miércoles, 30 de enero de 2019

Nómadas de andén.

En medio de la complicada movilidad de los días, ha sido noticia que Joan Gaspart, el magnate hotelero que ejerció de presidente del Barça, a los 74 años ha cogido el metro por primera vez. Ha declarado que "no es tan trágico". Ilustra la noticia una fotografía del personaje literalmente aferrado a la maleta, que la sostiene firmemente con ambas manos, y sentado. No hay indicios de si el asiento es una plaza reservada a personas sensibles, por la edad o por la condición. La cara de susto delata el momento dramático, el trance, por el que ha tenido que pasar. Una nueva experiencia vivida en un ruta siniestra desde el aeropuerto al centro de Madrid. Una emoción ciertamente intensa a pesar de los trayectos que no ha saboreado con un punto más de adrenalina, la de las líneas con un microclima más canalla, con compañeros de viaje que no te ceden el asiento y sólo mirarte te hielan el coraje mientras estás dispuesto a entregarles el equipaje o la cartera sin aspavientos. La emoción fuerte de elegir entre la maleta o la vida. 

¡Ay, las primeras veces! Como ver el mar. Yo conozco a un abuelo del Ripollès que no la ha visto nunca, la mar. No ha tenido la necesidad de llegar hasta Roses a remojarse los tobillos o de probar las exquisiteces de palangre que sirven en algún establecimiento de comida en la costa. Y también ha sobrevivido, como Gaspart. He tenido la tentación de llevarlo a visitar la balsa inmensa donde, según él, podríamos abrevar a todos los borricos de la partida montañesa si el agua no poseyera el regusto salobre que produce en el paladar. Todo lo que tiene de encantador, lo tiene de amargo. 

Las primeras veces... Lo que nos maravilla y nos sorprende, que se fija en la memoria como un hito existencial, una referencia vital con un punto de melancolía que ya no se volverá a repetir con la misma intensidad. Hago al nómada Joan Gaspart, así que termine la tregua del taxi, camuflado de viajero anónimo sin equipaje quemando unas T-10 convertido en un arriesgado aventurero del subsuelo metropolitano barcelonés. Me lo figuro mecido por la atmósfera espesa en un convoy prieto desafiando los servicios mínimos de la huelga durante la semana del congreso mundial de los móviles. ¡Menuda vivencia! 

Las primeras veces... Que subimos a un vehículo, por ejemplo. El vértigo, el ruido y, sobre todo, la temeridad de cruzar un puente o de penetrar un túnel. La incertidumbre de si aquellos avances de la ingeniería soportarían el peso del coche o de si el agujero en la montaña no era el atajo que nos llevaba de golpe al infierno. Cuántas criaturas nacidas en las últimas décadas tienen la conciencia de la primera vez que montaron en un coche, por ejemplo. Los bebés de finales del XX ya nacieron todos con ruedas, como los del XXI lo hacen adosados ​​a un patinete. 

Sin embargo algunos recordamos con la nitidez propia de los aparatos de la época la primera vez que vimos un televisor. A los niños de pueblo estas maravillas nos llegaban más tarde y mal. Se tenía que adivinar qué era lo que entre el chisporroteo gris, una nevada electrónica permanente, emitían. O la llegada del primer magnetófono que registraba la voz, un loro enchufado que repetía la cantinela de groserías o los chistes que se le dictaban. ¡Qué risa! -¡Capullo! -¡Capullo! Chillaba el chisme de la voz metálica. 

Llegados a cierta edad me pregunto qué o qué primera vez de la que aún estamos en ayunas tenemos pendiente. Bienaventurado Joan Gaspart a quien el conflicto del taxi le ha ofrecido esta oportunidad. Me doy cuenta de que en el catálogo de primeras veces por resolver suele pastar la frustración. Seamos osados, atrevámonos a desafiar la inmensidad del horizonte salado. Hagamos cola en el andén de la esperanza sintiéndonos privilegiados de poder coger el metro en hora punta o el cercanías con destino a Ocata Beach.



lunes, 14 de enero de 2019

Un asunto de peso.


