miércoles, 24 de octubre de 2018

La gota fría.

Una gota negra ha cruzado la Península. Una plaga meteorológica otoñal que también ha anegado de agua y de muerte las torrenteras de Baleares. Los abuelos hacen memoria y dicen que llueve como nunca antes se había visto. Viento, agua y desesperación ante la impotencia de los elementos desatados mientras nos sitúan en la medida de las cosas que no controlamos desde la debilidad humana. Indefensos y empequeñecidos por la fuerza de la naturaleza hay quien se acuerda de Santa Bárbara cuando truena “más fuerte que la furia de los huracanes. No dejes que los rayos me golpeen o el trueno me asuste".

Desde la creencia y de la fe a través de los rituales para vencer la tormenta, dominar las galernas, protegernos del pedrisco o prevenir la sequía lo encontramos en todas las manifestaciones de carácter religioso y en todas las culturas. El sol, la luna, las mareas, la tierra, el río, el volcán pertenecen todos a la Naturaleza, la diosa superior que rige la relación con lo que nos acoge y nos permite sobrevivir. Somos naturaleza, somos agua, somos sol y también somos luna contemplándola como crece desde el balcón de los misterios en un universo infinitamente enigmático y cargado de preguntas. ¿Quién o cómo se creó y por qué funciona esta armonía celestial? ¡Por si acaso, rogamos protección -y un buen paraguas- a Santa Bárbara! 

En la lucha contra los elementos los hemos desafiado. Hemos domesticado el rayo embotellando su fulgor en bombillas, hemos enjaulado el agua, hemos transformado los valles y hemos sometido las montañas. Hemos horadado el mundo. Nuestra prepotencia hacia la naturaleza ha cambiado de altares, primero los de la ciencia cuando osó desacralizar la Naturaleza, así que empezamos a remover entre los secretos divinos de los dioses y, lo más provocador de todo, a reproducirlos -a menudo muy torpemente-. Luego a comercializarlos, los milagros. Los hemos vendido y comprado sin ninguna consideración, hemos derrochado recursos y los vamos carbonizando con un olor a chamusquina que ya es insoportable. 

La autoridad formidable de la tormenta en todas las versiones posibles nos alerta de que podemos tener, ya no la batalla, sino la guerra perdida. Nos la devuelve. Es la revancha a la falta de ofrendas y de humildad porque nos hemos pasado de la raya. El desenfreno y los ultrajes deben tener su penitencia. Recogemos lo que sembramos. La gota fría, un concepto bautizado con un nombre más o menos inocuo, es un fenómeno cíclico a cada repetición más feroz y frecuente. Confirmar ciertamente que hemos trastornado el equilibrio y admitirlo abiertamente, nos produce pavor. El temible cambio climático alza la mano, ya es una evidencia que algunos vendedores de humo aún niegan sin sentir pudor ni vergüenza. ¡Demasiados intereses de por medio! 

Que los huracanes arrasen el Pirineo en la globalización también meteorológica significa que nos lo tenemos que hacer mirar. Por lo menos por la herencia que la civilización actual dejará en usufructo a nuestros herederos. Más aguaceros, más sequías, más incertidumbre y más catástrofes que, de verdad, un nuevo ciclo climático ya llama a la puerta. Ha llovido mucho -y ahora más- desde que tuvimos la constancia de los primeros indicios. Desde que los abuelos guiados por los signos del tiempo en sus aldeas detectaron que ya no había gorriones ni se dejaban ver tantas estrellas en el cielo. Los científicos hablaban de un agujero en la capa de ozono.

¿Estamos a tiempo de parar y revertir los estragos causados ​​por los gases de efecto invernadero producidos por la actividad humana? ¿Somos conscientes de las profundas consecuencias económicas y sociales que comportará? Los estudiosos nos alertan de las posibles sequías -a pesar de los chubascos de estos días- y de la seguridad alimentaria como problemas clave del cambio climático en el Mediterráneo. Seguridad, salud pública y pérdida de biodiversidad son las otras amenazas que compartiremos con las anteriores. 

De aquella manzana bíblica, principio del pecado original que nos condujo a ganarnos la vida con nuestras sudadas que han recalentado el planeta, nos hemos comido la mitad y el resto lo habita un gusano voraz.


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