domingo, 18 de noviembre de 2018

Pompas Fúnebres La Alegría.

Aquellos poco previsores en la burocracia de la muerte, los que no cotizan, por ejemplo, a Pompas Fúnebres la Alegría para garantizarse un servicio lucido y bien florido, con carroza de lujo, media docena de caballos negros y una banda de música al estilo de Nueva Orleans, tienen claro que este asunto también lo dejarán en herencia. A pesar de convertirnos en los protagonistas, nuestro papel una vez traspasados -como dicen los profesionales de la cosa fúnebre- es mínimo y tirando a negro. Sólo podemos poner buena cara.

La muerte no era, hasta ahora, un problema para quien acaba de marchar. Al dolor, la ausencia y a la tristeza que nos inundan también había el papeleo y una serie de decisiones y gastos que había que gestionar. El ritual de siempre se puede ver alterado si se confirman los requerimientos que la Consejería de la Comunidad valenciana quiere implantar. La medida de mayor impacto que pretende imponer es que las personas que padecen obesidad mórbida -de calibre muy grueso- no podrán ser incinerados. Una batacazo contra la equidad con una discriminación para los gordos que ya no podremos ir al cielo por la vía del fuego purificador. 

La decisión airea cierto tufo a chamusquina. Veremos si se impone a pesar de la sensatez con que se postula. La cantidad de combustible a emplear en estos casos conlleva que se sobrepasen los niveles aceptables de contaminación ocasionados. Razones ecológicas para afrontar, también, una de las causas del cambio climático. Garantiza y valida esta verde voluntad -¿la última?- de la consejería que los candidatos a la incineración deben hacerlo con un ajuar mortuorio que no contenga elementos metálicos, complementos de plástico, de resina u otros altamente tóxicos desprendidos durante el proceso de combustión. Remata la recomendación aconsejando, preferentemente, que los sudarios deberán estar elaborados con materiales biodegradables. Para introducir sólo un aspecto cuestionable me fijaré en la exigencia biodegradable de los sudarios, que una vez horneados ​​al fuego infernal dudo que sea relevante. Se redondea el microclima o ecosistema macabro regulando que los ataúdes se custodiarán cerrados a cal y canto, refrigerados y a prueba de roedores carroñeros y de aves voladoras agoreras. 

Vivir rápido, morir joven y dejar un cadáver exquisito fue el destino fatal a ritmo de rock & roll de algunas estrellas rutilantes que cabalgaban vertiginosamente el riesgo, la fama, las drogas y el alcohol. La otra cara arrugada de la moneda es la de los viejos rockeros que nunca mueren. En la voluntad legislativa de la consejería se podría detectar cierta inspiración para que los cadáveres yazcan encantadores. Con un cuerpo que se corresponda al canon del perímetro corporal tirando a aerodinámico, proporcionado, al punto en masa corporal y con armónicas medidas entre la cintura y las caderas. Difuntos que al contemplarlos en la sala de velatorios nos hagan exclamar -¡Si parece que todavía baile!

Puestos a ser trascendentes podríamos decantarnos por la máxima anima sana in corpore sano que nos ha de abrir de par en par las puertas de la inmortalidad -y del crematorio- en un más allá donde el precio del metro cuadrado debe andar por las nubes. La asamblea de los traspasados debe reunir más miembros que socios tiene el Club Super3. Un dato de sentido común que nos hace sospechar que el cielo se está convirtiendo en un lugar de convivencia comprimida falto de suelo disponible. Y esto entronca con los microhogares para finados o nichos colmena -si se prefiere, pirámides caseras- que tampoco tienen resuelta la capacidad volumétrica relacionada con la obesidad mórbida. No todos tenemos garantizado un más allá soleado con vistas al Camp Nou. Tampoco todos dispondrán de un "campeón" como se vanagloriaba orgullosa una abuela acomodada a quien cuya estirpe edificaba en vida un céntrico panteón en el cementerio municipal. 

Concluiremos que morirse también será un problema propio, ya no dejaremos sólo la carcasa exánime en herencia sino que, si queremos disfrutar de todos los servicios y las comodidades de una urbanización paradisíaca, tendremos que reunir unas exigencias estrictas. Un buen pretexto, mientras no logramos los medidas estándar, para continuar haciéndonos el vivo. Porque, como decía un sabio vitalista, quien tenga prisa para convertirse en un buen aspirante que pase delante. 

¡Salud!


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