jueves, 26 de marzo de 2020

¡Oiga, el casco!


A ello. Retomo este Reflejos con una realidad que a menudo se verifica cuando nos parece que ya tenemos el pie en el cuello del monstruo, se va la luz. Algo prosaico enunciado así porque tenemos el pago mensual al corriente, no somos morosos por vicio, y no sufrimos de terrible pobreza energética. Esta tarde se ha ido la luz, un apagón eléctrico que ha afectado el bloque de viviendas y buena parte del barrio. En la oscuridad impuesta los fantasmas del apocalipsis tienen el escenario predilecto. Instintivamente comprobamos si la escalera también permanece a oscuras y si el ascensor funciona o también los dioses de las tinieblas los señorean -¡Viene de ellos! -suelto como cuando los grises de la Tv de los años sesenta de pronto se desvanecían. 

En la oscuridad traicionera, los operarios del gran interruptor van ensayando pero las ráfagas no se sostienen. Se trata, sin embargo, del indicio que alguien -un héroe anónimo más- está haciendo lo posible para remediarlo. Recupero unas velas que iluminen la angustiosa incertidumbre mientras paso revista a los servicios que acaban de flaquear. Me doy cuenta que la red no pesca peces, desconectado no puedo buscar a quien debo avisar de la avería en el desbarajuste de compañías eléctricas que regulan el mercado. Los números de urgencias de toda la vida ya no son operativos, recita una amable y sensual contestadora automática. La calefacción se ha parado, la nevera no enfría y tampoco calienta, las persianas se han paralizado, frívolas, a medio camino como dedicándome un guiño. Lamentable y preocupante situación si no vuelve la luz artificial. Ha tardado casi una hora en resolverse y se ha repetido el apagón un rato más tarde. Por si acaso, en el intervalo he enchufado el móvil al cargador para no vivir aún más ajeno, en la cara oscura de la luna virtual. 

Al decorado tenebroso se suma el aullido del viento, sopla prudente con alguna racha impertinente, la banda sonora que aporta más angustia aún. No es la mejor noche para el confinamiento. Una sensación áspera que, una vez resuelta, me congracia con el arresto domiciliario y lo percibo mucho más soportable. Qué alivio cuando el corte de suministro eléctrico se ha arreglado, he pasado literalmente de una oscura celda de aislamiento a poder dar una vuelta por la terraza, porque la persiana se ha alzado, disfrutando de los geranios y de las violetas que no terminan de florecer. 

Hablando de arresto o de detención domiciliarios veo que efectivamente estamos cumpliendo, por responsabilidad solidaria, una pena con todas las de la ley con un punto de militarización sobreactuada en exceso. Las comparecencias de los ministros mandamases custodiados por tanta medalla locuaz no sé si pacifican demasiado el estado de ánimo civil que reclama medios sin tantos toques de corneta y más personas uniformadas de blanco o de verde esperanza, los colores del gremio de la sanidad y de la ciencia experta. 

Instalados en este estado de sitio -también emocional- no necesitamos diccionarios bélicos ni odas a la patria. De necesitarlos, queremos creernos que disponemos de los mejores generales -no a los más temerarios- dirigiendo el campo de batalla mientras la tropa cavamos trincheras en los balcones esquivando con mucha moral las balas invisibles de la pandemia que nos ametralla -¡Virus, va! -pongámonos el casco. 

Cuesta vivir ajeno a la información amarillenta de aquellos que le sacan rédito y audiencia. Duele asistir a las interesadas proclamas de algunos profetas del día de ayer desde la más absoluta gratuidad con fundamentos espurios. En la excepcionalidad sin plazo podemos ser vulnerables, pero no nos podemos permitir ser idiotas. Ya habrá tiempo para ajustar cuentas -a estas alturas continúa el bombardeo con virus y amenazas-. ¡Oiga, el casco! 

El momento propicia que aflore lo más humanamente formidable porque es la hora de los héroes anónimos, imprescindibles; pero también son días donde la condición humana, la del semblante más miserable, salga de los cubiles cabalgando frívolamente como un jinete más del apocalipsis. Tiempo habrá para analizarlo. 

Con los días, regresando a esta cotidianidad vertiginosa que no atrapamos, he averiguado que el acopio de papel higiénico en algún caso tiene fundamento y responde a una necesidad trascendente. En las tertulias de patio de vecinos, uno muy cercano de los que lo almacena, podría reescribir el fondo completo de la Biblioteca Nacional de Cataluña -con la letra pequeña también-, ha dejado registrado en el testamento ante notario que, en caso de traspasar por la peste, quiere que le envuelvan como a una momia del antiguo Egipto, pero con papel higiénico perfumado del de textura suave que ha adquirido. Ha tenido la deferencia, si procede la momificación -obviamente post faraónico traspaso-, de cederme en herencia el remanente del preciado envoltorio fúnebre. Cosas de la vecindad entrañable que me consuelan y me hacen más inmortal -básicamente por el testamento-. Con un -¡Quién tenga más prisa, que pase delante! -nos hemos despedido y nos hemos cedido mutuamente la prioridad y el usufructo del papel. 