Las autoridades sanitarias advierten que, si la tendencia no cambia, en 2030 tendremos un problema de sobrepeso. El 80% de los hombres y el 55% de las mujeres en España de edad adulta sufrirán un exceso de quilos. Un problema de calibre y de masa corporal en expansión, avasallando espacios comunitarios como la porción del asiento en los transportes públicos, que medida en volumen -la cantidad de atmósfera contaminada o de agua de mar microplasticosa que desplazamos- significa que algunos pasearemos un corpachón el doble o el triple de grueso que aquellos que no han excedido los cánones que se prescriben para unas medidas diríamos "normales" o saludables.

 Los álbumes históricos de belleza reunidos en los museos nos ilustran de cómo eran los referentes anatómicos por los que suspiraban nuestros antepasados. Me pregunto si las tres gracias de Rubens soportarían la visita meticulosa de una endocrina midiéndoles la altura, el peso y controlando los niveles de glucosa en sangre. Me imagino el temor y el estupor causado por las amenazas a las que se exponen provocadas por las profecías de la especialista y por la gravedad, la enemiga implacable de la corporeidad con más atracción fatal. Algún estudio con fundamento nos debería desvelar si estas graciosas protagonistas inmortalizadas por Rubens acabaron desarrollando la diabetes mellitus o cierto grado de hipertiroidismo. 

En las primeras décadas de la posguerra estar orondo era un indicador de poder y de solvencia económica, la evidencia de que en casa se comía caliente, abundantemente y con pan blanco. Algo que la mayoría de mortales no se podían permitir. Sin embargo, está demostrado que los cánticos patrióticos de la época no engordaban porque eran muy bajos en calorías sociales y el himno nacional -aún vigente- por no tener no tiene ni letra. Puede suponerse que un cocido sin verduras ni garbanzos no tiene demasiada virtud gastronómica.

Hoy en las sociedades que no padecemos hambre, si olvidamos aquellos países donde el hambre es endémico o aquellos colectivos cercanos más vulnerables insertados en la opulencia y el consumo, la imagen contrastada respecto de aquellos es de escándalo si paseamos por los comercios extraordinariamente bien surtidos con todo tipo de productos y accesorios muchos de los cuales son prescindibles y nocivos como los procesados ​​o las bebidas azucaradas. Digamos que en las cartas y los precios de los restaurantes de referencia gastronómica también habría que añadir una propina astronómica -y solidaria- por haber cometido algún pecado capital más al de la gula, el de soberbia. 

La amenaza de la obesidad conlleva un sobrecoste económico, un gasto sanitario que cifran en un 2% del presupuesto sanitario estatal, el 7% del de la Generalidad de Cataluña, por las enfermedades que se derivan. ¿Comemos peor o tenemos menos recursos sanitarios, los catalanes? Los entendidos defienden nuevos impuestos a los alimentos menos saludables y cierta protección a los que componen las dietas sanas. Deberíamos engullir menos, mejor y practicar ejercicio regularmente. La cantinela que tenemos bien aprendida pero que cuesta tanto de practicar. Vendidos y digeridos los turrones, resucitan las recomendaciones. Siempre hay quien se anticipa y, preventivamente, ya se toma el carajillo de la festividad de Reyes con sacarina.

Hagámosles caso, pues. Moderémonos. Pensemos que si el espíritu o el alma viven encarcelados en la carne, tengamos los barrotes bien accesibles, fáciles de romper. Lo dicho, si tenemos que pasar después de un camello por el ojo de una aguja, que el trance nos encuentre lo más aerodinámicos posible. 

viernes, 4 de enero de 2019

Esplendores de temporada.

¡Feliz 2019! Un deseo reiterado convertido en saludo mecánico para el año incierto -dicen- que empieza. Para combatirlo podría convertirme en un activista de la desinformación con un punto de autismo social respecto de la comunicación. ¿Es posible vivir en la ignorancia, desenchufado de las redes, ajeno y recluido en una burbuja hermética? Desisto de la tentación porque este aislamiento militante no me volverá invulnerable, un inconsciente objeto aún más en manos de los agentes y de las circunstancias que me inquietan. 

