miércoles, 31 de enero de 2018

¡Wanted!



En la vorágine convulsa de los días acontecen hechos que me han sorprendido por inusuales. Algunos cercanos a la cotidianidad adquirían relevancia por el contexto judicial -que no político- y que alteran la normalidad monótona de aquello a lo que estamos acostumbrados. Situaciones que tienen que ver con el momento convulso que vive el país, más en Cataluña que en España, relacionadas con el empuje preventivo del ministro Zoido para impedir que Carles Puigdemont pueda ser nuevamente investido -restituido- presencialmente en el Parlament de Cataluña.

Esta semana el Parque de la Ciutadella vive acosado por las fuerzas policiales que comanda el eficiente ministro Zoido revolviendo el subsuelo y sellando los accesos con una especie de colador selectivo para cerrar la puerta al candidato. Hay una obsesión concretada en el celo policial extraordinario que ha llegado a nuestro bloque de pisos -cerca de la Ciutadella y del Parlamento-. Estos días me sorprendió el hedor exagerado que trepaba por las escaleras de la comunidad de propietarios donde resido. Abrir la puerta del ascensor en la planta baja se ha convertido en una temeridad olfativa de alta intensidad. El rugido enigmático de las sospechosas cloacas era un acto heroico que el presidente de la comunidad soportaba avalando y haciendo constar que por allí no pasaba el flequillo del Puigdemont. El tapón estaba por confirmar, más allá, más cercano al Parlamento. 

La otra concreción de esta manía policial que me ha sorprendido ha sido este fin de semana de camino hacia el pueblo. La rotonda de acceso a la ciudad de Ripoll era un hervidero exagerado de dotaciones de la guardia civil y de la policía nacional. Como un tablero de parchís repleto de fichas policiales cerrando absolutamente todas las salidas con agentes armados con antipáticas escopetas malcaradas oteando y registrando los vehículos. Pensé que los atentados terroristas de agosto en la Rambla y en Cambrils volvían a remover la paz de esta cuna paradisíaca que es Ripoll. Los ripolleses también queremos saber más. Conocer, por ejemplo, cuál fue el papel del imán implicado en los atentados y si gozaba de sospechosas y poco oportunas conexiones de mal explicar. Como esta comparecencia ha sido vetada por algunos partidos políticos, el ministro Zoido se ahorrará el pedagógico relato de los hechos, no tendrá que elucubrar como aconteciera con el 1-O, el del referéndum i de la apaleada al personal que no han existido jamás.

Mientras transitaba por el meollo de la rotonda bien protegido -eso sí-, me vinieron a la cabeza Tomás Molina -el meteorólogo de la intimidada TV3- y sus advertencias, lo cual me hizo sentir vulnerable y fuera de la legalidad. Ahora te pedirán si llevas -ya no a Puigdemont sino un accesorio- las cadenas de nieve. ¡Uf, qué mal trago, mira que el Molina nos lo había advertido! Justo por uno de los accesos de la rotonda salí y compré unas cadenas porque cuando, aliviado, me reincorporé pudiera abrir el maletero y demostrar que, entre las bolsas y las maletas, sólo había unas cadenas.

Se trata de las pesadillas nocturnas de Soraya con Puigdemont dando ovinos tumbos de recuento mientras la corrupción transita por los juzgados sin alboroto ni demasiado ruido con un punto de entretenimiento televisado. Cómo me maravilla la puesta en escena profesional de los encausados. Cómo se sientan con un punto de elegancia intrigante, cómo dominan el espacio y el gesto, cómo intercambian complicidades y, últimamente, cómo vierten delaciones sin rodeos. Ya son como Tomás Molina, uno más en la mesa a la hora de los telediarios. De tanto verlos y escucharlos les hemos incorporado en las sobremesas caseras -¿Un café?- La corrupción, más perfumada que la búsqueda del Puigdemont, ahora retoza instalada en una normalidad consentida y tan corriente como los controles permanentes en las carreteras del Ripollès durante el franquismo. 

