Una gota negra
ha cruzado la Península. Una plaga meteorológica otoñal que también ha anegado
de agua y de muerte las torrenteras de Baleares. Los abuelos hacen memoria y
dicen que llueve como nunca antes se había visto. Viento, agua y desesperación
ante la impotencia de los elementos desatados mientras nos sitúan en la medida
de las cosas que no controlamos desde la debilidad humana. Indefensos y
empequeñecidos por la fuerza de la naturaleza hay quien se acuerda de Santa
Bárbara cuando truena “más fuerte que la furia de los huracanes. No dejes
que los rayos me golpeen o el trueno me asuste".
Desde la
creencia y de la fe a través de los rituales para vencer la tormenta,
dominar las galernas, protegernos del pedrisco o prevenir la sequía lo
encontramos en todas las manifestaciones de carácter religioso y en todas las
culturas. El sol, la luna, las mareas, la tierra, el río, el volcán pertenecen
todos a la Naturaleza, la diosa superior que rige la relación con lo que nos
acoge y nos permite sobrevivir. Somos naturaleza, somos agua, somos sol y
también somos luna contemplándola como crece desde el balcón de los misterios
en un universo infinitamente enigmático y cargado de preguntas. ¿Quién o cómo
se creó y por qué funciona esta armonía celestial? ¡Por si acaso, rogamos
protección -y un buen paraguas- a Santa Bárbara!
En la lucha
contra los elementos los hemos desafiado. Hemos domesticado el rayo embotellando
su fulgor en bombillas, hemos enjaulado el agua, hemos transformado los valles
y hemos sometido las montañas. Hemos horadado el mundo. Nuestra prepotencia
hacia la naturaleza ha cambiado de altares, primero los de la ciencia cuando
osó desacralizar la Naturaleza, así que empezamos a remover entre los secretos
divinos de los dioses y, lo más provocador de todo, a reproducirlos -a menudo
muy torpemente-. Luego a comercializarlos, los milagros. Los hemos vendido y
comprado sin ninguna consideración, hemos derrochado recursos y los vamos carbonizando
con un olor a chamusquina que ya es insoportable.
La autoridad
formidable de la tormenta en todas las versiones posibles nos alerta de que
podemos tener, ya no la batalla, sino la guerra perdida. Nos la devuelve. Es la
revancha a la falta de ofrendas y de humildad porque nos hemos pasado de la
raya. El desenfreno y los ultrajes deben tener su penitencia. Recogemos lo que
sembramos. La gota fría, un concepto bautizado con un nombre más o menos
inocuo, es un fenómeno cíclico a cada repetición más feroz y frecuente.
Confirmar ciertamente que hemos trastornado el equilibrio y admitirlo
abiertamente, nos produce pavor. El temible cambio climático alza la mano, ya
es una evidencia que algunos vendedores de humo aún niegan sin sentir pudor ni
vergüenza. ¡Demasiados intereses de por medio!
Que los
huracanes arrasen el Pirineo en la globalización también meteorológica
significa que nos lo tenemos que hacer mirar. Por lo menos por la herencia que
la civilización actual dejará en usufructo a nuestros herederos. Más aguaceros,
más sequías, más incertidumbre y más catástrofes que, de verdad, un nuevo ciclo
climático ya llama a la puerta. Ha llovido mucho -y ahora más- desde que
tuvimos la constancia de los primeros indicios. Desde que los abuelos guiados
por los signos del tiempo en sus aldeas detectaron que ya no había gorriones ni
se dejaban ver tantas estrellas en el cielo. Los científicos hablaban de un
agujero en la capa de ozono.
¿Estamos a
tiempo de parar y revertir los estragos causados por los gases de efecto
invernadero producidos por la actividad humana? ¿Somos conscientes de las
profundas consecuencias económicas y sociales que comportará? Los estudiosos
nos alertan de las posibles sequías -a pesar de los chubascos de estos días- y
de la seguridad alimentaria como problemas clave del cambio climático en el
Mediterráneo. Seguridad, salud pública y pérdida de biodiversidad son las otras
amenazas que compartiremos con las anteriores.
De aquella
manzana bíblica, principio del pecado original que nos condujo a ganarnos la
vida con nuestras sudadas que han recalentado el planeta, nos hemos comido la
mitad y el resto lo habita un gusano voraz.
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