martes, 30 de noviembre de 2021

Tregua navideña.

Esperando la tregua navideña después de las tormentas literales que nos han privado del sol y que hielan el ambiente. Días de agua, ventosos, de granizadas y con tornados junto a la costa. Pero en casa ya hemos colgado los detalles navideños por si resplandecen con bienaventuranza el espíritu festivo de los turrones y la nieve en la montaña. La ciudad también ha encendido las luces impetuosas que parpadean su oscuridad. Navidad en la esquina y el Trabucador quebrado, el sutil y pintoresco istmo en el delta del Ebro que la furia desatada de la naturaleza ha vuelto a romper, un pluviómetro natural que mide el desastre.

Los días previos al gran viernes negro, como el del Trabucador, también preludian la avalancha consumista que nos engullirá antes de que lo hagan las diversas restricciones planificadas o la pandemia que aúlla a la luna llena de los lobos, redonda como un requesón de Montserrat. Vivimos entre pánicos. Volvemos a sufrir -o reverdece- la incertidumbre instalada en un estado insólito casi permanente al que podemos integrar a la falsa normalidad situaciones excepcionales. Ya me sabe mal tener que reeditar la gaceta del confinamiento, una enciclopedia -o una serie de Netflix doblada al catalán-, que va engrosando los volúmenes o episodios de la que el ministro de sanidad alemán ha hecho un spoiler: “vacunados, curados o muertos”. Me decanto por el final feliz con el virus cargado de melancolía cabalgando hacia el horizonte en cuanto acabe el invierno como proclama la trivialidad del ministro. Mientras, resucita el salvoconducto digital con ímpetu para poder compartir en un establecimiento un arroz a la cazuela con mejillones bajo tejado porque ahora nos acometerá una feroz ola de frío polar que ha entrado por el noreste peninsular.

Hasta la concreción de este más negro que viernes han confluido muchos acontecimientos que marcan noviembre, un mes que del brazo con febrero -el mes de los gatos- podríamos hermanar con los lunes. Parecen meses fúnebres que sólo sirven para rellenar el calendario. ¿Qué tienen de encantador noviembre y febrero? ¿Por qué, en la arbitrariedad con que medimos los días, no los deshojamos diluyéndolos en un nuevo almanaque redondeado con sólo diez meses? Hablemos.

Va, animémonos, levantemos la cabeza que el espíritu navideño ya está aquí empapando lo terrenal. Fijaos como El cuento de navidad de Dickens, que inspiró la versión del ratoncito Mickey, habrá animado también el consenso político para aprobar, como en una trepidante sesión de navidad a tres bandas, los presupuestos estatales, catalanes y municipales de una tacada. Una carambola perfecta si no fuera por el siete en el tapete de Maragall.

El resto del panorama antes de fiestas anticipa tendencias para el año que estrenaremos. Viene empapado también por el espíritu de los negros viernes que llevan tentadoras ofertas y golosas propuestas destacando en los escaparates la rebaja de la lengua catalana en los currículos escolares con llamativos neones judiciales adelantándose en materia de hacer cagar el tió a bastonazos.

También marcan tendencia, más allá de la anécdota, otras proclamas. Como la producida en el encontronazo entre un grupo de estudiantes antifascistas en un punto de información que una asociación españolista había instalado en la plaza Cívica de la Universidad Autónoma de Barcelona con los Mossos d'Esquadra de intermediarios. Los altercados han concluido, megáfono en mano, apelando a la libertad advirtiendo que conseguirán ilegalizarlos, a los antifascistas.

Otra ha sido en el marco del día internacional para la eliminación de la violencia contra las mujeres -el Instituto Catalán de las Mujeres ha contado, este año, 12 feminicidios-. "Nosotros no odiamos a las mujeres, en nuestro partido hay muchas de gran valor, casi tanto como el de los hombres".

 

 

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