Algunos indicios apuntan a esta incertidumbre. Los profetas de la política y de la economía así lo proclaman. Desde los profundos ensayistas a los vocingleros de visceral Tweet corto nos anuncian un mapa cruzado por algunas isobaras que no trazan un panorama de bonanza ni de entendimiento para hacer realidad todos los buenos deseos que nos recetamos recíprocamente con la voluntad de que se cumplan. 

Justo el primer día hábil del año, todavía empantanados digiriendo los turrones mecidos por una marea de cava con los matasuegras en el cubo del reciclaje, Trump felicita al nuevo presidente electo de Brasil, Jair Bolsonaro. "Brasil en primer lugar. Dios en primer lugar", la letra de una partitura ultra retumba ahora al sur del nuevo continente con la incorporación de la octava economía mundial a este club de corifeos que se dan de baja de organismos y pactos internacionales económicos o de los acuerdos por el clima, por ejemplo. En la agenda de este político brasileño está el compromiso de combatir la "ideología de género". 

Aparco la herramienta de barrer el escurridizo confeti de la verbena de fin de año que se debería prohibir por la capacidad de camuflaje y de infiltración en las recónditas intimidades, cuando el presidente de China, Xi Jinping, amenaza en una comparecencia televisada con la fuerza para conseguir la "reunificación" de China con Taiwán. "No prometemos renunciar al uso de la fuerza y nos reservamos la opción de tomar todas las medidas necesarias". Según el dirigente, Taiwán forma parte de la misma familia china y que su "absurdo intento de independencia" es un "corriente adverso de la historia y un callejón sin salida". Los primos hermanos taiwaneses -de Xi- ven clave el apoyo internacional para conseguir y consolidar su soberanía.

El árbol de navidad todavía me dedica un guiño con una intermitencia esperanzadora que me lleva a la maratoniana conferencia de prensa prenavideña del frívolo zar Vladimir Putin -no todo debe ser noticias que intimidan- en la que declaró que dejaría de vivir en pecado y que "como persona decente" debería casarse algún día. El auditorio y yo suspiramos. 

 En la globalidad del microcosmos ibérico destaca el discurso, desde Melilla, del dirigente del PP con la intención de limitar la acogida de menores extranjeros. Un gesto que no desafina con la conmemoración de la conquista de Granada, ciudad en la que el PP ha repartido 4.000 banderas españolas para recordar y celebrar los siglos de Reconquista contra el invasor musulmán. 

Pendientes del caso catalán -recordemos que hay presos políticos en prisión preventiva- los Comunes pretenden "superar el marco estatutario" por medio de la reforma de la carta magna española "en clave plurinacional". No olvidemos que el juicio contra los dirigentes encarcelados comienza antes de que el abeto se nos marchite. 

Las campanadas y las uvas políticas este año los presenta -sin bikini floreado al estilo Pedroche- Vox advirtiendo que no apoyará al PP ni a Ciudadanos para el nuevo gobierno en la comunidad andaluza si no eliminan, "entre otras cosas", el apoyo presupuestario a la lucha contra la violencia de género que ya habían pactado. Si no es así, les han alertado de que vayan buscando un acuerdo con otras formaciones. ¡Qué patata más caliente! A los pentagramas más retrógrados de las corales reaccionarias hay un estribillo que hace fortuna, ahora en versión femenina: "¡A por ellas!". 

Aparco la escoba de recoger el confeti escurridizo y para huir de la oscuridad me dejo deslumbrar por los destellos de colores y por las lentejuelas navideñas. Pronto tendremos que desenchufarlos. Antes de volver a la oscuridad de enero sin guirnaldas, cierro los ojos y me aseguro que mis deseos para las personas que quiero, me importan y me apoyan no se hayan desvanecido como el confeti esquivo y no sean sólo esplendores de temporada. 

¡Que este también sea un buen año!