miércoles, 31 de diciembre de 2025

2025, manual básico de resignación.

 

El 2025 no entrará en el repertorio de los calendarios a codazos. No ha quebrado nada abruptamente ni ha impuesto un nuevo relato. Se ha limitado a ocupar espacio, como suelen los trastos acumulados, sin pedir permiso, con una persistencia agotadora. No será un año loado por sus hazañas ni por derribos memorables, sino por una suma de decepciones en apariencia menores que, reunidas, acaban creando un hato. No ha sido trágico ni glorioso. Pero sí incómodo. Si el 2024 aún jugaba a sorprender, el 2025 ha apostado directamente por el agotamiento. Algo, francamente, turbador.

La política del 2025 ha confirmado cómo la indignación ya no moviliza, distrae. Gobiernos, oposiciones y creadores de opinión han perfeccionado el arte de decir cosas sin aludir específicamente a ninguna. Se ha hablado mucho de responsabilidad, de consenso y de futuro, tres palabras que, combinadas, suelen indicar que no acontece gran cosa a corto plazo que no sea almacenar amenazas con mucha chatarra armamentista. Los asuntos no han empeorado lo suficiente para provocar alarma, pero sí para desgastar. Se ha asumido con una rapidez que preocupa. No ha habido pánico, sólo gestos pesimistas con un empeño casi rutinario. La política ha terminado por demostrar que la exasperación ya no incendia nada; a lo sumo, ilumina breves espacios de tiempo con astracanadas imperiales cautivadoras. Las palabras circulan con fluidez, pero ingrávidas. Responsabilidad, consenso, futuro integran un léxico tranquilizador, pronunciado en voz baja cuando hablar claro se ha convertido en el patrimonio grosero del insulto. También se ha aprendido a decir sin decir, a prometer sin implicarse para llenar un espacio sin alterarlo.

Catalunya ha continuado instalada en este lugar extraño en el que todo es importante, pero nada parece urgente, con mesas de diálogo de gran gesticulación conceptual. Exiguas herramientas políticas. En España, el relato fue el de la estabilidad frágil presentada como una hazaña heroica. Pactar es un acto de valentía casi revolucionario y cumplir acuerdos, como una opción sujeta a la disponibilidad emocional del momento. En el mundo, la geopolítica ha seguido funcionando como una sesión mal moderada en la que todo el mundo habla, nadie escucha y, de vez en cuando, se envía un mensaje vehemente. Los conflictos se alargan, las soluciones se aplazan y la comunidad internacional emite comunicados con la misma eficacia que un paraguas agujereado.

La economía de 2025 ha sido un ejercicio colectivo de malabarismo arancelario. Inflación que sube cuando no toca, precios que no bajan nunca cuando toca, y sueldos que simulan que se estiran mientras permanecen iguales. El mensaje oficial ha sido tranquilizador: "vamos mejor". El mensaje real: "vamos resistiendo". Hablar de vivienda ha sido como hablar del tiempo, todo el mundo se queja, nadie puede hacer gran cosa y siempre acaba lloviendo donde más duele. Comprar es una fantasía, alquilar es una carrera de obstáculos cuando emanciparse se ha convertido en una temeridad. Las empresas han descubierto que la palabra "resiliencia" sirve tanto para justificar despidos como para vender optimismo corporativo. Mientras, los trabajadores han comprobado cómo la flexibilidad siempre es obligatoria.

2025 ha sido el año en que la tecnología ha acabado de convencernos de que puede hacerlo todo, salvo traernos la paz. La inteligencia artificial redacta textos, hace diagnósticos, recomienda contenidos y toma decisiones con una seguridad que ya querríamos muchos humanos. El problema no es que se equivoque, es que a menudo no sabemos quién ha decidido dejarla decidir. La privacidad ha continuado siendo ese valor abstracto que defendemos con ímpetu hasta que aceptamos todas las galletas para leer un artículo mediocre como éste. Las redes sociales, lejos de morir, han mutado en versiones aún más adictivas, demostrando que el negocio no es conectar a personas, sino retener la atención a cualquier precio.

La cultura en 2025 no ha salvado al mundo, pero ha ayudado a no tirarlo a la papelera. Series, libros, teatro y conciertos han ejercido de almohada emocional colectiva. Hemos consumido ficción apocalíptica para relajarnos, como quien mira películas de desastres para recordar que siempre podría ir a peor. En Catalunya, la cultura ha continuado haciendo equilibrios entre la precariedad y la persistencia. Festivales llenos, creadores extenuados e instituciones que llegan tarde, pero con discursos muy trabados. La lengua y la identidad han estado presentes como un motor creativo.

