Al año natural le
florece un nuevo hito con el Mobile World
Congress, andamos por la edición MWC
2017. Entre la Navidad, la Cuaresma y el Ciclo Pascual, en Barcelona, gozamos
de una semana ferial que convierte la ciudad en el epicentro de la tecnología
móvil para disipar la fealdad -afortunadamente corta- del mes de febrero y de la
pandemia que aflige a causa de la sequía las cajas registradoras.
Se augura una
millonada en ingresos por hospedajes, banquetes, transportes y aquello que gira
al amparo de las noches barcelonesas portuarias y más canallas. La marinería
americana de los sesenta ha evolucionado como los teléfonos, ya no luce ese
gorro de marinero sino un escapulario que acredita su condición de congresista.
La pose, el andar de lobo de mar en tierra, los dólares y el poder que rezuman
son similares pero extraordinariamente excedidos. De la nostálgica estampa de
los grumetes de la US Navy a estos
más de cien mil profetas de la virtualidad -algunos con cierto aire friky- hay mucha distancia. Vivimos a
una eternidad de aquella bisabuela de los plásticos, la negra baquelita de los
terminales como coleópteros anclados en la dársena de principios del siglo
pasado, a las sensuales pantallas portables que se dejan magrear.
Rehaciéndome
aún del carnaval me siguen haciendo chiribitas los ojos tras coincidir por azar
con una comparsa brasileña auténtica
en un rincón urbano donde evolucionaban a un ritmo frenético las caderas en un
estallido epidérmico bien puesto y exuberante. En medio del prodigio de aquellos
cuerpos presentes y morenos fuera de temporada destacaba un mocetón brasileño
alto como un pino negral muy bien plantado que, disfrazado de ave del paraíso
macho con inmensas alas azules, pretendía levantar el vuelo por encima de aquel
oleaje carnal hembra a ritmo de samba.
Rambla adentro
los vagabundos profesionales europeos en plena campaña de invierno provocan al público
que sale de los teatros, del Liceo o pasea el atardecer de invierno. No son ni
primos lejanos de los refugiados. Derrumbados, sucios y amarrados a un
salvavidas sospechosamente alcohólico se las tienen con la sexta flota por las
aguas territoriales de nadie, bajo los soportales en las islas urbanas recitan con
griterío arrogante una oda al desespero y a la miseria humana sin conexión a la
red.
Callejeando tropiezo
con los meninos da rua del arrabal.
Adolescentes aún en la niñez imberbe aspiran con desazón cola industrial de
unas bolsas de plástico que esconden en la mano. Uno se acerca como una gacela
del desierto, mira desafiante y valora las posibilidades de capturar la presa,
un móvil de última generación con el que alguien les ha birlado el espíritu ajetreado
a las bailarinas. Las pupilas también le hacen chiribitas, pero es incapaz de
fijar la mirada, perdida y lejana. Niños de la calle sin nadie más que no sea
la propia tribu urbana. Todavía olfateo el olor pegajoso de los hilillos de engrudo
chorreando mientras se le escurría entre los dedos.
La noche viene
cargada de olores. Perfumes. Comidas. Humo. Plumas hechiceras y Guardia Urbana.
Barcelona es un estallido sensual en todos los sentidos. Las sirenas como
premonitorias campanadas a muerte. Vuelan rasantes las gaviotas rapaces. El
aullido enjaulado de los leones en el zoológico. El quejido temerario del
asfalto. Una bandada de luciérnagas, faros de acera a pedales. O el ejército de
vertebrados mecánicos con ruedas que se deslizan esquivando a los descolocados
ancianos con poca paciencia y demasiada cachaza. ¡Es la ciudad!
Se rumorea que la
cantidad de marisco prohibitivo -por el colesterol- que consumirán los
pescadores de oportunidades virtuales con escapulario no cabría en el Camp Nou.
Es una delicia pasear la vida y la nocturnidad que ya no está al alcance. Los
datos, el 5G, el internet de las cosas, los coches y la inteligencia artificial
son los protagonistas del congreso mundial. Mientras, yo me decanto por la
inteligencia de toda la vida y me conformo esperando la lluvia dulce de
caramelos que han anunciado los hombres del santoral por Sant Medir en el
barrio de Gracia.
La primavera renace
muy viva.