Cuesta de asimilar este estado de cosas con las que nos hemos de resituar con nosotros mismos y con los espacios que miramos con otros ojos, un poco como los rincones de una celda sin barrotes. Con las calles insólitas, los rascacielos hoteleros sin turistas y sin iluminar se impone cierto aire fantasmal al que pretendemos romper la cara cada noche abocados a la calle aplaudiendo y agradeciendo el titánico esfuerzo a todos -¡todos!- los héroes anónimos que no nos abandonan. A la vez que nos apoyamos y no nos sentimos tan solos. 

¡Ánimo! De esta saldremos.

sábado, 21 de marzo de 2020

No a las selfis con el coronavirus.


Al ritmo binario de las caceroladas retomo la gaceta del confinado. Una repiquetea con el agradecimiento a la gente -toda- que aporta más que trabajo y se expone a disposición de quien lo necesitamos. ¡Gracias! 

La otra cacerolada ha estallado mientras el rey se dirige el país desde un decorado muy espartano, como el de un estudio de fotógrafo a principios de siglo con una austeridad escénica tirando a espacio de cartón piedra. Digamos que, desde la última comparecencia extraordinaria  y no navideña, el escenario ha perdido mucha suntuosidad. En cuanto al contenido, que les henchía de antemano con "profunda satisfacción", en esta edición tampoco es para tirar cohetes -¡o sí! - Dicen que circula por las redes una profética réplica novelada y casi literal del discurso real confirmando una vez más que la realidad supera con creces a la ficción -o viceversa-. 

Desde el confinamiento hogareño mis relaciones virtuales también me mantienen firme y me ayudan a no desfallecer. Os agradezco las felicitaciones que van llegando por San José, nunca tantas y apreciadas por la parte que me toca. Felicidades, pues, a todos los que celebramos la fiesta en esta intimidad circunstancial. Con o sin crema catalana ha sido una comida de celebración en pequeño comité. ¡Felicidades! -levanto la copa-. Compartida desde la diáspora familiar y con un gran ahorro de abrazos que tendremos que ir acumulando para el día que nos podamos reencontrar. 

Os propongo llevar una hoja de cálculo -para ser precisos y buenos administradores- en la que vayamos consignando los abrazos, los besos, los encuentros, las privaciones epidérmicas... que nos vamos prometiendo. Son las pendientes deudas contraídas que tendremos que afrontar con intereses así que el sol con su calidez ilumine las calles de vida otra vez.

Al día siguiente de San José, el 20 de marzo, la ONU lo ha proclamado el día internacional de la felicidad. Una fecha simbólica para conmemorar la importancia de la felicidad como una parte integral, y fundamental, en el desarrollo y bienestar de "todos los seres humanos". Ya es una ironía que en el calendario del santoral laico esta celebración coincida con el azote de la pandemia que nos hostiga con esta virulencia. Ser feliz ahora se acerca mucho a no estar infectados. Aquellos que me conocen saben que, cuando me preguntan cómo estoy, les respondo que habito cerca de la felicidad. Porque ser absolutamente feliz -con la que cae- sólo debe ser patrimonio de inconscientes y cosa de lunáticos irreflexivos. 

Seamos felices, pero sin pasarnos, como me demuestran los colegas matemáticos -los de la enigmática oscuridad científica sólo para mentes rutilantes- expresando que vivir cerca de la felicidad es una expectativa similar a la representación de una curva que se acerca de continuo a una recta sin llegar nunca a encontrarla. Asintóticamente imposible, que traducido a la metáfora de los que no hilamos tan fino -los de letras- significa que llegar a ser felices del todo es imposible. ¡Esforcémonos, pues, para acercarnos lo máximo posible, amigos y amigas! 

En el plano cinematográficamente corto de esta experiencia, la del confinamiento, os informo que sigo la evolución morfológica de la gata de una vecina adquiriendo gravedad de la que miden las básculas. Por aquello de la protección de los datos personales me abstengo de hacer comentario alguno respecto de la dueña del felino -o felina, que dudo acerca del género-. Con la vecina no hemos roto el hielo y, por ahora, nos ignoramos mutuamente. Ya llegará el día de dedicarnos un pequeño gesto de lado a lado de la calle, y una sonrisa de complicidad.

A pesar de la tensión en la cohesión familiar que provoca el juego de las sillas, todavía no nos hemos peleado. La armonía, mientras nos observamos con prevención, no se ha agrietado. ¡Que dure! Tenemos comida, estamos comunicados y los de natural sedentario -mi caso-, poco dados a las efusiones atléticas o acrobáticas que no sea una pausada carrera de pasillo, pasamos el trance como los peces en el agua. 

¡Que la primavera nos sea más propicia! Estamos en contacto. Mientras, ¡decreto unilateralmente prohibidas las selfis con el coronavirus!

sábado, 14 de marzo de 2020

La gaceta del confinado.


