domingo, 30 de noviembre de 2025

Del cerdo, hasta los andares.

 

El antiguo oficio de payés, algunos han evolucionado a productores, podría considerarse una profesión de alto riesgo. Por ahora sufren varias acometidas inquietantes. Tres focos: uno afecta al sector vacuno con la dermatosis nodular, miles de vacas sacrificadas y más de ciento cincuenta mil inmovilizadas. El segundo impacta en las especies de pluma, la gripe aviar comporta que todas las aves de corral criadas al aire libre deban estar confinadas como medida de protección frente al aumento de brotes de esta gripe debido a los movimientos migratorios de pájaros diversos. El tercer foco es el brote de peste porcina africana recién detectada en dos jabalíes en Collserola.

Los casos de jabalíes contaminados, los dos primeros la semana pasada, han obligado al Ministerio de Agricultura a suspender las licencias de exportación de productos derivados de la carne de cerdo con destino a países extracomunitarios. Vistas y valoradas la incidencia de estas pestes es para ponerse las manos en la cabeza. Nada más estallar, la carne de cerdo ya ha sufrido un bajón en el precio según la lonja leridana que marca su referencia. La producción de una granja no se detiene de hoy para mañana. No hay un pulsador de alarma para detenerla repentinamente. La sobreproducción y el bajo precio previsibles tocarán de lleno, castigando fuerte, al sector. Hago a los criadores de cerdos, también a los de la casa Tarradellas, afilando la agudeza y la creatividad en los spots publicitarios. Un cerdito titiritando con bufanda navideña y mochila buscando un hogar de acogida. Felizmente juguetón, sonriente, llamará primero a la puerta, en una segunda escena se ve cómo le comprobamos la fiebre en la frente. El lechón con cara de pena nos suplicará establecerse en nuestra vida como un animal de compañía. -¡Adoptadme! -ya no se tratará de servirlo en la mesa infiltrado en una pizza o embuchado en una salchichón.

Según los últimos datos, el sector representa un negocio de unos ocho mil millones de euros en el conjunto del Estado. Catalunya tiene una cabaña porcina de casi ocho millones de cabezas de ganado. Concretamente, las ventas de cerdo y derivados fuera del Estado tienen un volumen de tres mil millones de euros anuales, de los que mil millones proceden de fuera de la UE. Con tantos o más cerdos que habitantes no es, pues, sólo una fábula económica con tres cerditos.

El acceso a la zona está prohibido para evitar que el virus se extienda a otras partes de Catalunya. Representa un perímetro con un radio de seis kilómetros en el Parque Natural de Collserola y afecta, de momento, a una docena de municipios. La Generalitat ha analizado una cuarentena de jabalíes más hallados en la zona, de los que unos ocho pueden sufrir la enfermedad. Por ahora, no se ha detectado otro caso. Las treinta y pico granjas analizadas han dado negativo en todas las pruebas, informan las administraciones preocupadas en negociar con los terceros países importadores de cerdo español que acepten la regionalización de la epidemia, como ha hecho China. Es decir, que no se puedan exportar a países fuera de la Unión Europea los productos porcinos de la provincia de Barcelona, ​​que el veto no afecte a los del resto de Catalunya y del Estado. Es el reconocimiento de una nueva competencia, la gestión de la desgracia.

Los últimos casos detectados en el Estado fueron en 1994, aunque la peste lleva años presente en otros países de la UE. ¿Cómo ha llegado el virus? Un misterio. Los responsables aventuran la posibilidad de alguna muestra de comida con carne de cerdo contaminada que habría entrado en contacto con los jabalíes de Collserola. Insinúan el mendrugo de un bocadillo con chorizo ​​asesino tirado por la zona. ¡Vete a saber!

El jabalí ha evolucionado a subespecie urbanita. Un problema, de hecho, ya podría considerarse plaga antes de la peste africana. ¿Qué no podía suceder cuando estos bucólicos aventureros de acera y predadores de los cubos de basura se han empadronado en las ciudades? El ejercido de los jabalíes, como los pintorescos corzos y otras especies ajenas a un control veterinario exhaustivo son los reyes de la carretera, los diseñadores de los agujeros en los campos de golf de los cultivos y de las dehesas donde pastan -preguntad a algún campesino todavía en activo-. Los afectados confirman que no sacan ningún beneficio que no sea un positivo del abanico de pestes vigentes.

Un dato relevante, para que un estado pueda ser declarado libre de peste porcina africana debe pasar un año sin que se declare ningún nuevo caso. La mentalidad postpandemia nos ha sensibilizado. Recuperar la confianza de los mercados y la normalidad en la producción, distribución y comercialización serán un reto formidable.

 

viernes, 21 de noviembre de 2025

El negocio de las azoteas en Sarajevo.

