domingo, 22 de febrero de 2026

Balandrau.

 

Estos días vuelven a pasar por la cabeza las escalofriantes imágenes de lo que sucedió en Vallter el día 30 de diciembre del 2000. Con los años se ha magnificado el suceso y se ha recreado cómo pudo suceder aquel hecho tan terrible. Recuerdo cómo la gestación de la estación de montaña de Vallter 2000 estaba cuestionada por la gente que conoce su historia y que alegaba los fuertes vientos que acostumbran a azotarla. Básicamente, pastores y ganaderos y los que conocían los pelos y señales de estos lugares antes de que un ingeniero dibujara las líneas en un plano de intenciones. Estos días se estrena Balandrau, la producción que quiere insistir en lo difíciles que fueron aquellos días por la muerte de nueve personas implicadas. Han pasado muchos años. Os confieso que aún no he mirado este relato.

De la carretera que sube por el Valle de Camprodon hasta esa triste noche, yo estaba en el pueblo de la Ral, una aldea que no llega a los cincuenta habitantes. Dicen los cazadores de aquellos años que se detenían en las llanuras de cultivo de la Ral para observar si el viento que llegaba era un indicio de las fuertes turbonadas, que soplaban desde Setcases hacia el valle donde ahora se encuentra la estación de montaña. El rumor constante en los pastos era algo a tener en cuenta. La ventisca es un viento traidor, un enemigo para la gente ignorante de sus consecuencias. Sopla impetuoso siendo propio de la región pirenaica; levanta y arremolina la nieve, de modo que la visibilidad mengua sensiblemente. Desde pequeño, esta palabra formaba parte de nuestra conciencia. Oíamos hablar con toda la precaución que se pueda conferir. ¡El torp! No es una nevada, sino nieve levantada por el viento. Puede reducir la visibilidad a cero y puede inmovilizar físicamente a una persona.

Aquella noche, en la Ral, cenando, se podía sentir cómo aullaban los aparatos movibles. Como las barandillas ejercían de cepillos afilados por el viento. Soplaba con toda la certeza; aquellos estremecimientos tenían o tendrían consecuencias graves si no habías conseguido distraer las airadas fuerzas por cómo soplaba. Quien podría suponer que había gente en la montaña soportando la ira de aquellos estertores. Era una noche de ráfagas azotando las costas elevadas. Abrir una ventana en la Ral ya era un acto audaz. Quién podía imaginar la ignorante temeridad con la que algunas personas habían decidido trepar por aquellos lugares.

   Ese día el Ripollès despertaba con un cielo frío y un viento que silbaba con aquella insistencia propia del invierno. Nada hacía pensar en la tragedia. Nada que hiciera sospechar que la montaña estaba a punto de mostrar la cara más indomable. En Vallter, los coches llegaban y volvían sin problemas. Familias, grupos de conocidos, montañeros solitarios. El Balandrau, con su amable silueta, parecía un destino perfecto. Una cima que no impone, que no atemoriza. Hacia el mediodía, el viento dejó de ser un fenómeno meteorológico para convertirse en una fuerza cruel. Rachas superando la fuerza habitual golpeaban la cresta del Balandrau. Los testigos que sobrevivieron lo explican -en la mezcla de incredulidad y terror- andar era luchar contra una pared invisible. El ruido era ensordecedor, un rugido constante que hacía imposible pensar con claridad. Y entonces, en un instante que nadie pudo anticipar, la nieve cedió. El alud empezó a moverse con una rapidez inhumana, arrastrándolo todo. Personas, equipos y bastones. No había tiempo para reaccionar. Sólo un ruido profundo, blanco, que lo tragaba todo, un descenso violento hacia la nada. La montaña se había convertido en el imprevisible monstruo.

Cuando el viento sopla fuerte allá arriba, muchos recuerdan ese 30 de diciembre. Recuerdan que la montaña no siempre alerta. Que, en ocasiones, el peligro no parece visible. Que la humildad es la mejor compañera de ruta. De esos días quiero recordar la fuerza de las personas que hicieron posible el rescate. Recuerdo –no sé si de manera imprecisa- como algunos campesinos les alertaron, el tiempo podía convertirse en imprevisible tras una montaña donde todo puede cambiar enseguida. Ésta era la lógica de quien vive cercano, no parecía, aquél, el mejor día.

Tras el episodio, se reconoció que se necesitaban predicciones más finas y localizadas para zonas de alta montaña. Algunas fuentes destacan que la tragedia fue un punto de inflexión en la forma de comunicar e interpretar los avisos de viento y ventisca. El torp del Balandrau evidenció que un día aparentemente estable puede convertirse en un infierno meteorológico en minutos. Ahora se sabe que se necesitan más materiales de seguridad -GPS, balizas, ropa térmica adecuada-. Es necesaria mucha prudencia en días de viento fuerte.

Los medios y la comunidad excursionista, tras este hecho, remarcan repetidamente la lección.

No hay comentarios:

Publicar un comentario