Cortando
el pastel de cumpleaños de los 30 años de la caída del muro -parece ayer-
celebramos cómo se derrumbó el estatus geopolítico emergido de la II Guerra
Mundial concretado en el telón de acero donde Berlín, despiezada
quirúrgicamente y convertida en un congreso permanente de espías, sobresalió
como la aberración más romántica con el eco de la Dietrich trinando por las
gélidas esquinas a la sombra de un tilo con la bombilla de la farola fundida.
Se iniciaba el desmantelamiento del sistema y de la influencia de la Unión
Soviética en la Europa central.
Con la
caída del muro también naufragaron los temores de las potencias occidentales
del sistema capitalista por las veleidades revolucionarias soviéticas. Del
marxismo al marxianismo en el
derrumbe de la URSS convertida en una caricatura de la gloriosa etapa
estalinista que algunos añoran y otros vapulean. Han tenido que transcurrir
casi tres décadas, desde 2000, para lavar la cara y el amor propio a la Rusia
actual bajo la batuta ignífuga de Putin.
Ya me
disculparéis la brevedad –tirando a crónica ultra precoz- con que despacho la
historia contemporánea referida a la Unión de las Repúblicas Socialistas
Soviéticas. Pretendía sólo una introducción para llegar a la rabiosa actualidad
con que la prensa ha puesto en el escaparate de la actualidad la noticia de que
el espionaje ruso se ha instalado, es de suponer, en los alrededores de la
barcelonesa plaza Karl Marx. Ha trascendido lo que algunos sospechábamos y no osábamos
denunciar, el coqueteo entre Moscú y Barcelona, algo predecible desde que
Cataluña es Cataluña por los indicios -y complicidades- evidenciados entre los
rusos y los catalanes desde el siglo XVIII -o con anterioridad-.
Los
atentos pasajeros de los trenes de cercanías habrán podido detectar ya hace
días en la estación de Ocata Beach como un comando de espías rusos de élite
perdía la paciencia -¡no la discreción!- en los andenes en dirección al Arco de
Triunfo. Robustos y bien plantados, estos agentes secretos de mirada siberiana,
habrían practicado un agujero en el nicho comercial catalán -la coartada a sus
actividades- como viajantes de arenques ahumados bálticos.
La
prueba fehaciente de que este siniestro pelotón se mueve por el Principado es
que el ministro ruso Serguéi Lavrov -un pariente muy lejano de la saga
establecida en Moscú- ha asegurado que no sabe nada. Del mismo modo, el hábil Pepe
Borrell remachó el clavo -y el recelo- informando al homólogo ruso que tampoco
tiene ningún conocimiento, sólo lo que ha trascendido en los medios,
"procedimientos judiciales presuntamente secretos a la espera de las
filtraciones "de rigor. Filtraciones que, dada la reciente colleja de los
fiscales a los periodistas lenguaraces, se hacen esperar más de lo habitual.
Las precauciones diplomáticas, pues, confirman la sospecha y avalan la verdad.
Por navidad tendremos la lotería y a los espías rusos pululando y disfrutando
de los turrones y de los mantecados
de Estepa, la sevillana –me recuerda el chiste del soldado de la División Azul
y la ensaladilla rusa-.
La confabulación
de la Generalidad de Cataluña con el Kremlin está cantada. Yo siempre he sospechado
que Lluís Llach es el avatar del malogrado Vladimir Visotsky. Que la
privilegiada geoestrategia ampurdanesa es muy golosa para que una pata del pulpo
de los gasoductos rusos dé un zarpazo al puerto de Barcelona. Ya veréis como,
cuando lleguen las filtraciones mediáticas, conoceremos que los soviéticos
tienen previsto entrar por Prats de Molló -como Macià- seguir por el valle del
Ter, cruzar Osona y el Vallès para conquistar la Plaza de Sant Jaume. Una
táctica cautelar en previsión de los cortes en la Jonquera.
El dato
definitivo de este asunto de espías que han surgido del frío pasa por la
equidistante alcaldesa Ada Colau rezongando y poniendo en duda la viabilidad de
una franquicia del museo Hermitage en Barcelona. Conocer el proyecto a través
de la prensa -¿una filtración? - causó cierto malestar en el Consistorio que
tendría la última palabra sobre la autorización del proyecto, aunque el
Hermitage estará situado en un solar que pertenece el puerto de Barcelona. A
los incrédulos os recordaré que la Consejería de Territorio y Sostenibilidad de
la Generalitat de Cataluña ha avalado construir el museo Hermitage de Barcelona
en la Bocana Norte del puerto, un proyecto que dibujaría el arquitecto japonés
Toyo Ito.
Dispuesto
a compartir este manojo de secretos os adelantaré -antes que las goteras
periodísticas lo aireen- que en la conjura ruso-catalana también está en el ajo
el arquitecto del sol naciente que aunará la sede del museo proyectada con una
terminal para el gasoducto de diseño.
¡Спокойной
ночи!
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