jueves, 30 de abril de 2020

Virus como dragones.


La liberación de las criaturas del fin de semana pasado ha sido un hecho remarcable y complejo. Sin embargo ha oscilado entre la percepción positiva, de redención en un preludio esperanzado de primavera y, por otro lado, se ha leído como algo nocivo, caótico e irresponsable. También el preludio a un posible nuevo episodio ya que muchos habrían podido contagiarse por la falta de compromiso de los progenitores que se han amontonado y no se han protegido como correspondería. Una polémica que ha llegado a poner en duda las cámaras fotográficas según el ángulo -y el índice- de manipulación interesada de la instantánea que testimoniaba el presunto desenfreno vivido en las ramblas y los paseos marítimos. ¿Hay alguien más interesado en proteger a los hijos que los padres? Yo por razones obvias -mis hijos ya se pasean solos-, no fui testigo. 

Hay que contextualizar esta estampida de las criaturas justo después de la fiesta de Sant Jordi sufrida en la soledad virtual sin la escuela abierta y entre los tenderetes caseros de libros por reeditar. El esfuerzo para llenar la atmósfera de dragones, princesas y caballeros no se puede comparar a la fiesta cuando se celebraba en la calle ni con las rosas de verdad que la edición de este año les -nos- han escatimado. Los niños, quejándose por la molesta mascarilla y los pringosos guantes, no las tenían todas consigo a la hora de cruzar la puerta. Les hemos tenido que mentalizar y volver a programar asegurándoles que los microbios no tienen el calibre -sí la mala leche- de los dragones que como moscardones nos acechan en la calle. El conflicto de intereses ha supuesto un choque conceptual que, en algunos casos, ha propiciado la agorafobia infantil atemorizados por los virus, esos feroces enanos liliputienses.  

Si avanzamos hacia el presente os diré que los días pasan volando. No los alcanzo. Me he acostumbrado tanto a la reclusión, ahora que empiezan a hablar de una amnistía por la gracia real, que también me asusta un poco volver a salir de casa, como a los niños. Perdido y desconcertado por el retorcido manual de desconfinamiento escalonado vivo ciertamente desfasado. Nada nuevo si no fuera porque durante estas semanas he empezado a flotar, acercándome a una subsistencia mística, que se suele concretar en un sueño pastoril inspirado en una parábola de Pablo Casado desde Valverde de Alcalá, no de Éfeso como lo hacía el apóstol San Pablo, mientras literalmente levita–saltándose el confinamiento- entre un rebaño de ovejas manchegas predicando la buena nueva con mascarilla -eso sí- de cómo podemos, nosotros y la cabaña ovina, salir del callejón sin salida. 

Esta eternidad contada por semanas ha originado una gramática nueva porque los políticos y los asesores conocen el poder formidable de las palabras y de la potencia de la metáfora. Se ha originado una especie de poética en tiempos del virus. Un hallazgo que, en mi opinión, le falta un tenor capaz de seducir mientras recita. Alguien que, después de escucharlo, nos apacigüe la desazón y nos haga sentir en buenas manos. De tenores andamos servidos, y con buena planta, pero la letra de la milonga triste y los coros -la oposición al completo- no acompañan. El conjunto, esta gran filarmónica, a menudo interpreta falta de armonía y los finos de oreja detectan que, a veces, desafina ajena a la solfa. 

En esta poética vírica evolucionamos del imperativo marcial ampliamente condecorado a la lírica civil -y sutil-. El hallazgo que quieren consolidar, la joya semántica es el concepto de la "nueva normalidad". Un eslogan más oportuno en periodos electorales que para este momento caóticamente excepcional. La normalidad no soporta adjetivos, sólo es normal lo que lo es o no lo es. Todavía no he escuchado que le hayan diagnosticado, a alguien, "un poco de coronavirus". Y la normalidad que nos espera, así que pongamos los pies en la calle, no tendrá nada, de normal. Quizás una pesadilla que sólo se convertirá en normal si la integramos y nos acostumbramos a base de miedo y de prevención. Y esta realidad, que no normalidad, sí será totalmente nueva por estrenar. 

