martes, 12 de marzo de 2024

El agua cae del cielo.

 

¡Ha llovido! El pasado sábado disfrutamos de un episodio insólito porque llovió sin causar estragos muchas horas seguidas. Las cumbres de la Serra de Cavallera, tras la niebla y la lluvia, las descubrimos bien blancas de nieve cuando las nubes las rebasaron habiendo descargando en las cabeceras de los ríos. El Ter subió un poco. La tierra sedienta se ha tragado muchos de los litros y por eso el aumento del caudal no ha sido como solía, no se ha producido una fuerte riada de aquellas que arrastran vegetación y sedimentos, pero hemos visto el río como bajaba con más alegría y algo más caudaloso mientras una colchón de nieve considerable cubría la montaña, depósito natural de más agua a medida que se vaya fundiendo la nieve.

Ha sido un placer, un gozo compartido por todos. Hemos  asistido a un espectáculo de la naturaleza que cae del cielo. Los que viven pendientes de los pastos lo definen gráficamente -¡Caen duros! Inversiones acuáticas en la bolsa de futuros mientras los campos verdean sin timidez o las fuentes vuelven a manar. ¡Ay, quién tuviera la llave del grifo del cielo! Cuántas personas nos embelesamos viendo cómo las canaleras iban llenas de una lluvia amorosa. Qué placer caminar debajo del paraguas sintiendo el goteo del agua mientras sorteamos los charcos. Ha costado, pero la naturaleza ha desmentido finalmente el anuncio institucional ya que, efectivamente -me fijé- el agua caía del cielo.

 La prensa se hace eco de la comitiva que el arzobispo Joan Josep Omella protagonizó con un centenar de barceloneses creyentes tras la figura del Santo Cristo de la Sangre el día que más ha llovido remojándolos a todos. Dios les hizo caso a la anticipada. Una procesión a tal fin con quinientos años de tradición. La noticia especifica que la última vez que el Santo Cristo de la Sangre, con sede en Santa María del Pi, había salido para provocar las nubes fue en 1945. ¡Bienvenida lluvia!

Un caso similar, pero con nefastas consecuencias, se produjo a principios del siglo pasado. Debido a otra grave sequía en las comarcas del Pirineo gerundense, los habitantes del Ripollès hicieron una rogativa yendo en procesión a Núria. La Virgen de Núria se da buena mano mediando en este tipo de peticiones. Pidieron lluvia, el motivo de la romería. De regreso, el cielo se tapó amenazante y descargó una granizada que dañó los cultivos. La respuesta celestial, en este caso, fue de una inmediatez fulminante y abrumadora.

Las recientes tractoradas de la gente del campo también han tenido un punto de procesión de autopista. Los campesinos motorizados han desfilado ordenadamente con mucha fe en sí mismos. Sus rogativas -demandas- se han dirigido a unas deidades más terrenales y de menor veneración. Habrá que ver si logran lo que pretenden. De lo que estoy seguro es que tanta energía acumulada maldiciendo la sequía debe haber resultado eficaz en cierto modo. Desconozco si conseguirán reducir el papeleo que las administraciones les reclaman, pero que las miradas al horizonte sin nubes y las súplicas cargadas de desesperación también habrán obrado, finalmente, para que el agua vuelva a caer del cielo.

 

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