Uno de los triunfos silenciosos de 2025 ha sido convertirlo casi todo en ordinario, usual. La crisis climática, los conflictos lejanos pero constantes, el cansancio compartido. Todo forma parte del paisaje panorámico. Vivimos informados, pero emocionalmente a cierta distancia. Nos activamos brevemente, opinamos con intensidad corta y después continuamos. No por indiferencia, sino por supervivencia y -también- por salud mental.

El 2025 no se termina, se amontona y se arrastra. No deja demasiados aprendizajes, sino hábitos. Nos hemos acostumbrado a todo -a los precios absurdos, a los discursos vacíos, a las crisis eternas- con una rapidez que debería preocupar más que tranquilizar. Hemos ligado adaptación con resignación, sarcasmo con inteligencia y cansancio con plenitud. Reírnos del desastre ayuda a digerirlo, pero no lo derrite. Sólo lo hace llevadero.

El 2026 llegará ofreciendo cambios, como siempre. El problema es si todavía recordaremos lo que queríamos que cambiara. Porque quizás lo peor que nos ha dejado el 2025 no es un mundo que funciona mal, sino una sociedad que ya lo encuentra normal.

¡Buen 2026!

 

martes, 23 de diciembre de 2025

Inmigración en Catalunya.

 

Un día de principios de los años sesenta mi padre me dijo que quizás vendría a vivir a casa una familia andaluza que buscaba trabajo y alojamiento. Un evento que no se concretó porque las circunstancias les fueron favorables. En un rincón de la memoria infantil borrosa guardo el agradecimiento de aquella gente. Media eternidad después recuerdo cómo la Inspección de Educación me anunció que había sido propuesto para dirigir un centro de alta complejidad en Badalona, ​​el B9. La incertidumbre y mi asombro sólo duró tres días, un profesor del claustro asumió la responsabilidad. Ahora, el instituto B9 -cerrado- es portada en los medios por la contundencia con que se ha desalojado, porque hace frío, porque bajo los puentes también llueve a cántaros y porque es Navidad. Dickens y el señor Scrooge cobran vigencia más allá de las representaciones edulcoradas en formato cuento de Navidad.  

Me duele Badalona -que bonita es Badalona, ​​se cantaba- ciudad donde trabajé durante siete cursos desde el postolímpico 1992. Entre el fulgor y los árboles de Navidad de récord, sufre un episodio de desalojo que, como mínimo, se da de bofetadas. Badalona no es ajena al fenómeno migratorio. De aquél con el que se compartía nacionalidad y creencia, a pesar del estigma social impuesto por la diferencia de clase y de origen geográfico peninsular, que definía el -hoy- descatalogado charnego, hemos llegado al moro o al negro. Sólo un par de cromos en el gran catálogo del álbum étnico en el metro en horas punta, por ejemplo. De la huida de la miseria -que ahora también lo es- a escapar de los conflictos y las desigualdades globales Norte-Sur buscando oportunidades y proyectos para rehacer vidas.

  Los protagonistas son siempre los débiles, los pobres. Los de esa época provenían mayoritariamente de Andalucía, Extremadura, Murcia y Castilla-La Mancha. En mi pueblo en el Ripollès cercano a Francia los llamábamos los de las Castillas, un plural que englobaba la totalidad de orígenes quizás porque todos hablaban castellano. La oleada actual es heterogénea. De Marruecos, de América Latina, de la Europa del Este, del África subsahariana, o de Asia. Esta diversidad aporta una pluralidad de lenguas, religiones y de costumbres en una confluencia extraordinariamente compleja. La llegada masiva de los años cincuenta pilló las ciudades catalanas desprevenidas. Barraquismo inicial y, más tarde, la construcción de grandes polígonos de bloques de pisos en zonas periféricas. Eran barrios dormitorio con graves carencias de servicios básicos y de urbanismo, donde la lucha vecinal fue clave para conseguir escuelas, ambulatorios, asfalto o alcantarillados.

