lunes, 25 de noviembre de 2019

Los espías que surgieron del frío.


Cortando el pastel de cumpleaños de los 30 años de la caída del muro -parece ayer- celebramos cómo se derrumbó el estatus geopolítico emergido de la II Guerra Mundial concretado en el telón de acero donde Berlín, despiezada quirúrgicamente y convertida en un congreso permanente de espías, sobresalió como la aberración más romántica con el eco de la Dietrich trinando por las gélidas esquinas a la sombra de un tilo con la bombilla de la farola fundida. Se iniciaba el desmantelamiento del sistema y de la influencia de la Unión Soviética en la Europa central.

Con la caída del muro también naufragaron los temores de las potencias occidentales del sistema capitalista por las veleidades revolucionarias soviéticas. Del marxismo al marxianismo en el derrumbe de la URSS convertida en una caricatura de la gloriosa etapa estalinista que algunos añoran y otros vapulean. Han tenido que transcurrir casi tres décadas, desde 2000, para lavar la cara y el amor propio a la Rusia actual bajo la batuta ignífuga de Putin.

Ya me disculparéis la brevedad –tirando a crónica ultra precoz- con que despacho la historia contemporánea referida a la Unión de las Repúblicas Socialistas Soviéticas. Pretendía sólo una introducción para llegar a la rabiosa actualidad con que la prensa ha puesto en el escaparate de la actualidad la noticia de que el espionaje ruso se ha instalado, es de suponer, en los alrededores de la barcelonesa plaza Karl Marx. Ha trascendido lo que algunos sospechábamos y no osábamos denunciar, el coqueteo entre Moscú y Barcelona, ​​algo predecible desde que Cataluña es Cataluña por los indicios -y complicidades- evidenciados entre los rusos y los catalanes desde el siglo XVIII -o con anterioridad-. 

Los atentos pasajeros de los trenes de cercanías habrán podido detectar ya hace días en la estación de Ocata Beach como un comando de espías rusos de élite perdía la paciencia -¡no la discreción!- en los andenes en dirección al Arco de Triunfo. Robustos y bien plantados, estos agentes secretos de mirada siberiana, habrían practicado un agujero en el nicho comercial catalán -la coartada a sus actividades- como viajantes de arenques ahumados bálticos. 

La prueba fehaciente de que este siniestro pelotón se mueve por el Principado es que el ministro ruso Serguéi Lavrov -un pariente muy lejano de la saga establecida en Moscú- ha asegurado que no sabe nada. Del mismo modo, el hábil Pepe Borrell remachó el clavo -y el recelo- informando al homólogo ruso que tampoco tiene ningún conocimiento, sólo lo que ha trascendido en los medios, "procedimientos judiciales presuntamente secretos a la espera de las filtraciones "de rigor. Filtraciones que, dada la reciente colleja de los fiscales a los periodistas lenguaraces, se hacen esperar más de lo habitual. Las precauciones diplomáticas, pues, confirman la sospecha y avalan la verdad. Por navidad tendremos la lotería y a los espías rusos pululando y disfrutando de los turrones y de los mantecados de Estepa, la sevillana –me recuerda el chiste del soldado de la División Azul y la ensaladilla rusa-. 

La confabulación de la Generalidad de Cataluña con el Kremlin está cantada. Yo siempre he sospechado que Lluís Llach es el avatar del malogrado Vladimir Visotsky. Que la privilegiada geoestrategia ampurdanesa es muy golosa para que una pata del pulpo de los gasoductos rusos dé un zarpazo al puerto de Barcelona. Ya veréis como, cuando lleguen las filtraciones mediáticas, conoceremos que los soviéticos tienen previsto entrar por Prats de Molló -como Macià- seguir por el valle del Ter, cruzar Osona y el Vallès para conquistar la Plaza de Sant Jaume. Una táctica cautelar en previsión de los cortes en la Jonquera.

El dato definitivo de este asunto de espías que han surgido del frío pasa por la equidistante alcaldesa Ada Colau rezongando y poniendo en duda la viabilidad de una franquicia del museo Hermitage en Barcelona. Conocer el proyecto a través de la prensa -¿una filtración? - causó cierto malestar en el Consistorio que tendría la última palabra sobre la autorización del proyecto, aunque el Hermitage estará situado en un solar que pertenece el puerto de Barcelona. A los incrédulos os recordaré que la Consejería de Territorio y Sostenibilidad de la Generalitat de Cataluña ha avalado construir el museo Hermitage de Barcelona en la Bocana Norte del puerto, un proyecto que dibujaría el arquitecto japonés Toyo Ito. 

Dispuesto a compartir este manojo de secretos os adelantaré -antes que las goteras periodísticas lo aireen- que en la conjura ruso-catalana también está en el ajo el arquitecto del sol naciente que aunará la sede del museo proyectada con una terminal para el gasoducto de diseño. 

¡Спокойной ночи!

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