domingo, 14 de noviembre de 2021

Todo “iba bien”, pero se fue la luz.

Hasta los años ochenta todavía subsistía alguna masía habitada que no disponía de luz, ni, por supuesto, de teléfono y el suministro de agua era precario, sólo un grifo que surtía sin demasiada alegría. Eran los habitantes habituados a una situación que hoy nos parecería más que insostenible, literalmente apocalíptica. El anuncio o advertencia del corte de suministro eléctrico ha levantado polvareda y mucha alarma social. En unas décadas hemos pasado de un rusticismo energético a una eclosión tecnológica de la cual vivimos absolutamente dependientes. Recordando los cortes que nos han desenchufado sólo unas horas, como mucho unos días y a lo sumo una semana, la sensación es angustiosa. De impotencia. De abandono. Desprotegidos recurrimos a las linternas que tenemos estratégicamente repartidas por la vivienda, en las mesitas de noche y una, la más potente, junto a contador de la luz velando las inciertas e imprevistas apagadas recurrentes de cuando hace más frío o demasiado calor. Apagones que suelen acontecer a oscuras, en la mitad del telediario noche cuando el hombre del tiempo también anuncia las perversidades meteorológicas que azotan al país.

Hasta ahora hemos vivido los desastres de los distintos suministros energéticos, anécdotas localizadas en una zona muy concreta, como espectadores sin demasiada empatía mientras, en casa, todo funciona con un clic a la velocidad de la luz. Incidentes en una tubería de gas o de agua, averías en las líneas de alta tensión y de otras fugas que había que arreglar urgentemente de las que hacíamos un seguimiento en el inventario de los productos congelados que se les han echado a perder a los del restaurante del barrio. Estas últimas semanas ha hecho fortuna la catástrofe de las catástrofes, un posible y próximo fallo absoluto del sistema, una situación irreparable por la vía de las urgencias y sin plazos. Acojonados y crédulos hemos agotado los productos de subsistencia, que si no son suficientemente efectivos, confieren cierta seguridad ficticia. Nos lo tomamos como una acampada de fin de semana sin fuego de campo, pero.

Cuántas alarmas pronosticando el final de una era no habremos vivido. El maltusianismo del siglo dieciocho ha ido evolucionando. Proclamaba el control de natalidad como la única forma de conseguir la supervivencia de la humanidad. Entonces, la teoría predecía el hambre porque los recursos naturales no serían suficientes para alimentar a la población creciente del planeta. Reducir los nacimientos y que las guerras y epidemias hicieran su curso retrasando la crisis total de la alimentación, según Malthus, era la única esperanza. Este clérigo inglés no habló de la falta de aire o agua, algo que las derivadas del maltusianismo último -y la realidad climática actual- ya incorporan. Bienvenidos a la ecofobia.

Aprender a acostarse con una vela y una caja de cerillas debajo de la almohada era una costumbre que va asociada a conciliar el sueño rápidamente para combatir el miedo a la oscuridad, a los aullidos de los perros que persiguen fantasmas incorpóreos. En la pared encalada, torpe, e irregular están colgadas en sendas estacas las escopetas, los zurrones de cazar conejos o bichos diversos de cazuela y los miedos irracionales. Nos salva que el mundo renace puntual cada mañana por el horizonte y se reemprende la actividad. Unos puñados de agua apresurados y breves para limpiar la mirada avispada de los niños antes de arrebujarse junto al fuego donde se renuevan los rescoldos de las brasas de la noche anterior que quemaron las historias del universo cercano y tostar una rebanada de pan de payés untada con aceite.

Los cajones de la memoria se iluminan con velas, luces de carburo de llama metálica y anaranjada como antorchas humeantes de espesa niebla que ennegrecían las vigas y el entablado de los techos en los corrales. Lámparas de aceite, de petróleo y la primordial viveza amorosa del fuego en el hogar al abrigo del cual se cocían la vida y los pucheros.

Desconozco cuáles eran las miserias energéticas con las que convivían los niños en la ciudad. Maltusianamente la vida en el campo o en las aldeas pequeñas estaba más resuelta. La autarquía doméstica era un hecho gracias a las despensas y a los huertos en comarcas donde sólo había que mercadear artículos de lujo como el azúcar, el café, el vino y el aceite, todos ellos una extravagancia culinaria. Ahora mismo restablecer esa sostenibilidad espartana en el consumo -y en el tratamiento de los residuos- parecería imposible. El progreso relacionado básicamente con las fuentes energéticas que lo hacen girar en nuestras comarcas también se ha globalizado y homologado con el mismo número de semáforos por metro cuadrado asfaltado. Un punto de regreso que una cabra y una lechuga neorurales no resuelven.

En el cruce por la supervivencia bajo amenazas diversas estos días buscamos la salida a una de las más desgarradoras y democráticas porque nos toca de lleno a todos, el cambio climático que ya nadie cuestiona -ni el primo de Rajoy-. En Glasgow tiene lugar el encuentro de los cabezas grandes para llegar a un acuerdo. Greenpeace considera excepcionalmente endeble el primer borrador de la declaración final de la Cumbre por el Clima. Denuncian que en la propuesta no hay ninguna mención a la eliminación progresiva de los combustibles fósiles en contra de las indicaciones de los expertos. Es necesario, según los entendidos, acabar con el carbón, el petróleo y el gas de forma inmediata para cumplir con los objetivos del Acuerdo de París para evitar que el planeta se caliente más de 1,5 grados centígrados.

Veremos cómo evoluciona la lucha por descatalogar los tradicionales intereses nocivos y contaminantes con el derecho al desarrollo que también tenemos todos, especialmente las comunidades más frágiles y a menudo las menos contaminantes. La imagen asombrosa del ministro de Asuntos Exteriores de Tuvalu interviniendo en la COP26 con el agua del mar hasta las rodillas para alertar del riesgo de que la subida del nivel deje bajo el agua a países enteros, como el suyo, es de lo más gráfica e impactante. Tuvalu es una isla en medio del océano Pacífico con 11.792 habitantes -así de exacto, según la prensa- a quien el planeta puede pasar una factura excesiva debiendo pagar los excesos ajenos.

Y cuando " todo iba bien ", se fue la luz -remachó el filósofo-.

 

 

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