sábado, 31 de diciembre de 2016

¡Feliz 2017!



Este es el último Reflejos y Titiriteros de 2016. Vivimos justo en el quilómetro cero de los calendarios de proximidad para ajustar las cuentas. En el punto de ruptura que hemos aceptado en nuestra cultura occidental para realizar una simbólica parada de final de etapa. Empieza otro año y la carrera continúa. Por eso no dejaremos de pedalear a pesar de la golosa tentación de tirar la toalla ante lo que nos supera, aquellos repechos que parecen imposibles en los que hay que auparse encima de la bicicleta y no desfallecer. Continuaremos, insistiremos, levantaremos la vista, miraremos el reto y plantaremos cara un año más. ¡Próxima parada en 2017!

El decrépito y asmático 2016 nos ha dejado hitos que recordaremos con momentos que han abierto los telediarios o han presidido las portadas de los periódicos como el paso al lado de Artur Mas, el año del desgobierno en España, el doble proceso electoral, el descalabro socialista, la actividad frenética del Tribunal Constitucional, el Brexit, el triunfo de Donald Trump, el "no" al acuerdo de paz en Colombia, el Premio Nobel a Bob Dylan, la mayoría independentista en el Parlamento catalán, los terremotos, las inundaciones, la brutalidad de los atentados de Estado Islámico, la guerra en Siria, el camino vetado hacia Europa para los refugiados, las barcas llenas de personas que mueren huyendo de la guerra, el asedio de Alepo... Este es, a grandes trazos, el repertorio del año que hoy termina. 

Si en el álbum de la vida los años fueran cromos, este 2016 lo podíamos haber cambiado por uno mejor. Uno más coloreado y optimista, uno que tuviera mejor pinta para repasar y recordar. El 2016 ha sido un año gris con un cielo color a perro apaleado inspirado en una paleta cromática dominada por la gama del gris plomizo. Un año anodino que no nos hace sentir orgullosos en demasiados aspectos con un punto de aspereza que no debería preludiar una tendencia a empeorar. 

Se agota este diciembre con un episodio inédito hasta ahora, la restricción de vehículos en una gran ciudad española. Madrid -La Manuela, Carmela- ha vuelto a plantar la pancarta del "no pasarán". La ciudad -el mundo- acosado por la contaminación y la basura, qué gran metáfora. En la línea del horizonte, desde el teatro de la vida, la humanidad contempla sentada en el patio de butacas como hemos expuesto un telón de niebla sucia en un cielo metálico. Decepcionante y poco estético.

Seguro, hay hitos positivos y optimistas que se nos escapan porque viven camuflados en las páginas de los anuncios con la letra muy menuda, porque no venden o no salpican sangre o morbosidad. Este 2016 ha sido un año insustancial respecto al libro de los récords de la especie humana. Tenemos muchas plusmarcas pendientes, no hemos regresado aún a la luna o la Sagrada Familia permanece inacabada a la espera de una segunda olimpiada. 

Debemos recurrir a la sección de noticias insólitas que nos han hecho sonreír -y pensar- cuando un adolescente ha desenchufado al abuelo de la máquina de respirar para cargar el móvil. O la que se refiere a una buena persona solidaria que donó un riñón al jefe y éste, una vez repuesto, le despidió. También las hay más simpáticas como la del personaje que se hace una selfie y aparece un fantasma o aquel que denunció contactos eróticos con un Pokémon. ¡Ocurrencias! Yo elijo la del temerario que quería viajar en el tiempo y le multaron por exceso de velocidad.

Un año definido por algunos como el del "no" -negativo, pues-. La negación a Europa de los ingleses con la incorrección política grandilocuente de los americanos que han glorificado al polloperas de Trump parecerían inocentadas que tendremos que ver y sufrir durante el próximo año 2017 y sucesivos. ¡Toquemos madera! 

¡Que el 2017 sea un buen año en todos los sentidos! Brindo porque la predicción del nuevo fin del mundo no ocurra el 29 de julio. 

¡Feliz año, amigos!

viernes, 23 de diciembre de 2016

¡Sed felices!



¡Feliz Navidad¡ ¡Felices fiestas! Yo también os deseo lo mejor a todos y especialmente a aquellos que expresamente estos días me han hecho llegar sus mejores presagios. ¡Seamos, sobre todo, felices!

Ya sé que me excedo en algo casi imposible, ser conscientemente del todo feliz. Intentemos un plebiscito a mano alzada y veremos cuánta abstención o votos en blanco se producen. Será porque la felicidad absoluta es patrimonio de los inocentes. Dejémoslo, pues, en un vivir "cercanos" a la felicidad con cierto afán por mejorar -o enmendar-, que siempre es posible.

Este año ya somos un poco más felices porque el día de Navidad no tendremos que ir a votar. Tampoco nos emplazarán para presidir o para formar parte de una mesa electoral. Mariano ya nos ha otorgado el primer regalo. No se trata de una cesta a rebosar con dulces golosinas ni tampoco surtida con una magra paletilla de cerdo del país -que la administración es muy espartana en detalles y en complementos navideños-, pero los políticos han tenido un punto de esplendidez ahorrándonos concretar las disputas de la sobremesa con el cuñado en una urna untada de turrones de los duros y polvorones espesos. ¡Qué pereza! Plomizos por la celebración nocturna de la nochebuena y aturdidos por la duración del sermón en la misa del gallo, las encuestas preveían fuertes atascos -y mucha pandereta- después de la sobremesa, hacia el atardecer. A unas terceras elecciones consecutivas sólo se puede concurrir en hora punta, con mucha predisposición y unas cuantas copas de cava más para no desfallecer. ¡Gracias, políticos! ¡Felices fiestas, padres de la patria!