La inmigración ya no construye frágiles chabolas, pero se enfrenta a la precariedad heredada de los centros históricos degradados o los propios barrios periféricos construidos en los años sesenta. Pisos patera sobreocupados con elevados precios del alquiler. Aunque los barrios cuentan con servicios, el riesgo de segregación escolar y residencial es una realidad. De los hombres viniendo a buscar trabajo a la fábrica o en la construcción para traer a la mujer y a los hijos una vez instalados a la inmigración actual donde la feminización es un rasgo distintivo. Muchas mujeres inician el proyecto migratorio, especialmente las de origen latinoamericano, viniendo solas para trabajar en el sector de los cuidados y el servicio doméstico.

Los inmigrantes de los años cincuenta entraron en una economía industrial en expansión pese a sus duras condiciones. Había una expectativa real de movilidad social ascendente: el padre era peón, pero el hijo podía llegar a la universidad. Hoy, el mercado laboral es mucho más inestable. Los inmigrantes suelen ocupar el sector servicios, hostelería y otros trabajos sin prestigio social ni demanda. El ascenso social es mucho más lento y difícil a causa de las crisis económicas cíclicas y la burocracia legal, la losa que a menudo condena a muchas personas a la economía sumergida durante años. El ascensor social se ha oxidado si todavía funciona.

Durante el franquismo, el catalán era una lengua perseguida que con la llegada de castellanohablantes fue utilizada por el régimen para intentar diluir la identidad nacional catalana. Sin embargo, muchos hijos de aquellos inmigrantes se catalanizaron a través de la escuela y el ascenso social, haciendo suya la consigna: "Es catalán todo aquel que vive y trabaja en Cataluña”. Actualmente, el contexto es distinto. El catalán es lengua oficial y vehicular en la escuela, pero compite en un mundo globalizado con el castellano y el inglés. Para los nuevos migrantes aprender catalán es una herramienta de integración, pero no siempre es su prioridad. La diversidad lingüística actual es un rompecabezas que incide de lleno en la cohesión social.

Catalunya ha pasado de ser una sociedad que integraba a otros españoles a ser una sociedad que debe incorporar el mundo entero. La inmigración de los 50 y 60 sentó las bases de la Catalunya moderna y demostró que la identidad catalana es maleable e inclusiva. La inmigración actual nos plantea un reto de mayor escala, pasar de la coexistencia a la convivencia real. El éxito de la Catalunya del futuro dependerá, como ocurrió en el pasado, de la capacidad de garantizar la igualdad de oportunidades para todos, independientemente de su lugar de nacimiento. Redefiniendo el mensaje, porque las migajas que caen de la mesa del feroz personalismo ultraconservador y populista son recogidas con una xenofobia rampante, como una mancha de aceite, también en esta orilla del Atlántico y del Ebro arriba. Persona también debe ser quien malvive y busca una oportunidad en el mundo.

Los profundos cambios económicos, políticos y culturales provocados por este fenómeno en las sociedades receptoras nos conducen a la gran cuestión. ¿Existirán voluntades y soluciones inteligentes, innovadoras y eficaces para afrontarla?

 

sábado, 13 de diciembre de 2025

Pesebre viviente.

 

De acuerdo con el boletín oficial de las liturgias, el tiempo de adviento comienza el cuarto domingo antes de la fiesta de Navidad. El encendido de luces, entre las rivalidades por quién eleva el árbol más alto, más grueso y más iluminado, ensancha el período en una competencia casi desleal para exhibirlo en cada edición más cargada de connotaciones fálicas que beatíficas. ¿Quién lo tendrá más largo? Si descartamos el plantado permanentemente por la escuela gaudiniana en la Sagrada Familia -culminada casi la torre de Jesucristo con la cruz-, la palma se la lleva el empinado alcalde de Badalona.

Inmersos en el consumismo de este tiempo de burbujas y guiños, la laicidad gana terreno pese a la implacable oscuridad impuesta por el solsticio de invierno. El nombre sí hace la cosa en la intención trascendente de los creyentes irradiados por la buena nueva: el hijo de Dios ha nacido. Un paseo por las ferias de Navidad en las grandes ciudades ilustra y permite llenar los rincones del hogar con guirnaldas y elementos decorativos donde el resplandor, los colores y todo tipo de accesorios compiten para calentar la frialdad ambiental de los días. Elementos de temporada que salen y reviven año tras año. El tió, Papá Noel, los abetos y uno que tiene -o tenía- especial protagonismo, el pesebre. Éste representa el microcosmos en miniatura del momento en que nace el Salvador. Un mapa, una representación estática a escala de los personajes bíblicos que le van a adorar. Son todavía muchos los lugares donde se representa y recrea la escena con belenes vivientes.

