domingo, 21 de julio de 2024

La hoja de cálculo Microsoft de San Pedro.

 

 Cuando practicábamos la contabilidad del gancho, lo de colgar las facturas y los recibos con una disposición rigurosamente cronológica aplicando el criterio de llegada, si una ventolera nos los descarriaba, no se paralizaba el sistema contable de los vecinos. Hoy un problema informático, que ha afectado a Microsoft, ha desatado una avería masiva en empresas de todo el mundo. Aeropuertos, trenes, medios de comunicación, hospitales o bancos no han podido operar. Los síntomas de esta pandemia global pueden concretarse en lo que los entendidos informáticos llaman “la pantalla azul de la muerte”. Algunos conocemos sus efectos cuando el ordenador no acaba de arrancar, la pantalla se vuelve azul y aparece un breve mensaje críptico en inglés, desgraciadamente es un epitafio informático. Por experiencia diría que suele coincidir con el momento en el que debemos plantearnos renovar la máquina. Hoy ha sido una excepcionalidad, un mal de muchos, que ha infectado también a los ordenadores en rodaje recién salidos de la caja.

El desespero de los pasajeros en los aeropuertos ha sido la tónica más visible del día. Compañías con las persianas bajadas, falta de información, retrasos y anulaciones que éstas se han sacudido de encima. Ellas no son las causantes del problema y las indemnizaciones que corresponderían no les conciernen. Un frenazo en la movilidad, en las finanzas, a los servicios médicos que a lo largo del día de hoy se han ido recuperando paulatinamente. Se ha visto cómo las tarjetas de embarque se expedían a mano, a bolígrafo con un sello de cuando los topetazos de tampón eran la percusión y marcaban el ritmo en las administraciones. Los privilegiados que pudieron esquivar las dificultades lo hicieron regresando a la obsoleta contabilidad del garfio. Tienen tarjetas de embarque nostálgicas para enmarcar.

Por suerte, dictaminan los muy optimistas, el fallo masivo no ha sido obra de los malintencionados, el problema se ha originado en una actualización defectuosa del software de un proveedor que debería garantizar precisamente su ciberseguridad. Ironías de la tecnología que puede resultar muy perversa provocando auténticas catástrofes no naturales en la vida cotidiana de los afectados. Desastres ajenos al cambio climático que conllevan subidones de inquietud, de nerviosismo, caos y colapso con un desbarajuste de proporciones formidables. ¿A los usuarios particulares, sardinas solitarias a la deriva recluidas en una lata o escabechadas, nos podrán garantizar la seguridad razonable cuando navegamos por estos océanos atestados de tiburones y tramontanas? Todos podemos ser vulnerables.

Una vulnerabilidad susceptible de ser expuesta en la medida en que la información que circula por las redes y la personal, desde un breve mensaje de texto a un correo electrónico con los ficheros adjuntos que puedan contener, escapan a la pretendida confidencialidad de las datos de la que hacen bandera las compañías que la gestionan. Empresas multinacionales de informática, como Microsoft, una de las cinco compañías estadounidenses que controlan la tecnología de la información. ¡Qué poder no tendrán! Conocen nuestras preferencias, pueden propagar -rentabilizar- las intimidades, las debilidades y las tentaciones. Pueden dar fe, por decirlo mística y comprensiblemente, de todos nuestros pecados.

Quién no ha tenido la sospecha de que todo lo alojado en el pozo de esta virtualidad permanece inalterable en una insegura nube fisgona. Volviendo a la época gloriosa de la contabilidad del gancho, esto de ahora se asemeja un poco al secreto de confesión que comprometía a aquellos sacerdotes inquisidores que hurgaban tenazmente en el decálogo de los pecados presuntos -o cometidos deliberadamente-. No me sorprendería, si ya no se está verificando ahora mismo, que San Pedro en las puertas del cielo disponga de una hoja de cálculo Excel de la casa Microsoft con los tuits censurables que nos pueden cerrar el acceso al cielo de los justos. Allí, haciendo cola para acceder, seremos vulnerables ante una presentación minuciosa y sugerente de los episodios biográficos -una especie de tabla de logaritmos unipersonales- que nos pueden comprometer. Vete a saber si algunos de aquellos que hoy querían remontar cielo arriba para aterrizar en el paraíso de las playas de Mallorca no han pagado la penitencia por una vida poco ejemplar.

Lo que me preocupa -la aduana de Sant Pedro también- es que el ensayo de hoy, que ha provocado el fallo masivo de los servicios informáticos, se repita con intenciones más diabólicas y no causados por negligencia o ineptitud. Pensar un colapso sin datos bancarios en la bancarrota del plástico, sin semáforos regulando las encrucijadas, sin datos médicos ni aspirinas en los estantes, vacíos de los productos básicos de todo tipo, proyecta un panorama escalofriante.

¡Que San Pedro nos coja confesados!

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