¿Y el monarca? Qué discurso se habría tenido que ingeniar para no caer en el partidismo electoralista sospechoso. Le veo espoleando la participación proponiendo ir a votar en familia. En un día tan señero sólo el clan unido puede ejercer el derecho desde la digestión responsable. Aunque no me lo acabo de imaginar, conciliador y preclaro, proclamando que:  -Si bebes, no votes -y no conduzcas! -. 

Próximos a la felicidad. Este es mi deseo aunque no hayamos sido bienaventurados en las loterías diversas. La profética estadística es terca por mucho que los matemáticos nos alerten a los de letras. Es más fácil que nos caiga un rayo, que la suegra nos ensalce los canelones, que los reyes magos de oriente nos vuelvan a traer unos calcetines que no que el azar nos redima de las miserias humanas. No desfallezcamos porque no seamos ricos de repente, habríamos traicionado a los colegas sin fortuna. Volvamos al trabajo risueños, consolados y haciéndoles saber que casi no lo hemos soportado, por no disfrutar de su compañía, después de tantos canelones y del exceso de turrones. 

Junto a la felicidad. ¡Eso! No es que sea poco generoso, al contrario, bien lejos de mi intención. Vecinos de la felicidad que tenemos al alcance a menudo sin saberlo. Conocedores del privilegio de vivir con salud, con amor y con compañía. De convivir en paz con nosotros mismos y con los demás. ¡Seamos, pues, felices con moderación, pero seámoslo todo lo que se pueda! ¡Brindemos con y por aquellos que amamos y nos quieren!

¡Felices fiestas!

sábado, 17 de diciembre de 2016

Burbujas.



Proceden por estas fechas los cuentos de navidad. Una historia corta, un relato breve para arrullar criaturas aliviando las pesadillas que velan las noches frías y oscuras del invierno. Edulcoradas y calóricas narraciones como la de Charles Dickens proponiendo la conversión del avaro y solitario señor Scrooge. Se describe el milagro del espíritu navideño imponiéndose felizmente. Deseos, promesas de enmienda, buena voluntad, recuento del año que se acaba con la esperanza en que el que empieza sea mejor y venturoso –decíamos-. Se acerca la Navidad o el solsticio de invierno. 

Es actualidad del día un hecho ominoso en el cual el protagonista es un niño de doce años, un candidato a personaje actualizado de Dickens, que ha puesto una bomba chapuza -no ha estallado- en un mercado de navidad en una localidad de Alemania. 

En la otra orilla, queriendo cruzar la mar -poco acogedora- terrible y asesina, un coro de más niños es el protagonista desvalido en medio del horror. Malviven un invierno demasiado frío y largo atrapados en las calles de Alepo o en las áreas para desplazados sin comida ni medicamentos. Una periodista siria, autora del relato, ponía la letra al villancico: "Hemos perdido nuestro país, nuestras esperanzas, nos han arrebatado todo lo que soñábamos". Hay fantasmas que no se extinguen con la luz del día. 

Lejanos, a este lado, en un escenario la cantinela del azar redime sólo a un pobre, aquel a quien el estado sienta a la mesa por navidad rescatado por un décimo premiado de la lotería. Como suele -según ilustran los titulares salpicados de desenfreno- la suerte practica la equidad, el gordo ha sido tan repartido como lo es la indigencia y la miseria de los más vulnerables. 

Ahora y aquí, a una semana de las vacaciones escolares, los niños pretenden apalear un tió disfrazado de maestro con gafas de miope para que cague notas sin excelentes ni suspensos, insisten también a hacerlo constar en la carta a los reyes, una especie de convenio cargado de esperanzas en el mundo de la educación. 

La mañana ha sido fría, lluviosa y de invierno. Los jueces estudian. ¡Fum, fum, fum! Monotonía de lluvia tras los cristales del Palacio de Justicia. Mil veces ciento, cien mil... La Forcadell vendrá y nos traerá cositas, a la butxaqueta torrons i a les mans avellanetes. Panses i figues i nous i olives. Panses i figues i mel i mató. El espíritu navideño te asalta donde menos te lo esperas, en las esquinas judiciales.

Un reality show monárquico incendia los medios. Desavenencias en la casa real de la ilusión porque el rey negro -Obama- se las tiene con el rubio -Trump- por las travesuras del blanco -Putin-. Un desorden en el pesebre mundial que ha trascendido en horario de máxima audiencia y sin la presencia de bestias domésticas debido a la movilización de los agricultores catalanes por la proliferación de animales salvajes y por los recortes en las indemnizaciones compensatorias. Pobres agricultores, en el pesebre tienen asegurado el papel del borricote que paga los platos rotos. 

 ¡Alcancemos, pues, la excelencia! Acabemos con un sueño navideño como una burbuja donde nieva con nieve manual de sacudir antes de usar, como si se tratara de un zumo de niñez recién exprimido. ¡Burbujas! Doradas, de cava y bohemia. Panzudas redondeces perfectas que nos llevan al mundo de los cuentos con final feliz. Delicadas con un punto de fragilidad extrema. Quebradizas y sutiles. Esta es la pretensión poética del pesebre que el Ayuntamiento ha montado en la plaza Sant Jaume de Barcelona con el pretexto de materializar unos versos de JV Foix. Algo que "lo sabe todo el mundo y debería ser profecía". Los artistas creadores han ideado el montaje avalados por la maestría en erigir santos que reafirma la olotina capital de la Garrotxa. Todo porque "en casa del carpintero habrá novedad".