Desde
que vivimos en la miseria eurovisiva un telón de pesimismo se ha proyectado
ante el inminente verano que ya asoma alertándonos, serán necesarios la gorra, el
protector ultravioleta y tararear la canción estival. Las decisiones
mancomunadas del festival han relegado a la participante patria a la cola con
un triste antepenúltimo puesto decepcionante que menosprecia el tronío , el empoderamiento
epidérmico y el saber hacer y cantar aderezados con una pizca étnica
imprescindible, el sombrero cordobés, unos faralaes y el compás de una guitarra
española. Hablo sin fundamento y con poca propiedad ya que no vi la gala. Solo
el eco del descalabro nacional ha propiciado que eche un vistazo a la
contribución de la castiza intérprete, la diva esa de poca monta que no ha
conmovido demasiadas sensibilidades melódicas. Un impacto con un punto de
interés visual mientras el escote desafiaba los pectorales al borde del
desbordamiento. Nada nuevo, una más que pasará sin pena ni demasiada gloria a
las gramolas veraniegas con sabor a paella precocinada innovada con la salsa
aprovechada de unos macarrones del día antes. En las bodegas de la canción
ligera -como la llamaban- seguro que hay pescado más fresco y con unas agallas
más ufanas.
Como
la cosa puede ir de ganadores o, como mínimo de participantes, el último evento
de masas concentrado en directo en las calles de la inquieta Barcelona -más
cercano- ha sido el desfile futbolístico del Barça para celebrar la cosecha de
victorias. Una vez más la ciudad se colapsa por un evento masivo como si todas
las alpargatas deportivas confluyeran en el Arco de Triunfo. Maratones,
semimaratones, bomberos en camiseta, carreras rosas de la mujer o las
promovidas por los grandes almacenes concurren en el ensanche barcelonés. Por
unas horas el sudor y el reflujo de las bebidas isotónicas se imponen a los
efluvios de los carburantes. Vivir en estos distritos urbanos tan
frecuentemente afectados por estos eventos de tipo deportivo -también por la
celebración del año chino, la Mercè, la semana del libro en catalán o la
pacificación de las calles cercanas a las zonas escolares- es un peaje más,
sino cívico, penitente o mortificante para los afectados por las restricciones.
La
pasión que vuelve a levantar el Barça entre la afición se congregó en las
calles y en TV3 -3Cat-. Aupados en la carroza triunfal estaba la tropa de los
jugadores y el general que los adiestra. Los héroes han desfilado para
demostrar que son humanos, de este mundo ya que bajan directamente del cielo
deportivo para exponerse a la cercanía y al rescoldo de los seguidores
orgullosos por los logros alcanzados. Guerreros del césped venerados por el
juego de pies y los aciertos. Mantener la retransmisión y la cobertura del
desfile ha sido un ejercicio loable. ¿Qué cuentas ante la inactividad, la falta
de regates, de goles y sin las polémicas arbitrales? La monotonía de la
retransmisión rompía la emoción y el juego que el público asiduo exige en la
arena de los estadios. No así en el certamen de la canción europea, una especie
de liga a cubierto concentrada en una sucesión de intervenciones que se
resuelve en una sesión final.
Lo
importante ya no es participar, lo fundamental es ganar, vencer. Quién recuerda
las medallas de plata o de bronce en cualquiera de las olimpiadas que
concentran a los mejores de una especialidad, sea la que sea, cultural, de
alpargata o de engullir calçots. ¿Quién rememora a los que no cruzaron la línea
de meta en primer lugar? No ganar es empadronarse en la mediocridad. Un
concepto, una percepción bien arraigada, que alcanza también los procesos
trascendentes como la elección de un papa. León XIV ha llegado destacado con la
sotana bien seca, sin sudor ni jadeos, sin las zapatillas rojas para un largo
maratón vaticano. Empeñado en la paz -¡suerte!- contrasta con quienes disputan
guerras y desatan las monstruosidades genocidas en la tierra, que también
quieren ganar. Pero la guerra es derrota con humillación, aniquilación y
destrucción que van más allá de vencer. La guerra desafina con espasmos de cañón.
La guerra juega sucio tanto en campo propio o como visitante.
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