 

Cuando se habla del asedio de Sarajevo -1.425 días bajo el fuego de los morteros, los cortes de suministro y el miedo espeso en las calles - se repiten escenas que ya forman parte del imaginario colectivo con gente corriendo entre los edificios, ancianos atravesando avenidas con bolsas llenas de miseria, niños que aprendían a calcular la trayectoria de una bala antes que a multiplicar. Pero hay un capítulo -tabú-, el de los francotiradores que pagaban por disparar. Personajes -excepcionalmente algunos extranjeros- que, por un precio acordado, podían subir a una azotea y “probar” un rifle de precisión contra la población civil sitiada.

La historia es inquietante, pero existió. La corroboran testigos que no quieren aparecer con nombre y apellidos, informes orales recogidos por los primeros periodistas que entraron en la ciudad y, sobre todo, la lógica económica perversa que aparece en cualquier guerra, todo lo que se puede comprar, se vende. Y en un asedio en el que faltaba comida, medicinas, gasolina y esperanza, la violencia también cotizó en la bolsa de los horrores más execrables. Según testigos recogidos en notas de prensa de la época y en conversaciones informales con corresponsales de guerra, el procedimiento era siempre similar. No había anuncios. Solo palabras insinuadas entre combatientes irregulares, mercenarios u hombres con conexiones con las milicias. Un extranjero –a menudo venido de Serbia, Croacia o, más raramente, de algún país europeo– preguntaba si era posible “ver la línea de fuego”. El intermediario, que solía ser alguien con acceso a las azoteas o zonas altas de los suburbios ocupados, lo facilitaba.

El precio variaba según la intensidad del conflicto, la disponibilidad de armas o el grado de atrocidad que se buscaba. Algunas fuentes hablan del equivalente a unos 50 o 100 euros actuales para poder realizar varios disparos. En emociones más intensas, las cantidades eran mucho mayores si se garantizaba un rifle de buena calidad o una posición con “visibilidad”. El dinero, como suele ocurrir, se movía sin dejar rastro. El "cliente" subía hasta un edificio destruido donde un combatiente le enseñaba a utilizar el fusil, le mostraba una ventana sin cristales y señalaba la calle. Los testigos coinciden, el consumidor casi nunca sabía contra lo que disparaba. Podía ser un contenedor, un coche abandonado o una figura lejana que se movía. En algunos casos, podía ser una persona. Era un mercado mayorista de adrenalina.

Algunos de estos "clientes" eran mercenarios que querían probar armamento real. Otros, aficionados a las armas provenientes de países en los que la guerra era un espectáculo televisivo. Hombres que habían visto demasiadas películas y que no distinguían entre una pantalla y la realidad. También había, según testigos de la ONU, miembros de unidades paramilitares que ofrecían esta “experiencia” como forma de recaudar dinero, de hacer negocio con la curiosidad morbosa de algunos turistas bélicos. En todos los casos, existía un elemento común, la deshumanización de la ciudad. Sarajevo no era vista como un sitio lleno de familias, sino como un tablero de juego con la muerte para satisfacer fantasías violentas. Y eso, a ojos de quienes intentaban sobrevivir, era una doble condena, sufrir el asedio y, además, la indiferencia de quienes les apuntaban -con mira telescópica- como una atracción en la feria de la repugnancia.

La vida en las calles mantenía una rutina imposible. Los habitantes de Sarajevo habían convertido los movimientos más simples, ir a buscar agua o conseguir pan, en operaciones calculadas. Había un mapa implícito de la ciudad que sólo entendían los que la caminaban. Una calle era segura hasta las 11:00 -la hora que abría la atracción-, una esquina se convertía en peligrosa si el sol estaba alto o, así mismo, la avenida que debía atravesarse en zigzag, sin dudar. Por eso, muchos ciudadanos aprendieron a andar pegados a las paredes, como si fueran sombras. Las fachadas mostraban cientos de marcas, cada una testigo de un disparo que quizá no había encontrado a una víctima. O quizás sí. Los habitantes recuerdan que, algunos días, las balas surcaban erráticas como si el francotirador fuera un torpe. Ese día disparaban mal.

Algunos soldados de las fuerzas de paz de la ONU también habían percibido esta actividad, pero no se quiso intervenir de forma directa ni decidida alegando que la ciudad era demasiado grande, el asedio demasiado denso y la cadena de responsabilidades demasiado confusa. La negligencia internacional, combinada con el caos interno, había creado un ecosistema -un infierno- en el que incluso la crueldad más abyecta tenía precio.