El innovador hallazgo ha sido afortunado y parece efectivo. Rezuma una promesa de felicidad cercana que apunta de lleno a la mejora de las condiciones actuales y no engaña. La verdad, sin embargo, será otra de inaudita. En medio de las gramáticas al uso que conviven chirría un concepto nada afrutado que no tiene nada de refrescante, bien al contrario. Administrativamente polvoriento, moteado de caspa y de connotaciones grises reaparece con protagonismo insólito la versión más rancia del "provincianismo". La provincia como unidad de destino en lo universal para una organización sobrepasada y obsoleta. Abducir, que no compartir, la gestión sanitaria desde la Puerta del Sol, kilómetro cero de las decisiones políticas, cuando las competencias en materia de salud reconvirtieron desde hace décadas al ministerio en algo testimonial, un gran jarrón chino, puede que no haya sido lo más eficiente.

No puedo cerrar sin reconocer la actuación estelar de uno de los grandes tenores globales, el ecuánime Donald Trump, el Pavarotti del verso libre subido al escenario dándolo todo. Sudado, trepidante y con el flequillo al estilo Elvis ondeando en la ultravioleta contraluz de la comparecencia. Un líder que no sólo receta metáforas, ametralla soluciones a cuatro manos. Yo he comenzado por inyectarme pequeñas dosis -también de optimismo- siquiera por no recibir una de letal, de desinfectante -y de normalidad nueva o en rodaje- para que no me blanquee en exceso el pellejo. La ciencia aplicada americana trabaja en una previa ensayando on the rocks con lejía mientras no se pone de acuerdo en la dosis precisa.

 ¡Ojo, desfasémonos con criterio y generosidad de estos virus como dragones!

lunes, 20 de abril de 2020

Con los pelos de punta.


Perdido en la inmensidad de la incertidumbre me esfuerzo por no caer en la desesperación. Cómo cuesta imaginar estrategias para soportarlo con cierto optimismo razonable. Esto de vivir los días con la sensación de que lo más inédito que acontece es la elección del menú correspondiente, así que volvemos de repasar una y otra vez las guaridas bien aprendidas entre los rincones del piso, es cansado. Cuento mecánicamente los pasos al confinamiento y las veces que lo mido desde la conciencia privilegiada de no estar afectado por el virus. Espero que no llegue el momento de tachar los días en el calendario de pared, disimulado tras la puerta de la cocina, calculando el plazo aún sin fecha establecida para recuperarme o para salir de la celda.

¡En estos días cómo nos redimen el teléfono y las redes sociales, cuántas amistades reencontradas! Una especie de conjura bajo la complicidad recíproca o grupal cuando nos vemos las caras y nos atropellamos para decir la nuestra. ¡Ánimo! Videoconferencias que participan de cierto neorrealismo pandémico con bandas sonoras salpicadas por algaradas infantiles que se resuelven en un foro donde acabamos cuestionando a la modista, el maquillaje y, con fundamento, la peluquería de la producción. Cuántos no hemos descubierto que con un par de equipaciones de poca monta, también llamados chándales, tenemos suficiente. La situación actual donde se encarniza de lleno y causa auténticos estragos, sin embargo, es en la lozanía capilar de las mujeres -señoras- acostumbradas al lavado de peluquería semanal y al plis que modelaba el peinado por no hablar de las raíces que no paran de crecer cual malas hierbas como una nueva tendencia de la peluquería de campaña en estado de alarma -¡estética! -.

Esta gaceta del confinamiento va adquiriendo un espesor enciclopédico considerable, aún en pañales, con el consuelo convertido en epidemia que, cuando impacta en muchas y muchas personas, la llamamos pandemia. Nos hallamos en las coordenadas de la incertidumbre esquina con el desconcierto y el miedo acostumbrándonos a ello, por pura subsistencia, con un punto de esperanza. Ruedan los días envueltos en mortajas manipuladas por las frías estadísticas que no pueden cuantificar la soledad en la hora de los adioses, cuando los hermanos deberían poder darse las manos. 

