sábado, 30 de enero de 2016

Cosas del cambio climático.



Repaso en los periódicos de ayer el panorama político que vive el país. ¡Qué desastre de cambio climático! En Barcelona hace 88 días que no llueve o que caen esporádicamente cuatro gotas testimoniales que no alcanzan la anécdota de un litro diario. Curiosamente llueve en Madrid, pero ya no se cumple la predicción que solía atinar antes de los satélites meteorológicos según la cual se replicaban, con un breve intervalo de tiempo, los fenómenos de Madrid en el Ripollès de mi infancia. -¡Llueve o nieva en Madrid, también lo hará aquí! –repetían los campesinos, aquellos sabios y expertos hombres del tiempo locales de la época. Ahora ya hace días que llueve en Madrid y no nos llega un triste chaparrón. Ya lo pronosticaba Raimon hace unas décadas "en mi país la lluvia no sabe llover". 

¡Qué catástrofe de invierno! Los almendros floreciendo en enero o los veraniegos mosquitos cebra zumbando con el norte y la oportunidad estacional perdida. Da pena ver los pinos asaltados por los voraces gusanos de la procesionaria o a los olivos sedientos. ¡El cambio climático! La magnitud del desastre tiene nombre, el Antropoceno. Hemos catalogado la desgracia en la escala geológica de la Tierra marcada por los cambios ambientales acelerados provocados por el impacto de la población humana y por el aumento del consumo. Tenemos la etiqueta y celebramos el bautizo con gran avidez porque dentro de unos cuantos millones de años -o no tantos millones- cuando los humanos nos hayamos suicidado, a la hora de la resaca consumista, así que nos hayamos extinguido de la faz de la Tierra, habremos dejado la huella. Un legado sin herederos de chatarra, basura, aluminio, plástico, de residuos nucleares, de cemento y alquitrán, o de cenizas contaminadas ... que se convertirán en el registro estratigráfico de nuestro paso por el planeta. Concluyendo: ¡toda la mierda sedimentada! 

Abandono la crónica apocalíptica fundamentalmente porque es sábado, fin de semana y se acerca el Carnaval -¡también la Pascua! -. ¡Viva el optimismo antes que la penitencia! ¿Por qué no? El cambio climático y el Antropoceno, el nuevo período geológico que habría comenzado a mediados del siglo XX según la revista Science -coincidiendo con la era nuclear, el aumento de la población, la industrialización y el uso de la energía y de los minerales. Del capítulo anterior, el Holoceno, a este nuevo episodio habría transcurrido la ridiculez temporal -día arriba, día abajo- de once mil setecientos años. ¡Cómo vuela el tiempo!

Cosas del cambio climático o del Antropoceno que el nombre sí hace la cosa y no alivia los síntomas de esta gripe no estacional que nos afecta en la mayoría de ámbitos. En la década de los cincuenta del siglo pasado en este país mandaba un general superlativo que era capaz de replicar las tormentas desde el Pardo al Ripollès -en la frontera con Francia-. España era ajena -a mediados del siglo XX-, pues, de la nueva era que anuncian los de Science. Yo propondría atrevidamente, por acotarlo, resituar su inicio peninsular en la década de los ochenta en la era geológica -más doméstica- de la Transición, justo donde se inicia el cambio político-climático en la Península Ibérica. 

Ha llovido mucho -o nada- en esta tierra donde la lluvia no sabe llover y donde el Antropoceno también ha causado estragos. Cosas del cambio climático que zarandea la floración y encrespa a los mosquitos porque el Corte Inglés ha decretado -justo el día después de Reyes- que ya es primavera en Plaza Cataluña. 

Y así como la humanidad dejará huella, aquella Transición nuestra también plagiará a la nueva era, porque no puede ser de otra manera. Dejará también el poso depositado en un lecho de estratos geológicos para los estudiosos de las prestigiosas revistas científicas de mañana o pasado mañana. Serán necesarios ejércitos de geólogos uniformados de arqueólogos de civilizaciones perdidas para extraer las toneladas de sedimentos de corrupción política y económica a que ha llegado a causa del cambio climático aquel proyecto sin memoria, pero ilusionante, democrático y renovador. Resumiendo: demasiado detritus formando estratos sobre la superficie peninsular.

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