domingo, 23 de febrero de 2025

Ofrendas diplomáticas.

 

Pese a mi resistencia, no hablar de la imagen del día es casi imposible. Es un hecho que los mandatarios, cuando reciben a alguien con mucha rimbombancia mediática le ofrezcan un presente simbólico con una intensa y obligada carga emocional para el anfitrión como quien entrega un pedazo de corazón sin aliños -sin vinagretas- al homenajeado. Lo de regalar una copia hiperbólica de la llave de la ciudad es una ordinariez muy pasada de moda que ya sólo se practica en algunas cabalgatas de los Reyes Magos. Siempre hay una alternativa comestible, una golosina de las que se comen o se chupan. Por ejemplo, en todo caso queda bien que el Presidente del Consejo Comarcal del Ripollès obsequie a un insigne invitado -o estando él de visita- una caja de Galletas Birba de aquellas metálicas o que el Abad de Montserrat no se olvide del gran licor Aromes del Montserrat como un presente institucional consolidado.

Hoy la imagen de una de estas ofrendas diplomáticas se ha hecho muy visible -por inusual- en el encuentro entre Milei, el presidente argentino de las chapas criptográficas bastardas, y Musk, la mano derecha alérgica a las urnas del sheriff americano, en la primera jornada de la conferencia ultra en Washington. Milei, insigne visitante, podía haber optado por venir cargado de los utensilios y de la materia prima pertinentes para un asado selecto con casquería de vaca de la pampa argentina sazonado con un tarro de chimichurri. No sucedió así.

El argentino ha entregado al líder del Departamento de Eficiencia Gubernamental una motosierra nueva de trinca, cromada y con cero kilómetros u horas de uso, que es cómo miden estos utensilios la vida útil mientras desbrozan y talan bosques de todo tipo y de calibre grueso. Un serrucho como un coche de lujo, sin duda el Rolls-Royce -o el Tesla- de las motosierras, que debe costar un capital comparado con una buena pieza de culata de ternera también llamada churrasco en Argentina. Musk ha berreado -blandiendo el arma de doble filo cual espada imperial toledana- "esto es la motosierra para la burocracia".

Que te regalen un pin, una placa con una inscripción, una planta o un ramo de flores -que son de mal acarrear a casa-, una esculturita discreta o una caja de Galletas Birba entra en los supuestos que podríamos clasificar de normales. Incluiré entre los presentes posibles nuestra longaniza -unidad de soborno administrativo de hace unas décadas-. Detalles que terminan en la panza del buey o en algún estante criando polvo y olvido. Pero un serrucho mecánico... ¿Qué haces con un serrucho? Conozco a algún talador de bosques que sí lo encontraría magnífico, que le regalaran un utensilio como éste con tanta calidad y de apariencia suntuosas. 

Me figuro este presente colgado en la cabecera del despacho del eficientísimo gran jefe gubernamental junto a un meteoro procedente de Marte. Dicen que este personaje y su equipo no presentan síntomas de desaceleración -ni el serrucho motorizado tampoco- cercenando bien de raíz el espeso bosque de funcionarios y empleados de la fuerza laboral federal estadounidense. Algunos que han sufrido o sufrirán la humillante experiencia se atreven a imaginar cómo puede ser la atmósfera hostil en estos despachos tras la incorporación de este artilugio. Sufren pesadillas con la torpeza gruñona del motorcito que embrutece con el combustible quemado la estancia encharcándose de sangre pastosa tras cada despido que un individuo con estética Freddy Krueger despacha.

Ciertamente, un artefacto además de poético, sensible.

 

 

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