He decidido que corresponde empezar un diario, una especie de gaceta del confinado. Una forma más de combatir la soledad que la circunstancia se comporta. Trataré de ahorrarme los consejos, los tutoriales con lupa para detectar a la nociva criatura y sólo constataré algunas de las ocurrencias que el momento propicia. Un ejercicio, el que nos toca vivir, que nos debe hacer más solidarios y, sobre todo, más humanamente reflexivos con un punto de generosidad egoísta. Tengámonos cuidado entre todos. Inicio, pues, La gaceta del confinado.

Ayer viernes, con alevosía, las autoridades nos enviaron a casa para combatir la expansión del microbio por contacto directo. Una medida para apaciguar el contagio que condena la vida en sociedad, la laboral y la de la comunidad de vecinos a la mínima expresión. La primera sensación es de liberación, como un respiro en la vorágine de reuniones y de visitas que de pronto se licuan en la pantalla de un ordenador, por ahora inmune a los ataques virales que no sean los propiciados por la navegación temeraria en océanos virtuales vedados o inconfesables. ¡Cuidado con los flagelos de transmisión sexual virtuales! ¡Siempre a más de un metro de distancia! 

Había que cerrar y hacer caja antes de largarse bien apresuradamente en medio del desconcierto y de la avalancha de dudas que las autoridades irán concretando. ¿Y ahora qué? ¡Quedémonos en casa! Ahorremos los movimientos innecesarios y dejemos de irradiar el contagio, el miedo y el caos. Tenemos a los de los pueblos pintorescos y a los de la costa un poco cabreados y asustados por la diáspora gratuita de aquellos inconscientes que confunden el confinamiento con un fin de semana buscando setas de primavera -que todavía no es temporada generosa de trompetas de la muerte-. Que la red radial de autovías y de trenes con el ombligo en la Puerta del Sol o los cercanías con final de trayecto en Plaza Cataluña no se conviertan en la alta velocidad de la propagación -¡Quieto, aquí! -Gritan los pastores a sus chuchos. ¡Hagámosles caso! 

Aunque poco asustados, porque nos hacemos inmunes a la pandemia, el tráfico del personal a las tiendas ha sido lo más significativo de la revuelta con barricadas de papel higiénico. ¿Qué utilidad tiene acaparar tanto? Imagino que la gente tapia las rendijas de la puerta, fabrica mascarillas caseras o somatiza el acojone que promueve la prensa sensacionalista. Como postulaba un filósofo del pueblo vecino -él lo soltaba en castellano que impresiona más y tiene un carácter como de diario oficial- "la humanidad por lo inútil es incansable". 

Por la parte que me toca sorteé las colas civilizadas, en la calle y manteniendo escrupulosamente la distancia aconsejada, delante del estanco habitual que me permite cultivar el vicio de fumar. Cambié de expendeduría por una sin colas y que te regalan un encendedor por cada cartón que mercadeas, ya tengo dos, de baratillo que reciclo para encender las velitas que limpian la atmósfera y a la vez iluminan mis plegarias.

La democrática peste de alcance totalitario no perdona ni cuando se lucha con la imperial espada, la boina calada hasta las cejas y con poderosos "anticuerpos españoles" contra "los malditos virus chinos hasta derrotarlos". Os hago el caso de los estragos entre personajes públicos y políticos que tampoco pueden esquivar los efectos. La embajada china ya habría respondido y reprendido el estallido de furor exhibido deseando -al héroe hispánico de los anticuerpos con superpoderes- que se recupere pronto liberándose de la plaga -y, también, de la boina-. 

La vida hogareña mantiene una paz, por ahora no precaria, asegurada por la entrada en vigor de los acuerdos -sobreentendidos más que pactados- que pretenden garantizar la prevalencia de las manías y de los hábitos que antes del confinamiento cada uno imponía a la vida doméstica ahora trastornada por la táctica de guerrilla casera respecto del espacio vital. Hay dos centros de interés declarados estratégicos: ¡la nevera y el televisor! Para mantener la supervisión y el registro de la intendencia -con el papel higiénico ya garantizado- empieza a ser prioritario establecer la racionalidad de la despensa. La tentación ya no vive arriba sino en la cocina. En la asamblea familiar hemos convenido que no abriremos la nevera de par en par ni para picar. 

Para no poner en peligro esta armonía hemos colgado una tablilla con una especie de horario, torpe pero eficaz, que regula la programación de la televisión y la ocupación unipersonal del sofá. Con el desbarajuste informativo que a menudo no respeta las franjas programadas ha estallado alguna leve fricción -¡Todavía no se acaba, este rollo! -la sangre no llega a la nevera y la tolerancia suele prevaler. Quien siempre pierde -me sabe mal- es la suegra cuando practicamos el juego de las sillas. Como nos hemos de mover y mantener en forma, después de comprobar que las maratones de la nevera al sofá resultan insuficientes para conservar el tono muscular, a la planificación hemos añadido esta iniciativa deportiva y de ocio que cohesiona al núcleo familiar. 

¡Tengámonos cuidado entre todos! ¡Abrazos virtuales!