La
pesadez de cabeza debido a una ingestión excesiva de alguna sustancia que nos
ha paseado por el paraíso de forma efímera se conoce como resaca. Efectuado
el balance con el recuento de las voluntades políticas expresadas en las urnas,
los protagonistas de la campaña viven atacados por una especie de desazón que
planea por el ámbito político cargado de reproches y de culpables por no haber
alcanzado mayorías holgadas que permitan dedicar un corte de mangas a los
adversarios. La felicidad en las urnas se conoce como mayoría absoluta, la
concreción del poder sin tener que escuchar o pactar con nadie. No ha sido
el caso de estas elecciones generales porque los resultados son tozudos y
puñeteros.
Vamos
sobrados de análisis que intentan explicar en qué la erraron tan
estrepitosamente las encuestas. La cara de circunstancias, de pasmo, contrastaba con la celebración
de una victoria que no da para alcanzar el gobierno. Los resultados no son
como los chicles, no se pueden estirar, son habas contadas cargadas de vigencia
hasta que no se repiten o se vuelven a convocar elecciones. Por eso España
ha vivido con cara de pasmo la
noche electoral. Una España pasmada porque Feijóo ha flaqueado
y Perrosanche tampoco podrá atar alegremente a los perros con longanizas.
Lo
que parecía ya en el saco no está bien atado. La grandeza de las noches de
fiesta mayor de la democracia en esta edición muy literal será esto, una fiesta
mayor de verano para celebrar con los allegados que la cosecha ha sido buena y
las urnas podrán volver a llenarse. Todo hacía prever que la derecha y su
escisión con boina, gris, oscura e intransigente volvería a las banderas
victoriosas. El batacazo ha sido colosal para aquellos que no les ha
sonreído la primavera que esperaban por cielo, tierra y mar. La
ultraderecha con los casi tres millones de votos logrados pierde 19
escaños. Son muchos todavía los que comulgan con sus propósitos; si
alguna vez la pidieran, yo les concedería la autodeterminación.
La
fiesta en la sede nacional de los populares no fue la de las grandes noches
electorales, a Feijóo, pasmao, se le atascaban en la sonrisa
fotogénica los resultados, la mancha roja socialista -las siete vidas felinas
de Pedro Sánchez-, y se sumaba también la blusa de Ayuso, la presidenta de la
comunidad, aclamada por la concurrencia. El agrio sabor de la victoria no pudo
dispersarlo el confeti.
Resultados
perversos, alegan los damnificados que ya tenían un gobierno en la sombra con los
ministerios asignados provisionalmente. Ministros in pectore sin
cartera y sin coche oficial, por ahora, que se pasean por los medios afines con
ademán de chucho vapuleado buscando culpables. ¡O ellos o el caos! El
bloqueo institucional, la ilegitimidad de quienes también han concurrido a las
urnas y no les han votado. El derecho en el usufructo que se atribuyen les
empujaría sin escrúpulos a ahuyentar del juego político a quien les
molesta. Que gobierne quien más votos ha obtenido como pretendía hacer
firmar en directo Feijóo a Sánchez. O cómo propugnan los socios escindidos
ilegalizando a los partidos periféricos que no están por sus postulados y
objetivos.
La
realidad y la Constitución, aquella que dicen que nos hemos dado entre todos, también
prevé -reconoce- que gobierne quien más apoyos tenga en una gimcana de pactos
que, de no lograrse, puede llevar a un callejón sin salida o a la repetición electoral. Está
por ver si no digeriremos turrones con escaños en el supuesto de que los socialistas
no logren convencer a los apoyos que les faltan. Empieza el procedimiento
hacia el momento primordial del debate de investidura, si es posible, previsto
para finales de agosto o, seguramente, a principios de septiembre en un país
que sestea durante todo el mes de agosto -cerrado por vacaciones-.
Los
resultados tercos y puñeteros son el fundamento de la situación que los
políticos y los respectivos partidos tendrán que resolver. Las urnas
periféricas a pesar del absentismo muy remarcable en Catalunya han propiciado
que la presidencia de Pedro Sánchez dependa de un pelo del flequillo de
Puigdemont. Ironías democráticas. El prófugo, el separatista, el
golpista y toda la retahíla de atributos que han colgado a Puigdemont, tiene la
clave de la gobernabilidad de España.
La
resaca postelectoral será larga y compleja.
No hay comentarios:
Publicar un comentario