Estos días vuelven a pasar por la cabeza las
escalofriantes imágenes de lo que sucedió en Vallter el día 30 de diciembre del
2000. Con los años se ha magnificado el suceso y se ha recreado cómo pudo
suceder aquel hecho tan terrible. Recuerdo cómo la gestación de la estación de
montaña de Vallter 2000 estaba cuestionada por la gente que conoce su historia
y que alegaba los fuertes vientos que acostumbran a azotarla. Básicamente,
pastores y ganaderos y los que conocían los pelos y señales de estos lugares
antes de que un ingeniero dibujara las líneas en un plano de intenciones. Estos
días se estrena Balandrau, la producción que quiere insistir en lo
difíciles que fueron aquellos días por la muerte de nueve personas implicadas.
Han pasado muchos años. Os confieso que aún no he mirado este relato.
De la carretera que sube por el Valle de Camprodon
hasta esa triste noche, yo estaba en el pueblo de la Ral, una aldea que no llega
a los cincuenta habitantes. Dicen los cazadores de aquellos años que se
detenían en las llanuras de cultivo de la Ral para observar si el viento que
llegaba era un indicio de las fuertes turbonadas, que soplaban desde Setcases
hacia el valle donde ahora se encuentra la estación de montaña. El rumor
constante en los pastos era algo a tener en cuenta. La ventisca es un viento traidor,
un enemigo para la gente ignorante de sus consecuencias. Sopla impetuoso siendo
propio de la región pirenaica; levanta y arremolina la nieve, de modo que la
visibilidad mengua sensiblemente. Desde pequeño, esta palabra formaba parte de
nuestra conciencia. Oíamos hablar con toda la precaución que se pueda conferir.
¡El torp! No es una nevada, sino nieve levantada por el viento. Puede
reducir la visibilidad a cero y puede inmovilizar físicamente a una persona.
Aquella noche, en la Ral, cenando, se podía sentir
cómo aullaban los aparatos movibles. Como las barandillas ejercían de cepillos afilados
por el viento. Soplaba con toda la certeza; aquellos estremecimientos tenían o
tendrían consecuencias graves si no habías conseguido distraer las airadas
fuerzas por cómo soplaba. Quien podría suponer que había gente en la montaña
soportando la ira de aquellos estertores. Era una noche de ráfagas azotando las
costas elevadas. Abrir una ventana en la Ral ya era un acto audaz. Quién podía
imaginar la ignorante temeridad con la que algunas personas habían decidido
trepar por aquellos lugares.
Ese día el Ripollès despertaba con
un cielo frío y un viento que silbaba con aquella insistencia propia del
invierno. Nada hacía pensar en la tragedia. Nada que hiciera sospechar que la
montaña estaba a punto de mostrar la cara más indomable. En Vallter, los coches
llegaban y volvían sin problemas. Familias, grupos de conocidos, montañeros
solitarios. El Balandrau, con su amable silueta, parecía un destino perfecto.
Una cima que no impone, que no atemoriza. Hacia el mediodía, el viento dejó de
ser un fenómeno meteorológico para convertirse en una fuerza cruel. Rachas
superando la fuerza habitual golpeaban la cresta del Balandrau. Los testigos
que sobrevivieron lo explican -en la mezcla de incredulidad y terror- andar era
luchar contra una pared invisible. El ruido era ensordecedor, un rugido
constante que hacía imposible pensar con claridad. Y entonces, en un instante
que nadie pudo anticipar, la nieve cedió. El alud empezó a moverse con una
rapidez inhumana, arrastrándolo todo. Personas, equipos y bastones. No había
tiempo para reaccionar. Sólo un ruido profundo, blanco, que lo tragaba todo, un
descenso violento hacia la nada. La montaña se había convertido en el
imprevisible monstruo.
Cuando el viento sopla fuerte allá arriba, muchos
recuerdan ese 30 de diciembre. Recuerdan que la montaña no siempre alerta. Que,
en ocasiones, el peligro no parece visible. Que la humildad es la mejor
compañera de ruta. De esos días quiero recordar la fuerza de las personas que
hicieron posible el rescate. Recuerdo –no sé si de manera imprecisa- como
algunos campesinos les alertaron, el tiempo podía convertirse en imprevisible
tras una montaña donde todo puede cambiar enseguida. Ésta era la lógica de
quien vive cercano, no parecía, aquél, el mejor día.
Tras el episodio, se reconoció que se necesitaban
predicciones más finas y localizadas para zonas de alta montaña. Algunas
fuentes destacan que la tragedia fue un punto de inflexión en la forma de
comunicar e interpretar los avisos de viento y ventisca. El torp del
Balandrau evidenció que un día aparentemente estable puede convertirse en un
infierno meteorológico en minutos. Ahora se sabe que se necesitan más
materiales de seguridad -GPS, balizas, ropa térmica adecuada-. Es necesaria
mucha prudencia en días de viento fuerte.
Los medios y la comunidad excursionista, tras este
hecho, remarcan repetidamente la lección.
No hay comentarios:
Publicar un comentario