Hoy, más de treinta años después, la mayoría de quienes vivieron el asedio prefieren hablar de resistencia, solidaridad y supervivencia. Mencionar a los francotiradores de pago es remover el lodo moral que todavía salpica esas calles. Pero negar su existencia será falsear la historia. Sarajevo no sólo fue víctima de un asedio militar, sino también de una industria oscura que algunos hicieron muy rentable.

Sarajevo sobrevivió a todo esto. Sí, pero el hecho de que, en algún momento, hubiera alguien dispuesto a pagar por apretar el gatillo, dice mucho sobre la condición humana. Al horror del conflicto cabe añadir la perversidad sin objetivos bélicos. Sólo una experiencia que, espero, nunca expliquen ni se vanaglorien de ella. Que el eco de aquellos disparos no les deje dormir ni existir en paz consigo mismos. Una condena mínima y razonable.

 

martes, 11 de noviembre de 2025

Un mundo de alarmas meteorológicas.

 

Hay un momento fascinante en los telediarios -un ritual colectivo-, cuando el hombre del tiempo aparece con ademán grave y voz solemne anunciando que “se activa la alerta naranja”. Y entonces, el país se detiene. O mejor dicho, el país entra en un leve pánico sostenido. No es el fin del mundo, pero tampoco hace falta ir a trabajar si puedes quedarte en casa contemplando el radar como quien mira una serie de Netflix. Vivimos tiempos de alertas. No sólo meteorológicas -de hecho, las demás nos afectan menos-. Pero las del tiempo tienen un aura especial, combinan espectáculo, tecnología y supervivencia. El cielo es el centro de interés en las redes, una sucesión de imágenes que nos hacen sentir parte de una epopeya climática. "Alerta amarilla en toda Cataluña por fuertes lluvias". Y tú, que sólo has visto cuatro gotas, sospechas que quizá el amarillo se ha devaluado.

Este mundo, donde los abuelos vivimos de rituales exactos, compartimos el nivel televisivo álgido cuando hacemos la digestión del plato de sopas sin sal antes de acostarnos. Estamos pendientes de lo que dirá el hombre del tiempo y de la ración de píldoras que debemos engullir -en este orden-. Nos levantamos al día siguiente por la mañana con los calcetines de lana y la bufanda puestos porque el meteorólogo ha anunciado, en el telediario de ayer, que hará un frío como para templar violines.

El sistema de colores ha creado una suerte de significación emocional colectiva. El amarillo nos inquieta, el naranja nos alarma, y ​​el rojo nos convierte en protagonistas de un episodio del día después de mañana. En el fondo, nos gusta que nos avisen. Nos encanta ser el objeto de una alerta -los protagonistas-. Es como recibir un mensaje diciéndonos que la naturaleza piensa en -o contra- nosotros. Y esto tiene un componente psicológico cautivador en una época en la que todo parece imprevisible -la política, la economía, el precio del café-, ya que el tiempo parecería el único caos que podemos administrar con un mapa de colores. Cada tormenta es un espectáculo con fotos apocalípticas, vídeos de ríos furiosos, persianas rotas. Hemos convertido el cielo en una serie coral en la que somos actores secundarios -poetas del cierzo- como testigos de un temporal.

Los meteorólogos antes predecían el tiempo con prudencia razonable anunciando que podía llover. Ahora todo parece más épico cuando notifican que se avecina una borrasca con potencial destructivo. Después comprobamos cómo ha llovido sólo un ratito, ¡pero qué minuto más intenso! El lenguaje de la meteorología ha entrado en una nueva dimensión. Si antes queríamos que el sol saliera, ahora queremos que ocurra algo. La tranquilidad es aburrida, poco participativa -solo conversación de ascensor-. Un cielo azul no genera estruendo. Sin embargo, una “dana explosiva” puede convertir cualquier día laborable en un hito de calendario.

Se trata de un fenómeno global. En Estados Unidos, la prensa compite por quien redacta el adjetivo más apocalíptico. En Francia, las alertas de Météo France se han convertido en paisaje cultural, como el queso o las huelgas. Y en Italia, donde el drama es patrimonio nacional, cualquier tormenta lleva un nombre que parece sacado de una ópera: Borrasca AttilaTormenta BeatriceCiclone Medea. Nosotros todavía no hemos llegado a tanto. De momento, ya tenemos la “Dana”, que suena más a influencer que a fenómeno meteorológico. Una DANA -Depresión Aislada en Niveles Altos-, cada otoño asoma los cuernos por el horizonte mientras el personal agota el papel de váter y las legumbres en conserva de los estantes del supermercado como si tuviéramos que pasar el invierno en un refugio del Himalaya.

