Pese
a mi resistencia, no hablar de la imagen del día es casi imposible. Es un hecho
que los mandatarios, cuando reciben a alguien con mucha rimbombancia mediática
le ofrezcan un presente simbólico con una intensa y obligada carga emocional
para el anfitrión como quien entrega un pedazo de corazón sin aliños -sin
vinagretas- al homenajeado. Lo de regalar una copia hiperbólica de la llave de
la ciudad es una ordinariez muy pasada de moda que ya sólo se practica en
algunas cabalgatas de los Reyes Magos. Siempre hay una alternativa comestible,
una golosina de las que se comen o se chupan. Por ejemplo, en todo caso queda
bien que el Presidente del Consejo Comarcal del Ripollès obsequie a un insigne
invitado -o estando él de visita- una caja de Galletas Birba de
aquellas metálicas o que el Abad de Montserrat no se olvide del gran
licor Aromes del Montserrat como un presente institucional
consolidado.
Hoy
la imagen de una de estas ofrendas diplomáticas se ha hecho muy visible -por
inusual- en el encuentro entre Milei, el presidente argentino de las chapas
criptográficas bastardas, y Musk, la mano derecha alérgica a las urnas del
sheriff americano, en la primera jornada de la conferencia ultra en Washington.
Milei, insigne visitante, podía haber optado por venir cargado de los
utensilios y de la materia prima pertinentes para un asado selecto con casquería
de vaca de la pampa argentina sazonado con un tarro de chimichurri.
No sucedió así.
El
argentino ha entregado al líder del Departamento de Eficiencia Gubernamental
una motosierra nueva de trinca, cromada y con cero kilómetros u horas de uso,
que es cómo miden estos utensilios la vida útil mientras desbrozan y talan
bosques de todo tipo y de calibre grueso. Un serrucho como un coche de lujo,
sin duda el Rolls-Royce -o el Tesla- de las motosierras, que debe costar un capital comparado con
una buena pieza de culata de ternera también llamada churrasco en
Argentina. Musk ha berreado -blandiendo el arma de doble filo cual espada
imperial toledana- "esto es la motosierra para la burocracia".
Que
te regalen un pin, una placa con una inscripción, una planta o un ramo de
flores -que son de mal acarrear a casa-, una esculturita discreta o una caja
de Galletas Birba entra en los supuestos que podríamos clasificar de
normales. Incluiré entre los presentes posibles nuestra longaniza -unidad de soborno
administrativo de hace unas décadas-. Detalles que terminan en la panza del
buey o en algún estante criando polvo y olvido. Pero un serrucho mecánico...
¿Qué haces con un serrucho? Conozco a algún talador de bosques que sí lo
encontraría magnífico, que le regalaran un utensilio como éste con tanta
calidad y de apariencia suntuosas.
Me
figuro este presente colgado en la cabecera del despacho del eficientísimo gran
jefe gubernamental junto a un meteoro procedente de Marte. Dicen que este
personaje y su equipo no presentan síntomas de desaceleración -ni el serrucho
motorizado tampoco- cercenando bien de raíz el espeso bosque de funcionarios y
empleados de la fuerza laboral federal estadounidense. Algunos que han sufrido
o sufrirán la humillante experiencia se atreven a imaginar cómo puede ser la
atmósfera hostil en estos despachos tras la incorporación de este artilugio. Sufren
pesadillas con la torpeza gruñona del motorcito que embrutece con el
combustible quemado la estancia encharcándose de sangre pastosa tras cada
despido que un individuo con estética Freddy Krueger despacha.
Ciertamente,
un artefacto además de poético, sensible.
No hay comentarios:
Publicar un comentario