Tenía pendiente un cierre de julio con el bullicio
político de actualidad bien alborotado en todas partes cuecen habas. La poética
imagen desde un palo de gallinero se presta por la perspectiva aunque sea una
vista de pájaro gallinácea, de vuelo restringido y de aterrizaje arriesgado. ¡Qué
manifiesta torpeza ostentan algunos pajarracos alineados en un parlamento para
aves de corral. ¡Poco pintorescos!
Renuncio a insistir en el momento predecible de
actualidad y me centraré en unos seres automáticos de vuelo elevado más
elegante. Me decanto por la ciencia ficción que se empieza a concretar en
Barcelona con voluntad de convertirse en pionera en el mundo occidental
europeo. Un grupo de emprendedores ha creado el primer centro de innovación de drones que se instalará en el antiguo
Canódromo de San Andrés. Del galgo a la gaviota mecánica.
Ya hemos saturado Barcelona por tierra, mar y
ahora toca por el aire. Es un acto heroico caminar y convivir -sobrevivir- a la
invasión alienígena disfrazada de turistas mientras te rapiñan digitalmente el
espíritu. Pasamos a formar parte de una involuntaria galería anónima de
retratos globales con finalidad dudosa. Me pregunto qué hacen con nuestro
tipismo torero cuando vuelven a los planetas de origen. ¿Nos recortan y nos
eliminan del papel de extras insertados en el paisaje modernista o -no lo descartéis-
nos clonan? ¡El tiempo lo dirá!
En la invasión por tierra la Rambla protagoniza el
desagüe de la avalancha de naves acuáticas que atracan literalmente en la
arteria más colapsada por el colesterol de las paellas no biodegradables y de
las sangrías pantagruélicas. Casi estamos en el momento del no va más en el
gran casino turístico barcelonés mientras la banca y los artilugios que ruedan
temerariamente por las calles vuelven a ganar la partida. Inverosímiles y
futuristas artefactos, algunos importados directamente de otras civilizaciones
de la Vía Láctea, ponen a prueba la paciencia y la integridad física de los
prehistóricos peatones barceloneses. Os ahorro el catálogo de ingenios
excepcionales que tienen por medio natural el asfalto con predilección por las
aceras.
Me fijaré en los nuevos prodigios de la tecnología
que desafían la gravedad y no disimulan el linaje alienígena, los drones; el enjambre del futuro inmediato
que tendremos que esquivar a golpes de paraguas desde las azoteas en la noche
de la verbena de San Juan. Una verdadera plaga tan bien adaptada a los parques
como la de las recién llegadas cotorras tropicales o la de los jabalíes
urbanitas. Llegará un día que no se verá el sol aunque la neblina producida por
la contaminación la hayamos superado y vencido. Un día que se deberá regular el
vuelo de estas bandadas de gaviotas mecánicas porqué comprometerán la
producción fotovoltaica. Electrónicos estorninos del futuro desafiando los
espantapájaros del sentido común ya que la invasión podría convertirse en sosteniblemente
desmesurada. Ya me gustaría errar la predicción.
Una máquina bélica no tripulada -por ahora- trepa
al ámbito doméstico, social, logístico y a cualquier otro que podamos imaginar.
Lo que decíamos, tierra, mar y aire
conquistadas todas por las fuerzas desarmadas de la tecnología. Asistiremos
también a una victoria aérea civil. No lo critico, sólo lo constato. No me importará que un dron, en las
noches caniculares, se columpie en la ingravidez compacta mientras me sopla al
oído, me recita galanterías y me acaricia incansable.
Aunque prefiero percibir un aliento rítmico
acompasado en la calidez humana a pesar del calor. ¡Felices vacaciones!