miércoles, 23 de junio de 2021

Cantando bajo la lluvia.

Cantaba Raimon que Al meu país la pluja no sap ploure: o plou poc o plou massa. Llamadme tiquismiquis pero la sentencia de hace unas décadas ha perdido vigencia porque ahora mismo, aunque la lluvia aún no ha progresado adecuadamente, lo que llueve es mierda literal. Buscando un eufemismo decimos que llueve fango y nos ponemos nostálgicos recordando la lluvia ácida o cuando sólo caían ranitas que no deslucían tanto las cristaleras. Recuerdo aquellas conversaciones obligadas de ascensor cuando reclamábamos la lluvia sensata para baldearlo todo, también a los virus. La lluvia era la escoba suprema que enjuagaba el espíritu y a la vez purificaba el cielo. Era, aliada con la tramontana, el paño húmedo que devolvía la nitidez y el resplandor a la cresta de los cerros hacia el infinito.

Seguramente los hombres del tiempo tienen una asignatura en el plan de estudios de aquellas que se cursan hacia el final de la carrera que explica cómo se comporta la cosa celestial respecto a las excrecencias meteorológicas asociadas al principio primario de que todo lo que sube baja, pura física elemental vinculada a la contundente ley de la gravedad que nos devuelve lo que vertemos agarrotando algún engranaje del puntilloso ciclo del agua.

Y demasiado frecuentemente llueve demasiado, en demasía, con tormentas que inquietan la paz de espíritu ya que los hombres no controlamos el grifo del cielo, al contrario, lo hemos desajustado y a menudo parece que el vecino del sobreático segunda se ha olvidado de cerrarlo -el de una bañera pretensiosa- provocando hermosas cascadas si no fuera por los estragos que conlleva la negligencia. Media comunidad ha cambiado el chándal y el boatiné por llamativos chubasqueros y Katiuskas de marineros anclados en un desastre. Días de tormenta que nos maldicen la osamenta y nos hacen florecer un flequillo cargado de algas.

Mientras escribo esto un rayo cae en una plaza del pueblo abatiendo una secuoya centenaria y unos árboles cercanos que las han visto de todos los colores. Se han derrumbado unas naves altivas de verdura acorazadas por pura subsistencia a la verticalidad de las meadas de los perros, a los abrazos etílicos de los náufragos nocturnos del fin de semana. Se acaba de astillar la barbacana protectora de los besos y los abrazos furtivos de juventud. Y aunque podemos estar agradecidos a las divinidades que nos protegen de las maldades, dado que el soberbio del sobreático segunda hoy no ha decidido tomar un baño on de rocks con cubitos del calibre de un huevo de gallina, y que no ha causado daños personales, se exclama temblorosa e impactada una lugareña que ha escabullido la acometida del rayo por instantes. Efectivamente, en mi pueblo, tampoco sabe llover.

Que la noche de San Juan nos redima. Que podamos quemar, mascarillas a parte, la furia ambiental, toda ella. Purifiquémonos esta noche de fuego y de brujas en una buena hoguera con lo inútil que hemos ido acumulando durante todo el año. Una buena pira funeraria reducida a brasas con centelleo de petardos y sabor a coca dulce mientras danzamos en torno a la fogata.

¡Buena verbena!

 

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