Aquellos poco
previsores en la burocracia de la muerte, los que no cotizan, por ejemplo, a Pompas Fúnebres la Alegría para
garantizarse un servicio lucido y bien florido, con carroza de lujo, media
docena de caballos negros y una banda de música al estilo de Nueva Orleans,
tienen claro que este asunto también lo dejarán en herencia. A pesar de convertirnos
en los protagonistas, nuestro papel una vez traspasados -como dicen los
profesionales de la cosa fúnebre- es mínimo y tirando a negro. Sólo podemos
poner buena cara.
La muerte no
era, hasta ahora, un problema para quien acaba de marchar. Al dolor, la
ausencia y a la tristeza que nos inundan también había el papeleo y una serie
de decisiones y gastos que había que gestionar. El ritual de siempre se puede
ver alterado si se confirman los requerimientos que la Consejería de la
Comunidad valenciana quiere implantar. La medida de mayor impacto que pretende
imponer es que las personas que padecen obesidad mórbida -de calibre muy grueso-
no podrán ser incinerados. Una batacazo contra la equidad con una
discriminación para los gordos que ya no podremos ir al cielo por la vía del
fuego purificador.
La decisión airea
cierto tufo a chamusquina. Veremos si se impone a pesar de la sensatez con que
se postula. La cantidad de combustible a emplear en estos casos conlleva que se
sobrepasen los niveles aceptables de contaminación ocasionados. Razones
ecológicas para afrontar, también, una de las causas del cambio climático.
Garantiza y valida esta verde voluntad -¿la última?- de la consejería que los
candidatos a la incineración deben hacerlo con un ajuar mortuorio que no
contenga elementos metálicos, complementos de plástico, de resina u otros
altamente tóxicos desprendidos durante el proceso de combustión. Remata la
recomendación aconsejando, preferentemente, que los sudarios deberán estar elaborados
con materiales biodegradables. Para introducir sólo un aspecto cuestionable me
fijaré en la exigencia biodegradable de los sudarios, que una vez horneados al
fuego infernal dudo que sea relevante. Se redondea el microclima o ecosistema
macabro regulando que los ataúdes se custodiarán cerrados a cal y canto,
refrigerados y a prueba de roedores carroñeros y de aves voladoras
agoreras.
Vivir rápido,
morir joven y dejar un cadáver exquisito fue el destino fatal a ritmo de rock
& roll de algunas estrellas rutilantes que cabalgaban vertiginosamente el
riesgo, la fama, las drogas y el alcohol. La otra cara arrugada de la moneda es
la de los viejos rockeros que nunca mueren. En la voluntad legislativa de la consejería
se podría detectar cierta inspiración para que los cadáveres yazcan
encantadores. Con un cuerpo que se corresponda al canon del perímetro corporal
tirando a aerodinámico, proporcionado, al punto en masa corporal y con
armónicas medidas entre la cintura y las caderas. Difuntos que al contemplarlos
en la sala de velatorios nos hagan exclamar -¡Si parece que todavía baile!
Puestos a ser
trascendentes podríamos decantarnos por la máxima anima sana in corpore sano que nos ha de abrir de par en par las
puertas de la inmortalidad -y del crematorio- en un más allá donde el precio
del metro cuadrado debe andar por las nubes. La asamblea de los traspasados
debe reunir más miembros que socios tiene el Club Super3. Un dato de sentido común que nos hace sospechar que el
cielo se está convirtiendo en un lugar de convivencia comprimida falto de suelo
disponible. Y esto entronca con los microhogares para finados o nichos colmena
-si se prefiere, pirámides caseras- que tampoco tienen resuelta la capacidad
volumétrica relacionada con la obesidad mórbida. No todos tenemos garantizado
un más allá soleado con vistas al Camp Nou. Tampoco todos dispondrán de un
"campeón" como se vanagloriaba orgullosa una abuela acomodada a quien
cuya estirpe edificaba en vida un céntrico panteón en el cementerio
municipal.
Concluiremos
que morirse también será un problema propio, ya no dejaremos sólo la carcasa
exánime en herencia sino que, si queremos disfrutar de todos los servicios y
las comodidades de una urbanización paradisíaca, tendremos que reunir unas
exigencias estrictas. Un buen pretexto, mientras no logramos los medidas
estándar, para continuar haciéndonos el vivo. Porque, como decía un sabio
vitalista, quien tenga prisa para convertirse en un buen aspirante que pase
delante.
¡Salud!
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