viernes, 28 de julio de 2023

Resaca postelectoral.

 

La pesadez de cabeza debido a una ingestión excesiva de alguna sustancia que nos ha paseado por el paraíso de forma efímera se conoce como resaca. Efectuado el balance con el recuento de las voluntades políticas expresadas en las urnas, los protagonistas de la campaña viven atacados por una especie de desazón que planea por el ámbito político cargado de reproches y de culpables por no haber alcanzado mayorías holgadas que permitan dedicar un corte de mangas a los adversarios. La felicidad en las urnas se conoce como mayoría absoluta, la concreción del poder sin tener que escuchar o pactar con nadie. No ha sido el caso de estas elecciones generales porque los resultados son tozudos y puñeteros.

Vamos sobrados de análisis que intentan explicar en qué la erraron tan estrepitosamente las encuestas. La cara de circunstancias, de pasmo, contrastaba con la celebración de una victoria que no da para alcanzar el gobierno. Los resultados no son como los chicles, no se pueden estirar, son habas contadas cargadas de vigencia hasta que no se repiten o se vuelven a convocar elecciones. Por eso España ha vivido con cara de pasmo la noche electoral. Una España pasmada porque Feijóo ha flaqueado y Perrosanche tampoco podrá atar alegremente a los perros con longanizas.

Lo que parecía ya en el saco no está bien atado. La grandeza de las noches de fiesta mayor de la democracia en esta edición muy literal será esto, una fiesta mayor de verano para celebrar con los allegados que la cosecha ha sido buena y las urnas podrán volver a llenarse. Todo hacía prever que la derecha y su escisión con boina, gris, oscura e intransigente volvería a las banderas victoriosas. El batacazo ha sido colosal para aquellos que no les ha sonreído la primavera que esperaban por cielo, tierra y mar. La ultraderecha con los casi tres millones de votos logrados pierde 19 escaños. Son muchos todavía los que comulgan con sus propósitos; si alguna vez la pidieran, yo les concedería la autodeterminación.

La fiesta en la sede nacional de los populares no fue la de las grandes noches electorales, a Feijóo, pasmao, se le atascaban en la sonrisa fotogénica los resultados, la mancha roja socialista -las siete vidas felinas de Pedro Sánchez-, y se sumaba también la blusa de Ayuso, la presidenta de la comunidad, aclamada por la concurrencia. El agrio sabor de la victoria no pudo dispersarlo el confeti.

Resultados perversos, alegan los damnificados que ya tenían un gobierno en la sombra con los ministerios asignados provisionalmente. Ministros in pectore sin cartera y sin coche oficial, por ahora, que se pasean por los medios afines con ademán de chucho vapuleado buscando culpables. ¡O ellos o el caos! El bloqueo institucional, la ilegitimidad de quienes también han concurrido a las urnas y no les han votado. El derecho en el usufructo que se atribuyen les empujaría sin escrúpulos a ahuyentar del juego político a quien les molesta. Que gobierne quien más votos ha obtenido como pretendía hacer firmar en directo Feijóo a Sánchez. O cómo propugnan los socios escindidos ilegalizando a los partidos periféricos que no están por sus postulados y objetivos.

La realidad y la Constitución, aquella que dicen que nos hemos dado entre todos, también prevé -reconoce- que gobierne quien más apoyos tenga en una gimcana de pactos que, de no lograrse, puede llevar a un callejón sin salida o a la repetición electoral. Está por ver si no digeriremos turrones con escaños en el supuesto de que los socialistas no logren convencer a los apoyos que les faltan. Empieza el procedimiento hacia el momento primordial del debate de investidura, si es posible, previsto para finales de agosto o, seguramente, a principios de septiembre en un país que sestea durante todo el mes de agosto -cerrado por vacaciones-.

Los resultados tercos y puñeteros son el fundamento de la situación que los políticos y los respectivos partidos tendrán que resolver. Las urnas periféricas a pesar del absentismo muy remarcable en Catalunya han propiciado que la presidencia de Pedro Sánchez dependa de un pelo del flequillo de Puigdemont. Ironías democráticas. El prófugo, el separatista, el golpista y toda la retahíla de atributos que han colgado a Puigdemont, tiene la clave de la gobernabilidad de España.

La resaca postelectoral será larga y compleja. 

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