En la vorágine
convulsa de los días acontecen hechos que me han sorprendido por inusuales.
Algunos cercanos a la cotidianidad adquirían relevancia por el contexto
judicial -que no político- y que alteran la normalidad monótona de aquello a lo
que estamos acostumbrados. Situaciones que tienen que ver con el momento convulso
que vive el país, más en Cataluña que en España, relacionadas con el empuje
preventivo del ministro Zoido para impedir que Carles Puigdemont pueda ser
nuevamente investido -restituido- presencialmente en el Parlament de Cataluña.
Esta semana el
Parque de la Ciutadella vive acosado por las fuerzas policiales que comanda el
eficiente ministro Zoido revolviendo el subsuelo y sellando los accesos con una
especie de colador selectivo para cerrar la puerta al candidato. Hay una
obsesión concretada en el celo policial extraordinario que ha llegado a nuestro
bloque de pisos -cerca de la Ciutadella y del Parlamento-. Estos días me
sorprendió el hedor exagerado que trepaba por las escaleras de la comunidad de
propietarios donde resido. Abrir la puerta del ascensor en la planta baja se ha
convertido en una temeridad olfativa de alta intensidad. El rugido enigmático
de las sospechosas cloacas era un acto heroico que el presidente de la
comunidad soportaba avalando y haciendo constar que por allí no pasaba el
flequillo del Puigdemont. El tapón estaba por confirmar, más allá, más cercano
al Parlamento.
La otra
concreción de esta manía policial que me ha sorprendido ha sido este fin de
semana de camino hacia el pueblo. La rotonda de acceso a la ciudad de Ripoll
era un hervidero exagerado de dotaciones de la guardia civil y de la policía
nacional. Como un tablero de parchís repleto de fichas policiales cerrando
absolutamente todas las salidas con agentes armados con antipáticas escopetas
malcaradas oteando y registrando los vehículos. Pensé que los atentados
terroristas de agosto en la Rambla y en Cambrils volvían a remover la paz de
esta cuna paradisíaca que es Ripoll. Los ripolleses también queremos saber más.
Conocer, por ejemplo, cuál fue el papel del imán implicado en los atentados y
si gozaba de sospechosas y poco oportunas conexiones de mal explicar. Como esta
comparecencia ha sido vetada por algunos partidos políticos, el ministro
Zoido se ahorrará el pedagógico relato de los hechos, no tendrá que elucubrar como
aconteciera con el 1-O, el del referéndum i de la apaleada al personal que no
han existido jamás.
Mientras
transitaba por el meollo de la rotonda bien protegido -eso sí-, me vinieron a
la cabeza Tomás Molina -el meteorólogo de la intimidada TV3- y sus
advertencias, lo cual me hizo sentir vulnerable y fuera de la legalidad. Ahora
te pedirán si llevas -ya no a Puigdemont sino un accesorio- las cadenas de
nieve. ¡Uf, qué mal trago, mira que el Molina nos lo había advertido! Justo por
uno de los accesos de la rotonda salí y compré unas cadenas porque cuando,
aliviado, me reincorporé pudiera abrir el maletero y demostrar que, entre las
bolsas y las maletas, sólo había unas cadenas.
Se trata de las
pesadillas nocturnas de Soraya con Puigdemont dando ovinos tumbos de recuento
mientras la corrupción transita por los juzgados sin alboroto ni demasiado
ruido con un punto de entretenimiento televisado. Cómo me maravilla la puesta
en escena profesional de los encausados. Cómo se sientan con un punto de elegancia
intrigante, cómo dominan el espacio y el gesto, cómo intercambian complicidades
y, últimamente, cómo vierten delaciones sin rodeos. Ya son como Tomás Molina,
uno más en la mesa a la hora de los telediarios. De tanto verlos y escucharlos
les hemos incorporado en las sobremesas caseras -¿Un café?- La corrupción, más
perfumada que la búsqueda del Puigdemont, ahora retoza instalada en una
normalidad consentida y tan corriente como los controles permanentes en las
carreteras del Ripollès durante el franquismo.
Vigilias de
insomnio maldiciendo los arrepentidos delatores bocazas, pero más duros son los
desvelos sin poder cerrar los ojos, atentos a que no les aterrice de sopetón Puigdemont
en la almohada. Se trata del temor sólo apaciguado por la perseverancia de
Zoido que lo tiene todo controlado por tierra, mar y aire en las veredas
-todas- que pasan por Francia, circunvalan la intención del ministro en un
maletero y terminan el viaje en el parque de las fieras barcelonés frontera con
la sede del parlamento catalán.
Aquí -en un
capítulo más de la trepidante aventura del proceso sino fuera por los presos y
por los exiliados-, en la esquina de la calle Nápoles con el Paseo de Pujades, sitúo
a Puigdemont valorando como cruza la última frontera. El reto argumental es cómo
acceder a la Ciutadella sin levantar la liebre ni despertar al león. Olvidemos
las temerarias opciones aéreas y valoremos únicamente la de cruzar disfrazado
de vendedor de globos para niños. ¿Confundido en un pelotón de turistas con la
camiseta de Messi y un sombrero mexicano? Quizá no hay que forzar tanto la
máquina ni la imaginación. Con naturalidad, sin prisa, deteniéndose a encender
un cigarrillo y con el uniforme de oteador de obras profesional o el de jugador
compulsivo de petanca acicalado con un chándal y unas sandalias con calcetines
blancos sea suficiente.
Hoy, al atardecer,
el aliento apestoso a alcantarilla aún invadía los espacios comunitarios y
privados de la finca a pesar de las lluvias. ¡Qué tufo!