El tiempo no es neutral. Ni la lluvia. Es un campo de batalla ideológico. Cuando llueve demasiado, es culpa del cambio climático -según unos-. Cuando no llueve, es culpa del gobierno -según otros-. Y cuando llueve poco es culpa de la sequía y del ministro de turno. En Cataluña, ya es un tema de Estado. El agua ha pasado de ser un recurso natural a ser materia política. Cada pantano, cada trasvase, cada gota tiene partidarios y detractores. Y así, mientras esperamos que llueva, discutimos de quién es competencia. Además, existe la cuestión de las restricciones en las duchas cronometradas, de los jardines secos o de las piscinas sin agua, monumentos al surrealismo. Nos han enseñado a vivir con la conciencia ecológica inflamada: "Atención, el agua no cae del cielo". Y esto es cierto, pero también es extenuante.

Las inquietudes meteorológicas se han infiltrado. Ya no estamos nerviosos, vivimos en alerta emocional. El cerebro moderno funciona como Protección Civil, analiza las nubes en el WhatsApp, calcula la probabilidad de tormenta sentimental y activa el protocolo adecuado. Vivimos, pues, en estado de agitación constante, y el tiempo es el reflejo más literal de esa sensación. El cielo se ha convertido en una metáfora perfecta de nuestro estado de ánimo colectivo: inestable, cambiante, saturado de información y nubes digitales. Quizá por eso nos atraen tanto los radares de la lluvia. Es como mirar al futuro en una predicción imperfecta con un punto de bola de cristal llena de esperanza.

El sonido de las sirenas es hipnótico, una mezcla de seguridad y de inquietud. Nos recuerda que vivimos en un mundo que necesita avisarnos de todo porque algo sucede. El problema es que, a base de ensayos, llega un momento en que ya no sabemos distinguir la prueba de la realidad. El cuento de Pedro y el lobo. Ruido informativo devaluándose por si estamos viviendo un episodio histórico o una simulación más.

La economía del pánico leve es muy rentable, mueve dinero en seguros, kits de emergencia, generadores... Las grandes marcas lo saben, un buen temporal es una oportunidad. Cuando nieva -nevaba- en la ciudad, las empresas de cadenas para coches se frotan las manos. Cuando llueve, los bazares chinos hacen su agosto vendiendo paraguas. Y cuando hay sequía, los supermercados acarrean más garrafas de agua. El clima se ha convertido en una industria narrativa, en un relato para vender seguridad. Porque si el mundo es imprevisible, por lo menos podemos comprar una sensación de control. Las aplicaciones meteorológicas, con sus gráficos minimalistas y porcentajes de probabilidad, se han convertido en unos oráculos modernos -con patrocinio-.

Cada generación tiene su recuerdo meteorológico a menudo con muescas en las paredes hasta dónde llegó la riada. Hay un detalle importante, hoy, cada episodio deja rastro digital. Las lluvias ya no pasan, se documentan. La memoria colectiva vive -literalmente- en la nube. Las alarmas son el espejo perfecto de los tiempos que corren. Reflejan nuestra necesidad de control, nuestra fascinación por el riesgo y nuestra dependencia a la alerta. Pero también son un guiño sarcástico recordándonos lo hipnótico que puede ser el miedo representado en gráficos y colorines. El espejo que nos muestra el progreso en la ciencia que anticipa fenómenos, la tecnología que nos protege, la sociedad que se organiza. Sin embargo, también nos alerta de la saturación, del ruido y del pánico generado. Hay una línea muy fina entre estar preparados y estar obsesionados. Y nosotros hace tiempo que la pisamos calzados con botas de agua.

Quizás el problema radica en la meteorología existencial. Vivimos pendientes de cuándo llegará la próxima tormenta, la política, la económica, la judicial o la tecnológica. Y cada nuevo aviso -sea una borrasca o una crisis- refuerza la sensación de que el mundo está en estado de alerta perpetuo. Las alarmas del tiempo son sólo el símbolo visible de una tormenta mucho más profunda en un mundo que ha aprendido antes a reaccionar que a entender. Quizás por eso los días sin alerta nos parecen insípidos. La calma debe de ser sospechosa.

¿Y si un día el cielo enmudece? Imaginemos que el cielo se estabiliza, que no hay avisos ni alertas, ni gotas frías ni olas de calor. ¿Qué haríamos sin esa adrenalina? Quizás nos obligaría a mirar a otras tormentas: las humanas, las de dentro, las que no salen en el radar. Mientras, el cielo seguirá haciendo la suya con un ojo puesto en la nube y el otro en la notificación. Somos vulnerables. ¿Seremos capaces de enderezarlo? Debe haber un lugar tranquilo de alerta verde -si existiera- donde simplemente llueve. Sin titulares. Sólo agua que cae, y un mundo que respira si no hubiéramos perdido la llave del cielo, esa que los lugareños de antes reivindicaban. Pero me temo mucho que esta llave la hemos deteriorado.