que se
vaya fundiendo la nieve.
Ha
sido un placer, un gozo compartido por todos. Hemos asistido a un espectáculo de la naturaleza
que cae del cielo. Los que viven pendientes de los pastos lo definen
gráficamente -¡Caen duros! Inversiones acuáticas en la bolsa de futuros
mientras los campos verdean sin timidez o las fuentes vuelven a manar. ¡Ay,
quién tuviera la llave del grifo del cielo! Cuántas personas nos embelesamos
viendo cómo las canaleras iban llenas de una lluvia amorosa. Qué placer caminar
debajo del paraguas sintiendo el goteo del agua mientras sorteamos los charcos.
Ha costado, pero la naturaleza ha desmentido finalmente el anuncio
institucional ya que, efectivamente -me fijé- el agua caía del cielo.
La
prensa se hace eco de la comitiva que el arzobispo Joan Josep Omella
protagonizó con un centenar de barceloneses creyentes tras la figura del Santo
Cristo de la Sangre el día que más ha llovido remojándolos a todos. Dios les
hizo caso a la anticipada. Una procesión a tal fin con quinientos años de
tradición. La noticia especifica que la última vez que el Santo Cristo de la
Sangre, con sede en Santa María del Pi, había salido para provocar las nubes
fue en 1945. ¡Bienvenida lluvia!
Un
caso similar, pero con nefastas consecuencias, se produjo a principios del
siglo pasado. Debido a otra grave sequía en las comarcas del Pirineo
gerundense, los habitantes del Ripollès hicieron una rogativa yendo en
procesión a Núria. La Virgen de Núria se da buena mano mediando en este tipo de
peticiones. Pidieron lluvia, el motivo de la romería. De regreso, el cielo se
tapó amenazante y descargó una granizada que dañó los cultivos. La respuesta
celestial, en este caso, fue de una inmediatez fulminante y abrumadora.
Las
recientes tractoradas de la gente del campo también han tenido un punto de
procesión de autopista. Los campesinos motorizados han desfilado ordenadamente
con mucha fe en sí mismos. Sus rogativas -demandas- se han dirigido a unas
deidades más terrenales y de menor veneración. Habrá que ver si logran lo que
pretenden. De lo que estoy seguro es que tanta energía acumulada maldiciendo la
sequía debe haber resultado eficaz en cierto modo. Desconozco si conseguirán
reducir el papeleo que las administraciones les reclaman, pero que las miradas
al horizonte sin nubes y las súplicas cargadas de desesperación también habrán obrado,
finalmente, para que el agua vuelva a caer del cielo.
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