Este año, en Barcelona, ​​no existe el tradicional pesebre que el Ayuntamiento armaba en la plaza de Sant Jaume. Los críticos y los devotos de la iniciativa han perdido los argumentos, no hay una referencia física convocando el espíritu navideño desde las tendencias y estéticas diversas que lucían las ediciones anteriores, cuando se instalaba. Muerto el perro, muerta la rabia, pues. Perduran los pesebres de siempre desempolvados Navidad tras Navidad en lugares e iglesias donde la tradición no es susceptible de ser interpretada. Belenes como es debido, sin irreverencias, murmura una bienaventurada abuela admirando los mofletes tiernos del Niño Jesús. Si pudiera acercarse, se lo comería a besos.

Estas Navidades, el consistorio barcelonés ha puesto el foco, según fuentes bien informadas, a lo ancho de toda la ciudad. Toda Barcelona es un belén, del Llobregat al Besòs y desde Montjuïc -de la Font del Gat- al Moll de la Fusta. Toda la cuadrícula de Cerdà con las irregularidades excepcionales, a la vez, territorio propicio para un pesebre -no me atrevo a llamarlo viviente- con el epicentro incuestionable en la fachada del Nacimiento de Gaudí. Mientras algunos quieren llegar al cielo trepando rama a rama, Barcelona ha sido distinguida como Capital Europea de la Navidad 2026. Un reconocimiento internacional esquivando el vértigo de las alturas que este año el Ayuntamiento empieza a ensayar.

Barcelona, capital del belén europeo, mapa nocturno de calles resplandecientes siguiendo la proporción de un urbanismo racional con puntos significados para atraer a miles y miles de pastorcillos con zurrón de ruedas desafinando villancicos por las aceras. La Navidad también nos avanza vertiginosamente -cuidado, pajes por la derecha en patinete- mientras viajan los tres Reyes Magos guiando un tropel veloz de misiles como estrellas. Se acercan majestuosamente el rubio de epidermis enfermiza -azafranada-, el blanco que se parecería a Putin con barba blanca postiza y uno negro pintado de manera torpe siguiendo nuestra costumbre, que podría ser tanto el dirigente chino como el presidente israelí. En el decorado festivo, la Torre Agbar, o como se llame ahora -la conocida como el supositorio- es un faro para los aviones -camellos presidenciales- rumbo a la Ricarda, donde los patos astutos han migrado huyendo de las cazuelas con nabos de la cocina festiva. A Trump le da la impresión desde las alturas que el mojón deslumbrante de la torre es la deposición literal del tió donde se proyecta un flequillo enredado y unas patillas de vocalista patético; podría ser Milei con los pantalones bajados en actitud poco digna.

Según las citadas fuentes municipales, desde la gerencia del Área de Movilidad, Infraestructuras y Servicios Urbanos del Ayuntamiento de Barcelona se trabaja y se está al caso respecto de aupar Barcelona al nivel de Vigo o de Badalona. Más allá todavía, deben poder arrugarlas. Los responsables de la movilidad le dan vueltas. Analizan el impacto de los rótulos de la calle Aragó, por ejemplo, del "Vens per Nadal?", "Busca el caganer!", "Més escudella!", "I demà, canelons", "Quants serem?", "Qui porta el cava?", al que cierra la serie "A dormir d'hora", un guiño rompedor en la cronología narrativa de les sucesivas fiestas desde el día de Navidad a la festividad de Reyes. Los índices de topetazos leves a causa de las distracciones, cuando se encienden los rótulos luminosos de esta calle, han subido notablemente. Ya hay quien, de cara al 2026, ha propuesto retirarlos matando dos pájaros -no dos patos de la Ricarda- de un tiro. Se trataría de rechazar la tentación provinciana por los mensajes -en catalán- y ahorrar sustos y actos de conciliación por los testarazos leves en carrocerías sensibles.

Detectados a vista de pájaro los colapsos circulatorios por las huelgas recientes, los responsables están rumiando la posibilidad de exigir medidas adicionales para autorizar estos disturbios gremiales en la calle coincidiendo con la nominación de Capital Europea de la Navidad 2026. Los taxistas deberán manifestarse disfrazados de elfos traviesos con los vehículos tuneados de trineo con renos mientras los médicos enojados de bata blanca deberán mimetizarse con el paisaje urbano navideño como si fueran muñecos de nieve con gafas y una zanahoria por nariz.

¡Buen adviento!