Los griegos llamaban "idiota" a aquellos
ciudadanos particulares tan peculiares que debido a su idiosincrasia y a su
idiolecto nadie entendía ni comprendía. Eran tan idiosincrásicos que no podían
-o no querían- pertenecer al grupo por raros. La idiotez hoy la entendemos como
el barniz que hace relucir a los ignorantes, a los estúpidos o a los vulgares.
Ha evolucionado de designar la originalidad griega a la crudeza vigente.
A menudo el motivo y la estrategia para rehuir la
idiocia o el cretinismo -si los padecemos- es diluirla entre el pelotón en
nombre del cual la humanidad desde que es bípeda se ha cobijado para justificar
las aberraciones, la guerra y el holocausto. Con la bandera del conjunto al que
nos adscribimos -o nos apuntan- las ejecuciones pueden convertirse en objetivo
cuando el terror y el odio han cristalizado en ideales. Momentos, demasiados,
que ni la metáfora puede razonar el desconcierto y la rabia porque alimentan
más repugnancia aun.
Comitivas con los ojos anegados y el corazón
encogido tras la locura que estrella un avión, en los Alpes o en las Torres
Gemelas. Cortejos fúnebres anticipados -no era la hora todavía de embarcarse-
aterrizando en destinos para los que no habíamos comprado billete. ¡Cuánta
inquietud! Venimos del 11 de septiembre, la fecha en que el orden mundial
cambió sacudido por las acciones de unos actos no declarados propiamente
bélicos. Un aguijón doloroso arremetió contra el orgullo del elefante adormecido
en el punto que más daño le podía infringir. ¿Cómo reaccionaría este paquidermo
cuando se despertara de la pesadilla?
Escribía en septiembre de 2001 -en Miralls i Espantalls cuando no era
público- que América sigue perpleja y hundida en el horror. Los analistas hacen
cábalas. Las televisiones continúan emitiendo especiales informativos. Difunden
la imagen de Arafat donando sangre para las víctimas del atentado. El paisaje
del día después es del todo apocalíptico. Chatarra, polvo y silencio con el
horizonte urbano desmochado. A la fachada del poder económico mundial le han
destrozado el escaparate.
El terror globalizado con voluntad de empeñar en
ello sin pesar la vida. Ha terminado una época y lo que la sucederá puede ser
gris o negro, sin duda oscuro. Ni las luces optimistas de los rascacielos más
grandes del mundo podrán desvanecer el recuerdo del horror o la mortandad
indiscriminada que ha tenido lugar este martes en Nueva York. Como mínimo, en el
tercer milenio, se ha reforzado la desconfianza, la sospecha y un estado
policial más represivo. Esta madrugada en diversos lugares de los EU han sido apedreados
centros islámicos y algunas mezquitas. La huella de una bala en una vidriera
era el agujero preciso del odio contra el mundo árabe sin distinciones.
Rusia y la OTAN apoyan a USA. Bush ya tiene carta
blanca para pasearse por el espacio aéreo internacional con el visto bueno y la
colaboración de los aliados para aplastar a los enemigos de la civilización
occidental. Esperemos que sea justo y que realmente el castigo que le reclama
la sociedad sea proporcionado y vaya dirigido sólo a los culpables. No acertar puede
avivar el odio y las represalias con una cadena de golpes recíprocos en una
espiral infinita y mundial.
¿Qué está pasando? ¿Qué puede suceder y cuáles
serán las consecuencias de este eco de los cañones que resuena por todas partes?
No lo sé. Pocos lo sabrán, es probable que ni los mismos responsables lo tengan
claro. ¿Contra quién dirigirán esta furia de gigante imperial herido que clama
venganza? A todo un pueblo, a una nación, a una religión, a una etnia o a los
andrajosos árabes de chilaba ajada de cualquier desierto o estepa reseca y sedienta?
En Estados Unidos a los centros islámicos y a las comunidades árabes ya las han
demonizado y juzgado en un paquete integral -o deberíamos decir global? - ¡Todos
culpables! No tan lejos, en Madrid, han tirado huevos a la fachada de una
mezquita -después del atentado de Bruselas se ha reproducido una acción ultra
contra la mezquita de la M30-.
El terrorismo es negro, escurridizo y descabezado.
Es una sombra que muerde cobarde y a traición. ¿Dónde sus cuarteles y sus
cubiles? Como una serpiente nocturna aguijonea el enemigo y lo aniquila para
fugarse sin dejar ningún rastro que no sea la sangre -también la propia-, el
horror y la impotencia. Y esto es precisamente lo que le ha pasado al águila
altiva e imperial estadounidense. Una punzada en su nido que creíamos el más
inaccesible cuando menos se esperaba y por la espalda. Y en la sacudida por un
cierto sentimiento ingenuo de invulnerabilidad prepotente, la rabia debe ser,
por fuerza, inmensa. La frustración humillante y el dolor espantoso. Ahora es
la hora de asumir la pérdida, de administrar a los huérfanos y a la muerte más
dura, la que no se anuncia y que ya no le va quedando ni el pretexto milagroso
de resucitar debajo de los escombros.
Porque en este hundimiento se ha desmenuzado una
era. Se ha agrietado una época, una manera de hacer y de ser. La luz fálica, el
faro del librecambismo democrático de la libertad individual -a menudo injusto
y cargado de diferencias- yace abatido entre escombros mientras la economía
mundial ha sufrido un infarto y está en la unidad de cuidados intensivos. El
patrón mundial, el reloj del universo se ha detenido. La American life también está paralizada con el corazón helado.
Mientras, la incertidumbre ...
Mientras, la desconfianza en los líderes
mundiales. ¡Qué vacío de poder y cuánta soledad invadieron, con el polvo y la
metralla del World Trade Center desmoronándose,
a la sociedad de las grandes urbes y de los decorados más vistosos de la
iconografía cinematográfica del mundo occidental! Bush con cara de pardillo,
solo, caminando por el césped. Y el edificio más poderoso del mundo, el
Pentágono, tocado. Y los militares escabulléndose como podían -en un caos
ausente de desfiles heroicos- sin saber qué les estaba sucediendo.
No es un argumento desconcertante de ficción
apocalíptica -inverosímil- porque está basado en hechos reales. El mundo
contuvo la respiración y la angustia se instaló en las pantallas sin ser
demasiado conscientes de que asistíamos a la inauguración de la nueva era
mediática, tecnológica y, sobre todo, policial. Desgraciadamente me temo que se
acerca un XXI gris, oscuro y donde el miedo puede hacer renacer pecados
históricos que pensábamos sepultados. Porque la transigencia con la diversidad
también ha sido tocada de gravedad por los aviones suicidas.
Ahora nos queda sólo la prudencia, el sentido
común y la justicia para que la rabia no sea administrada en una revancha
desproporcionada y aleatoria. Como clamaban ayer algunos americanos en una
pancarta: ¡Justicia sí, venganza no! Aplastar
el cesto con las manzanas para separar unas cuantas puede desatar una espiral
de violencia aún más espeluznante. A los fanáticos con el odio afilado, a los
huérfanos fáciles de captar de las desproporcionadas guerras injustas y a los
integristas con prisa para inmolarse y llegar al paraíso no necesitan más
pretextos para odiar aún más este mundo de luz y rascacielos ofensivos. Yo
también deseo que la herencia sea, por encima de todo, la paz y la
justicia.
En 2016 el terrorismo puede haber cambiado de
país, de estrategia o de objetivo -Nueva York, Madrid, París y ahora Bruselas...-,
pero no ha alterado su condición. Las palabras no sirven para razonar el
desconcierto y la rabia entre tanta abominación.