Vigilias de insomnio maldiciendo los arrepentidos delatores bocazas, pero más duros son los desvelos sin poder cerrar los ojos, atentos a que no les aterrice de sopetón Puigdemont en la almohada. Se trata del temor sólo apaciguado por la perseverancia de Zoido que lo tiene todo controlado por tierra, mar y aire en las veredas -todas- que pasan por Francia, circunvalan la intención del ministro en un maletero y terminan el viaje en el parque de las fieras barcelonés frontera con la sede del parlamento catalán. 

Aquí -en un capítulo más de la trepidante aventura del proceso sino fuera por los presos y por los exiliados-, en la esquina de la calle Nápoles con el Paseo de Pujades, sitúo a Puigdemont valorando como cruza la última frontera. El reto argumental es cómo acceder a la Ciutadella sin levantar la liebre ni despertar al león. Olvidemos las temerarias opciones aéreas y valoremos únicamente la de cruzar disfrazado de vendedor de globos para niños. ¿Confundido en un pelotón de turistas con la camiseta de Messi y un sombrero mexicano? Quizá no hay que forzar tanto la máquina ni la imaginación. Con naturalidad, sin prisa, deteniéndose a encender un cigarrillo y con el uniforme de oteador de obras profesional o el de jugador compulsivo de petanca acicalado con un chándal y unas sandalias con calcetines blancos sea suficiente. 

Hoy, al atardecer, el aliento apestoso a alcantarilla aún invadía los espacios comunitarios y privados de la finca a pesar de las lluvias. ¡Qué tufo!

lunes, 22 de enero de 2018

Aturdiendo mejillones.



Electrocutar langostas será el nuevo deporte entre aquellos que se lo puedan permitir. La displicencia gestual con que se lanzaba una langosta a la cazuela con agua hirviendo estará vetada en Suiza desde primero de marzo hasta la eternidad. El país alpino regulará la conciencia ciudadana respecto de los productos que lleguen vivos desde el mar a la mesa. Una medida de protección animal que cuestiona esta práctica en una sociedad cada vez más sensible -vegana- con el bienestar de los animales.

Escamando la legislación al respecto los suizos también han decretado que los crustáceos culinarios no se podrán transportar en un lecho de hielo o en agua fría para mantenerlos vivos. Tampoco se podrán exhibir en acuarios de restaurante o viveros de espacio reducido porque les causa mucho estrés a las especies marinas provistas de caparazón calcáreo, una especie de corteza que los protege de los depredadores pero no de las calderas del infierno acuático en las grandes cocinas.

La biología pragmática para los humanos de plato hondo, aquellos torpes que no nos lo preguntamos, si las langostas o los mejillones se estresan, solemos clasificar el mundo a la pata llana en comestible o no comestible, una relación ecológica con el entorno al punto de sal y de pimienta a lo tienda de comestibles bien surtida. Yo diría que en este desenfreno culinario global ya nos hemos zampado media manzana y que la otra mitad vive acosada por un aplicado gusano voraz. 

Llama la atención la exquisita polémica que se concreta legalmente en Suiza que contrasta con los planteamientos vitales malthusianos que a finales del XVIII alertaban que la población crecía en progresión geométrica mientras que los alimentos -¿las langostas también?- lo hacían un una progresión aritmética. La población, según Malthus, se vería condicionada alarmantemente por los medios de producción. Ya ha llovido desde que el autor del ensayo sobre los principios de la población cría malvas. Hablar de langostas y de pobreza -de hambre-, no liga. En medio de estas controversias nos hemos inventado la palabra sostenibilidad que salta a los titulares de la prensa así que las anchoas de la Escala o las gambas de Palamós escasean, espabilan o no pican.

En otra reflexión me centraré en la sostenibilidad de las ostras. Un producto comestible con un punto de limón y de pimienta que se degusta sin pasar por las calderas de Pedro Botero que no tardando demasiado también debería ser materia jurídica alpina. La adicción a la exquisitez de paladar, por su sabor, por su delicadeza, finura y excelencia tanto de las langostas como de las ostras sale cara, sólo la pueden cultivar los sibaritas de cartera honda, como el plato. Por eso me preocupa más mi dependencia gastronómica a los mejillones, más al alcance, más cercanos y cotidianos. ¿Quién no ha disfrutado de un mejillón solitario, huérfano de compañía, en la paella semanal de menú los jueves? 

