Cuando practicábamos la
contabilidad del gancho, lo de colgar las facturas y los recibos con una
disposición rigurosamente cronológica aplicando el criterio de llegada, si una
ventolera nos los descarriaba, no se paralizaba el sistema contable de los
vecinos. Hoy un problema informático, que ha afectado a Microsoft, ha desatado
una avería masiva en empresas de todo el mundo. Aeropuertos, trenes, medios de
comunicación, hospitales o bancos no han podido operar. Los síntomas de esta
pandemia global pueden concretarse en lo que los entendidos informáticos llaman
“la pantalla azul de la muerte”. Algunos conocemos sus efectos cuando el
ordenador no acaba de arrancar, la pantalla se vuelve azul y aparece un breve
mensaje críptico en inglés, desgraciadamente es un epitafio informático. Por
experiencia diría que suele coincidir con el momento en el que debemos plantearnos
renovar la máquina. Hoy ha sido una excepcionalidad, un mal de muchos, que ha
infectado también a los ordenadores en rodaje recién salidos de la caja.
El
desespero de los pasajeros en los aeropuertos ha sido la tónica más visible del
día. Compañías con las persianas bajadas, falta de información, retrasos y
anulaciones que éstas se han sacudido de encima. Ellas no son las causantes del
problema y las indemnizaciones que corresponderían no les conciernen. Un
frenazo en la movilidad, en las finanzas, a los servicios médicos que a lo
largo del día de hoy se han ido recuperando paulatinamente. Se ha visto cómo
las tarjetas de embarque se expedían a mano, a bolígrafo con un sello de cuando
los topetazos de tampón eran la percusión y marcaban el ritmo en las
administraciones. Los privilegiados que pudieron esquivar las dificultades lo
hicieron regresando a la obsoleta contabilidad del garfio. Tienen tarjetas de
embarque nostálgicas para enmarcar.
Por
suerte, dictaminan los muy optimistas, el fallo masivo no ha sido obra de los
malintencionados, el problema se ha originado en una actualización defectuosa
del software de un proveedor que debería garantizar precisamente su ciberseguridad.
Ironías de la tecnología que puede resultar muy perversa provocando auténticas
catástrofes no naturales en la vida cotidiana de los afectados. Desastres
ajenos al cambio climático que conllevan subidones de inquietud, de
nerviosismo, caos y colapso con un desbarajuste de proporciones formidables. ¿A
los usuarios particulares, sardinas solitarias a la deriva recluidas en una
lata o escabechadas, nos podrán garantizar la seguridad razonable cuando
navegamos por estos océanos atestados de tiburones y tramontanas? Todos podemos
ser vulnerables.
Una
vulnerabilidad susceptible de ser expuesta en la medida en que la información
que circula por las redes y la personal, desde un breve mensaje de texto a un
correo electrónico con los ficheros adjuntos que puedan contener, escapan a la
pretendida confidencialidad de las datos de la que hacen bandera las compañías
que la gestionan. Empresas multinacionales de informática, como Microsoft, una
de las cinco compañías estadounidenses que controlan la tecnología de la
información. ¡Qué poder no tendrán! Conocen nuestras preferencias, pueden propagar
-rentabilizar- las intimidades, las debilidades y las tentaciones. Pueden dar
fe, por decirlo mística y comprensiblemente, de todos nuestros pecados.
Quién
no ha tenido la sospecha de que todo lo alojado en el pozo de esta virtualidad
permanece inalterable en una insegura nube fisgona. Volviendo a la época
gloriosa de la contabilidad del gancho, esto de ahora se asemeja un poco al
secreto de confesión que comprometía a aquellos sacerdotes inquisidores que hurgaban
tenazmente en el decálogo de los pecados presuntos -o cometidos
deliberadamente-. No me sorprendería, si ya no se está verificando ahora mismo,
que San Pedro en las puertas del cielo disponga de una hoja de cálculo Excel de
la casa Microsoft con los tuits censurables que nos pueden
cerrar el acceso al cielo de los justos. Allí, haciendo cola para acceder,
seremos vulnerables ante una presentación minuciosa y sugerente de los
episodios biográficos -una especie de tabla de logaritmos unipersonales- que
nos pueden comprometer. Vete a saber si algunos de aquellos que hoy querían remontar
cielo arriba para aterrizar en el paraíso de las playas de Mallorca no han
pagado la penitencia por una vida poco ejemplar.
Lo
que me preocupa -la aduana de Sant Pedro también- es que el ensayo de hoy, que
ha provocado el fallo masivo de los servicios informáticos, se repita con
intenciones más diabólicas y no causados por negligencia o ineptitud. Pensar un
colapso sin datos bancarios en la bancarrota del plástico, sin semáforos
regulando las encrucijadas, sin datos médicos ni aspirinas en los estantes,
vacíos de los productos básicos de todo tipo, proyecta un panorama
escalofriante.
¡Que
San Pedro nos coja confesados!
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