miércoles, 25 de agosto de 2021

Sapos a un coste de langosta.

Yo, puestos a mercadear a este precio -100 € la unidad-, me desharía sin lugar a dudas de las cornudas vacas y del ganado diverso de una sola pezuña: caballos, yeguas, mulas, burdéganos y, sobre todo, de los asnos, burros y burras, que pastan por las condales praderas del Ripollès y por la baronial villa de Sant Joan de les Abadesses en concreto. En la lonja de la administración, regentada por los agentes rurales, el precio del sapo cotiza a 100 € la pieza, como las langostas y otras especies marinas codiciadas en el mercado de pescado de Roses. Desconozco la demanda que la especie goza en los fogones de la zona y si nunca han sido despachados como gato por liebre enmascarados de ranas bien rebozados y servidos con una vinagreta picante. También ignoro si todavía se ofrecen ancas de rana en algún selecto establecimiento de comidas y cuánto se paga por una ración.

En la Biblia, en el segundo libro del Pentateuco, el Éxodo, se habla de cómo Moisés advirtió al faraón que si no liberaba a su pueblo, Dios los castigaría de manera sucesiva con diez grandes males que azotarían Egipto. La segunda de las plagas bíblicas la inspiró Moisés provocando que las ranas salieran del agua e invadieran todo el país. Los sapos, pues, ya figuran en el catálogo de la fauna de las sagradas escrituras aunque se los considerara una peste anfibia. Un protagonismo poco lucido sólo compensado por el folklore literario cuando son besuqueados por una princesa y se transforman en príncipes vistosos.

Cuántas plagas no han sufrido los agricultores y ganaderos que ya encontramos descritas en los sagrados libros antiguos. El agua no se les ha transformado aún en sangre aunque alguno la haya convertido en leche. No se trataría, en este caso, de una plaga sino de un milagro bien rentable cuando esto era posible y el ordeño era una ingrata tarea escandalosamente artesana y manual, de lo más pesada y maloliente. Ahora el agua ya nos la administran directamente sin rodeos y descremada las empresas comercializadoras que la pagan a los ganaderos -la leche, no el agua- a un precio inferior del que cuesta producirla.

Los mosquitos, los tábanos y el pedrisco -yo añadiría las moscas cojoneras- también rondaron al faraón como han castigado tradicionalmente a los granjeros. Y en la muerte de los primogénitos, la última de las plagas bíblicas que le convenció definitivamente de liberar a los hebreos, podríamos buscar el antecedente de una realidad afortunadamente simbólica que castiga tozudamente la continuidad de una de las profesiones más antiguas que la humanidad ha practicado, la de pastor o de agricultor.

Al cambio climático con chuzos de punta contra el campesinado, en el Ripollès, se ha hecho efectiva la segunda de las plagas que se catalogaban en el Pentateuco porque a un ganadero de Sant Joan de las Abadesses le tocará pagar 5.500 € de multa por dos faltas: una contra la ley de protección al medio natural, por la que ha sido sancionado con 3.000 euros, y otra por haber matado 25 sapos a 100 € cada ejemplar. En total -insisto- 5.500 euros. ¿Una sanción excesivamente ejemplar?

Argumenta en defensa propia este presunto asesino de sapos -según la administración- que, cansado de cerrar las cercas del ganado que algunos transeúntes suelen ignorar, extendió la alambrada electrificada al camino para que sus vacas no pudieran salir de los campos porque irracionales y con tendencia a pastar a lo ancho no emprendieran una peregrinación anárquica por la carretera nacional hacia la costa o al Valle de Núria, por ejemplo. Yo sugeriría un peaje, escaso, a todos los atletas del ocio y a los que quemamos colesterol en su propiedad que le liberara de tener que hacer de ganadero en el supuesto de que estabular sapos no le redima de la miseria ya que un batracio le ha costado lo mismo que obtendría por la venta de un ternero. De suministrar calambres a engordarlos, a los sapillos, puede ser una estrategia innovadora para el sector que hay que considerar.

Esto nos lleva a hacer balance de lo que perciben los estados en concepto de daños colaterales producidos por la actividad humana en el medio natural en general que podrían ir al alza con el precedente de estos sapos si se pasara también factura a las compañías eléctricas que electrocutan aves de paso, a los vehículos que se empeñan a arrollar jabalíes o a aplastar batracios cuando, pasmados, cruzan el asfalto las noches de lluvia. Un capital que podría revertir en el amparo de estos accesos a los pastos de las masías custodiados por agentes municipales o Mossos debidamente equipados con un zurrón, un chaleco de piel de cordero ecológica y asistidos para un perro pastor mientras regulan el tráfico migratorio de las ranas y otras especies sin ningún sentido de la propiedad ni ningún respeto por el código de la circulación.

El sindicato de payeses "con vacas" -una categoría muy diferente de aquellos que hacen que no razonan algo- ha convocado una tractorada para quemar indignación y gasóleo en Ripoll -cuna de la consejera del ramo del cencerro- para denunciar el "menosprecio" del sector, que se siente "insultado" por las "acciones que se toman en los despachos" sin tener en cuenta sus necesidades. ¡Ay, los payeses, cómo refunfuñan, nunca están contentos!

Dedicado a la gente de campo ya que me considero también uno de su tropa.

 

 

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