¿Se han parado a pensar que este mejillón de vida gregaria en libertad, a la desgracia de la soledad, le sobreviene una inmersión repentina que horripila? La ciencia suiza ha estudiado si las langostas sufren cuando las tiramos vivas en una cazuela. No hacen falta demasiados estudios para deducir lo doloroso que debe ser un baño en agua hirviendo. Los expertos deducen que cualquier ser -animal y no- que disponga de un sistema nervioso percibe el dolor y, por tanto, sufre. Un sufrimiento que no deben suavizar las unturas con mayonesa ni las friegas más específicas como la salsa termidor. 

Persiste mi duda respecto del entrañable mejillón de los jueves. Renunciaré o me aseguraré -preguntaré al camarero- si antes la han aturdido o no. La legislación suiza recomienda refrescar previamente las langostas para que se adormezcan antes de decapitarlas o de electrocutarlas. Recomiendan el calambre, más sutil, estético y porque no salpica. El futuro en el mercado de los trastos domésticos deberá pasar por un utensilio de aturdir crustáceos. Os aseguro que no toleraré a los mejillones que no hayan sido tratados según este protocolo de consumo tan humano.

sábado, 13 de enero de 2018

Pura lana virgen.



Hoy hablaré de justicia y de animaladas. Celebro que Quim Monzó se haya anticipado con La Magistrada, un artículo donde hace un análisis concluyendo que el humor saca de quicio a los cabezas cuadradas. El broma y la ironía -no tanto el sarcasmo- son armas eficaces contra los ataques torpes, desmesurados y, a menudo, injustos. Una burla acertada y sutil a lo inoportuno es una respuesta más inteligente y pacífica que una contundente pedrada en la cocorota. 

Todo acontece cuando una señora -la "magistrada"- reacciona amenazando una publicación humorística que escribe que "el 90% de las ovejas en España se crían con fines sexuales". El Mundo Today entrevistaba al protagonista en un vídeo, Josetxu, el presunto pastor que lo fundamenta en un cambio de enfoque del sector ovino, tradicionalmente dedicado a la alimentación ya la producción de quesos. Le pérdida de peso del queso nacional en el mercado interno y el descenso en el consumo de carne de cordero han propiciado esta tendencia porque "las ovejas y las cabras son fáciles de mantener y no hay que invitarlas a una cena romántica". Josetxu redondea el argumento explicando que "él no entrega su amor a una sola persona, no le gusta estar atado a un solo corazón", razón por la cual dispone exactamente de ciento ochenta y cuatro ovejas. Se salta el recuento de cuántas cabras también pastan en las praderas sensuales y sentimentales que este pasional pastor labora. 

La salvajada motivada por las amenazas de la magistrada consistió en publicar una entrevista al biólogo que clonó a la oveja Dolly. El padre de la criatura -arrojemos más leña al fuego- confiesa que lo que realmente pretendía era formar un trío porque la ciencia le da igual. "Estoy muy solo", confesaba el desolado científico.

Dejamos el humor grueso, la animalada de la revista satírica, para analizar la demanda judicial de esta señora magistrada que advertía del grave insulto a la ardua tarea de los pastores alertándoles que habían concurrido en un "ilícito penal" dado que el contenido es una imputación general y gratuita del delito de bestialismo. Insta, en consecuencia, a la fiscalía a perseguirlo de oficio. 

En la relación judicial -lejos de las ovejas encausadas- la revista alegó que se trata de un medio satírico y que los contenidos son una ficción basada en un tópico de tradición popular. La señora insistió apercibiéndoles que serán los tribunales de justicia quien deba decidir si se trata de una sátira o no. Estaremos atentos a cómo se resuelve el pleito. 

No me extenderé. Sólo constato como las animaladas pueden convertirse en materia jurídica de oficio, a iniciativa de los jueces y sin una denuncia previa. Yo me decanto porque archiven el caso. Y si os sirve de consuelo, no de justificación, os anuncio que he dejado de creer en la lana virgen -aquella que no ha tenido un uso anterior-. Después de este asunto y de su posible derivada sólo creeré en las etiquetas que proclaman la virginidad pura de la lana si vienen con un aval notarial certificando que la oveja a quien pertenecía corría más que el pastor.