No me atrevo a ejercer de profeta emitiendo predicciones. No lo pretendo. Me pregunto, eso sí, qué saldrá de todo esto así que este contagio afloje o los sabios encuentren la curandera piedra mágica que nos sane. ¿Habremos aprendido algo? ¿Cómo reaccionaremos? Habrá que verlo y sufrirlo. Cierto que no es necesario ser un vidente para adivinar que el panorama social y económico al que nos aboca la pandemia es de pronóstico muy grave, nos deja el peinado como un nido de cotorras, con los pelos de punta y, a muchos, con el culo al aire. 

¿De la lección, qué aprenderemos? Interpretando el momento que nos azota como una plaga divina quizás deberemos ofrendar a los dioses cabreados más respeto y una devoción fervorosa por todo lo que nos rodea. Apaciguada la furibunda ira divina, llegado el momento de atenuar el confinamiento hacia la "nueva" normalidad que anuncian los políticos quizá asistiremos a la reedición de los "felices" años veinte con una ley seca que nos vuelva abstemios de prepotencias y de desenfrenos de todo tipo excesivos. Prudentes, previsores y capaces de reinventarnos como especie que necesita vivir -y convivir- prevenidos contra los listos oportunistas y los diversos predadores que sacan tajada de ello.

¡Brindo por el domingo, por estos felices años veinte y por una normalidad que realmente sea nueva!

¡Cuidémonos!

sábado, 11 de abril de 2020

Margaritas en el asfalto.


Espero que, cuando leáis esta nueva entrada del blog, os encontréis tan bien como nosotros. Así encabezábamos las cartas hace unas décadas. Me he ahorrado las gracias a Dios preceptivas -por los descreídos-. Con los años los buzones presentan alergia a la correspondencia personal. Quién se entretiene en comunicarse por correo postal con la familia, los amigos o la novia -otra palabra descatalogada-. Espero que no vuelvan, por imperativos técnicos, estos canales de comunicación pautados en un papel especial que se podía perfumar. La emoción de abrir el buzón con la esperanza de que una carta hubiera anidado es algo del pasado, no muy lejano, aunque bien descatalogado. A saber, porque todo vuelve. 

Como lo ha hecho el entusiasmo por amasar pan. Saturado el comercio del papel higiénico se han abierto nuevos nichos de oportunidad, como los llama la disciplina mercantil refiriéndose a un segmento determinado. Ahora mismo, el de la harina y sus derivados vive al alza por cómo de vacíos se hallan los estantes en los establecimientos de ultramarinos -otro concepto vintage-. La harina y la levadura cotizan y se han convertido en codiciados productos de lujo ya que amasarla tiene un punto de plasticidad -¡comestible!- que comporta el retorno a la infancia evocando aquel perfume especial que desprendía el pan recién horneado. Hacer pan requiere tiempo y paciencia, pero de estos artículos las repisas están llenas y, ahora mismo, se pagan muy a la baja.

Hacer pan es el acto supremo de autosuficiencia que tenían claro en las casas de campo. Hornos de bóveda como cúpulas celestiales de la supervivencia doméstica de donde salían panes como satélites, lunas manducables que no se secaban de semana en semana. Contaban los antepasados ​​que el viernes era el día de elaborar pan y coca -una delicia azucarada-, como el lunes estaba dedicado a la colada. Calendarios de un atavismo superado con un exclusivo protagonismo femenino.

¡Todo vuelve, pero! Y la naturaleza reclama -en la revuelta de los elementos y de algunas criaturas- sus dominios expropiados o malbaratados por la tremenda actividad humana que ha expoliado torpemente sus feudos. Estamos en este punto inédito para la civilización en el que, si dura un poco más el retiro espiritual, veremos crecer margaritas en el asfalto. 

Todo volverá -espero-. Como las tertulias de los abuelos en el banco de la calle de casa ahora huérfano y ocioso. ¡Este martes, una miembro de la cofradía con la sede en este banco, mi suegra -Montserrat-, ha cumplido 90! 

¡Que cumpla muchos más!